Mi?rcoles, 10 de febrero de 2010

No, no soy yo quien le ha hecho estar triste.
Yo no merecía el olvido de mi patria.
Era el sol el que ardía en las gotas de tinta,
como en racimos de grosella polvorienta.

(Epílogo 2)


Boris PasternakHoy se cumplen ciento veinte años del nacimiento de Boris Pasternak, escritor ruso muy celebrado por su gran (y única) novela Doctor Zhivago. Fue la aparición de esta obra maestra de las letras universales lo que determinaría que le fuera concedido el Premio Nobel de Literatura en 1958, aunque lo verdaderamente decisivo en la concesión de este galardón fue el oportunismo político de Occidente en plena «Guerra Fría» contra el bloque soviético.

Boris Leonidovich Pasternak, que nació en Moscú tal día como hoy de 1890, perteneció a una prestigiosa familia de artistas (su padre Leonid Pasternak era pintor y catedrático de arte, y su madre Rosa Kaufman una afamada pianista), de la Rusia de finales del XIX. Su domicilio fue por aquellos años un solicitado centro de reunión intelectual donde se daban cita personajes ilustres como León Tolstoi, Serguéi Rajmaninov o Rainer Maria Rilke.

Pero la juventud de Boris también se vería influida por un hecho que le marcaría de por vida: la conversión de su padre, judío de nacimiento, al cristianismo ortodoxo. El joven Pasternak se trasladaría a la universidad alemana de Marburgo para completar sus estudios de filosofía, pero su pasión por la poesía le llevó a abandonar aquellas aulas y regresar a Moscú donde publicó su primer libro de poemas, El gemelo de las nubes, en 1914, el año en que diera comienzo la Primera Guerra Mundial.

Durante aquel conflicto bélico que desgarró Europa, y que más tarde Pasternak reflejaría también en su Doctor Zhivago, el escritor trabajó en los Urales en una fábrica de productos químicos utilizados en la contienda. Con la llegada de la revolución bolchevique, en 1917, llegó también el reconocimiento público de la poesía de Pasternak, elogiada por los dirigentes soviéticos como reflejo de los valores morales que definían a la nueva Rusia. Otras obras de aquellos años fueron Por encima de las barreras (1917), Mi hermana la vida (1922) y El segundo nacimiento (1932).

Pero con la llegada del terror estalinista (la Gran Purga) en los años treinta, a Boris Pasternak le ocurrió como a tantos otros y cayó en desgracia al perder el apoyo de las autoridades soviéticas. De pronto su obra, hasta entonces ensalzada, comenzó a ser tachada de subjetiva, y él de contrarrevolucionario. Con estas máculas su destino se hundió en un profundo abismo, salvándose por poco de ser internado en alguno de los gulags siberianos donde Stalin amontonaba a aquellos enemigos (reales y virtuales) que decidía no eliminar de forma expeditiva. Desde entonces el escritor llevaría una oscura existencia como traductor de clásicos alemanes e ingleses.

Fueron años fríos y grises, llenos de fantasmas y temores, en los que Boris Pasternak fue urdiendo la que sería su única novela, la obra que le haría pasar a la posteridad: Doctor Zhivago. En ella se cuenta la historia de un joven intelectual criado en un ambiente tradicional y de firmes convicciones religiosas, que lucha por superar el impacto que ocasionó en sus creencias la llegada del comunismo y la desaparición del mundo que hasta entonces había conocido. En definitiva, se trata en gran medida en su propia peripecia vital, donde se describe su evolución moral, su aislamiento espiritual y sus relaciones amorosas dentro del contexto de la Rusia revolucionaria. Pasternak pinta en la novela un completo fresco en el que expresa las trascendentales circunstancias que concurrieron en aquella etapa histórica.

Doctor ZhivagoLo cierto es que Doctor Zhivago es una novela que rezuma lirismo, a la vez que constituye una desgarradora crítica a la consolidación del régimen soviético. Por esta razón la obra fue inmediatamente repudiada por las autoridades comunistas, toda vez que negaron categóricamente la autorización para que fuera publicada.

Como quiera que la aparición de Doctor Zhivago tuviera lugar en plena «Guerra Fría», en Occidente la obra de Pasternak fue recibida con los brazos abiertos. Una versión atribuye la salida clandestina del manuscrito de la URSS a Isaiah Berlin, lo que permitió que fuera traducida al italiano y editada por Feltrinelli en 1957, transformándose inmediatamente en un éxito de ventas. Dicho éxito llevó a su vez a nuevas traducciones a otros idiomas y a nuevas ediciones en otros países. La versión estadounidense ocupó durante 26 semanas el primer lugar de ventas según la lista que publicaba The New York Times. Ante la inmensa repercusión mundial de DoctorZhivago se decidió promover la candidatura de Pasternak para el Nobel de Literatura. Cualquier asunto era susceptible de ser utilizado políticamente.

Según testimonio del escritor ruso Iván Tolstoi, que dedicó dieciséis años a investigar el caso Pasternak, por aquel entonces era imprescindible para la Academia Sueca que la obra estuviera publicada en ruso. La solución la encontraron en 1958 los servicios de inteligencia norteamericano y británico, ya que la CIA y el MI6 descubrieron que una copia del manuscrito del libro iba a viajar en un avión determinado en una fecha concreta, por lo que consiguieron desviar el vuelo hasta Malta, donde el manuscrito fue fotografiado y reintegrado sin que nadie descubriese la operación. El texto se transcribió y editó usando para ello el mismo papel y tipografías utilizadas por las imprentas soviéticas. Después se remitieron varios ejemplares de esta nueva «edición rusa» a la Academia Sueca, que ya no tuvo dudas y concedió el Premio Nobel de Literatura a Boris Pasternak ese mismo año.

Al conocer la noticia el escritor se apresuró a remitir a la Academia Sueca una carta aceptando y agradeciendo la concesión del preciado galardón, pero las autoridades de la Unión Soviética se opusieron frontalmente y presionaron a Pasternak para que renunciara al premio (el escritor albanés Ismaíl Kadaré, que vivía entonces en Moscú, describe crudamente en El ocaso de los dioses de la estepa aquellos días de furibunda campaña oficial contra Pasternak). De este modo, el autor de Doctor Zhivago se sintió obligado a ceder y terminó remitiendo una nueva carta a Estocolmo en la que decía: «Considerando el significado que este premio ha tomado en la sociedad a la que pertenezco, debo rechazar este premio inmerecido que se me ha concedido. Por favor, no tomen esto a mal». Este gesto de renuncia no impidió, sin embargo, que Pasternak siguiera recibiendo presiones y amenazas por parte de las autoridades soviéticas y del KGB.

Acosado y perseguido, Boris Pasternak murió en las proximidades de Moscú el 30 de mayo de 1960 sin haber disfrutado del gigantesco éxito mundial de su Doctor Zhivago. Poco después, en 1965, la novela fue llevada al cine por el director David Lean. La película fue galardonada el año siguiente con cinco Oscar. Mientras tanto, las autoridades soviéticas siguieron despreciando e ignorando la obra de Pasternak. No sería hasta muchos años después, en 1987, y al calor de vientos de apertura (glasnot) propiciados por Mijail Gorbachov, cuando los ciudadanos soviéticos pudieron leer la primera edición en ruso de Doctor Zhivago. Fue también por entonces cuando las autoridades soviéticas rehabilitaron oficialmente a Boris Pasternak como uno de los grandes de la literatura rusa.

Otros títulos de la obra poética de Pasternak son En trenes de la mañana (1943) y La vastedad terrestre (1945), y en prosa la autobiografía Salvoconducto (1931) y un libro dememorias publicado en 1957.


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Viernes, 05 de febrero de 2010

He llegado a un punto en que me resulta insufrible hasta ejercer la crítica ─la constructiva y la otra, la cargada de ironía─ a la tarea presidencial de José Luis Rodríguez Zapatero. Es una tarea tan estéril como agotadora insistir y redundar en los argumentos que se prodigan a miles en tantos medios de comunicación, libros y conferencias, no sólo en España sino también allende nuestras fronteras. ZP no tiene solución, es un caso perdido; dicho en lenguaje popular: «Está dejado de la mano de Dios». Y es que cada día son más los que, decepcionados, abandonan ─unos en silencio y otros dando un portazo─ esta nave descontrolada, sin hoja de ruta y al que le crujen todas las cuadernas de su cascarón. Una sola idea obsesiona a este capitán de barco: mantenerse en el poder al precio que sea.

Dicho lo anterior, lo que hoy me mueve a escribir estas líneas es poner de relieve la inconsistencia intelectual y la perversidad ética de un presidente del Gobierno que ha sobrepasado los límites aceptables de indignidad y deslealtad que puede permitirse una nación soberana, democrática y desarrollada. Es obvio que algún mal debe padecer nuestro sistema político cuando permite encumbrar a alguien tan nocivo para la tarea directriz de la patria. Un presidente que cuando está con los mineros de Rodiezmo se reviste de recalcitrante proletario, que cuando acude a Davos se muestra como un avezado neocom, que en África declara una vocación africanista sin concesiones, que cita ante la élite conservadora norteamericana un pasaje del Deuteronomio que va justo detrás de otros contra el aborto o contra las prácticas homosexuales (que él tanto ha conculcado), es cuando menos inmoral, cínico y desvergonzado. No cabe la menor duda de que Zapatero no cree en casi nada de lo que hace y dice, por eso no le importa corregirse a sí mismo constantemente. Sólo busca el golpe de efecto, caer bien, mostrarse razonable y plausible aunque su discurso sea huero, tópico e inconsistente. Está firmemente convencido de la superioridad moral del discurso político de la izquierda, pero su altura intelectual es tan exigua que no sólo es incapaz de aportar una idea original sino que necesita rodearse de docenas de asesores para que le suministren los argumentos con los que acudir a la palestra a confrontar con el enemigo conservador, al que desprecia (a este sí de manera antropológica).

Ha llegado el punto en que la acción de gobierno de ZP está resultado tan disolvente para el conjunto de la nación española, que no cabe otra respuesta que un sincero examen de conciencia colectivo, mediante el cual ─y al margen de rivalidades ideológicas─ se imponga el sentido de la responsabilidad hacia el bien de la colectividad. Zapatero debe percibir cuanto antes que los ciudadanos en su conjunto desaprueban su gestión y le han retirado la confianza. Que convoque elecciones anticipadas o que se someta a una moción de censura o a una cuestión de confianza no depende de nosotros sino del oportunismo de los propios políticos. Pero al menos que la percepción nítida del rechazo social le sirva para impulsar una rectificación que, al menos, no convierta el desastre al que nos ha conducido en irremediable.


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Mi?rcoles, 03 de febrero de 2010
Irena Sendler

Hoy es un día tan bueno como otro cualquiera para rendir tributo a la memoria de un ser humano ejemplar. Lo hago porque he pensado en él ─mejor dicho, en este caso, en ella─ mientras repasaba la prensa de este miércoles, festividad de San Blas, en la que tanto se habla y especula sobre la presencia de Rodríguez Zapatero en el Desayuno Nacional de Oración, que tendrá lugar el jueves en Washington, y al que acude como invitado de honor.

En contraposición a estos personajes desaliñados y sin fuste, carentes de todo valor ejemplarizante que no sea la necesidad imperiosa de su desaparición de la escena pública, me ha venido a la mente el recuerdo resplandeciente de una gran señora, una hermosa señora, una bendita y bondadosa señora que nos dejó huérfanos ya va para dos años. Se llamaba Irena Sendler, también conocida como «El Ángel del Gueto de Varsovia». Contaba con 98 primaveras cuando nos dijo adiós. Era simple y llanamente un ser maravilloso que ha dejado una huella indeleble en la memoria de la humanidad, especialmente en el ADN histórico de varios miles de familias judías que hoy no serían nada, si acaso polvo de olvido, de no ser por la enormidad de la altruista gesta de esta polaca ─de origen alemán─ que arriesgó su vida por una causa que la trascendía como ser humano: la salvación de sus semejantes.

Esta historia tiene su origen en aquellos días de la Segunda Guerra Mundial en los que las tropas de la Wehrmacht del Tercer Reich dominaban gran parte de Polonia y las Waffen-SS y Gestapo ya habían delimitado el que sería célebre gueto judío de Varsovia. Fue entonces cuando Irena Sendler, enfermera en el Departamento de Bienestar Social de la ciudad, se las ingenió para conseguir un permiso que la permitiera trabajar en el gueto. Y como quiera que las autoridades nazis sintieran un enorme temor a posibles brotes de tifus, permitieron a Irena y otra compañera que se encargaran de las tareas sanitarias en aquel lugar.

De esta forma, Irena y sus colaboradores ─que conocía o intuía los verdaderos y criminales planes de los nazis para con los judíos─, urdió una estratagema para sacar a los niños judíos del barrio maldito, primero en ambulancias como víctimas del tifus, pero enseguida hubo de ampliar los recursos a todo tipo de triquiñuelas que sirvieran de escondite: cubos de basura, cajas de herramientas, cargamentos de mercancías, sacos de patatas, ataúdes... Y para reforzar el engaño, la joven Irena se hacía acompañar de un perro que, convenientemente entrenado, reaccionaba, como un resorte, ladrando en cuanto veía acercarse a un soldado nazi. Este truco fue de gran eficacia durante el año y medio que Irena anduvo entrando y saliendo del gueto judío, ya que los soldados trataban de evitar al irascible can mientras sus ladridos encubrían los ruidos de los niños.

In Memorian-63 años despuésDurante el tiempo que Irena Sendler estuvo entregada a esta arriesgada misión consiguió liberar a unos 2.500 niños. Pero como no hay bien que cien años dure, la insigne libertadora terminó siendo descubierta por los nazis y detenida el 20 de noviembre de 1943, toda vez que fue sometida a un duro castigo en el que sufrió vejaciones y violencias de tal brutalidad que llegaron, incluso, a romperle ambas piernas y ambos brazos.

Por fortuna ─quizá como consuelo de la Providencia a tanto dolor y sufrimiento─ Irena consiguió salvar la vida. Gracias al registro de los nombres de los niños rescatados, guardado en un tarro de cristal enterrado bajo un árbol en su jardín, al acabar la guerra pudo la abnegada mujer dedicar sus esfuerzos a intentar localizar a los padres que pudieran haber sobrevivido y reunir a las familias. Desgraciadamente, con poco éxito, pues la mayoría de estos adultos habían perecido en las cámarasde gas y en los campos de exterminio nazis. No obstante, la totalidad de aquellos niños a los que un día pudo rescatar de un final semejante, terminaron encontrando casas de acogida o fueron adoptados.

Este es el breve y conciso resumen de la portentosa obra, rebosante de abnegación y humanidad, de una mujer excepcional. Un espejo en el que contemplar con todo lujo de detalles lo que significa «amor a la vida» en su acepción más encomiable: amor al prójimo, entrega a los demás y renuncia a sí mismo. Con el paso de los años la propia Irena explicó la motivación que le llevó a actuar como lo hizo en la Varsovia de aquellos días de oprobio: «La razón por la cual rescaté a los niños tiene su origen en mi hogar, en mi infancia. Fui educada en la creencia de que una persona necesitada debe ser ayudada de corazón, sin mirar su religión o su nacionalidad.»

Resulta paradójico que el año antes de morir, Irena Sendler fuera propuesta para el Premio Nobel de la Paz por las máximas autoridades de Polonia y por numerosas personalidades e instituciones judías. No hubo suerte, y la elección del jurado de la academia sueca recayó en Al Gore, el sagaz y visionario ex vicepresidente norteamericano, por su decidida intervención ─mediante una memorable colección de diapositivas y de originales eslóganes─ a favor de la concienciación mundial sobre los perversos efectos del Calentamiento Global. Una prueba irrefutable de la justicia humana y del espíritu de servicio a los demás. Confiemos en que este año acierten en la elección del Nobel de la Paz en la persona de Vicente Ferrer.


Publicado por torresgalera @ 19:35  | Personajes
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