Jueves, 25 de agosto de 2011

El perjuicio que José Luis Rodríguez Zapatero le lleva haciendo a la nación española costará años remediarlo. Su cuantía, aún por evaluar, no sólo alcanza la naturaleza de lo tangible en términos económicos, sino que el estrago causado durante estas dos últimas legislaturas de gobierno socialista afecta todas las esferas de la sociedad, desde el mundo de la educación, pasando por la justicia y la sanidad, hasta la misma convivencia ciudadana. Y prueba del desastre en el que vive empeñado tan insigne dirigente político, es el nuevo reto que ZP se ha impuesto y que no es otro que el de descoyuntar su propio partido. Eso es lo que se llama sensibilidad y clarividencia a la hora de dejar en suerte al candidato socialista de cara a la consulta electoral del próximo 20-N. Eso sí, Zapatero todo lo hace con alarde de un gran talante. Su sempiterna y meliflua sonrisa tienen como misión envolver los desatinos de su política y la incompetencia de su gestión como gobernante.

Ahora le ha tocado el turno a la Constitución. De la noche a la mañana, y cuando faltan menos de tres meses para la celebración de elecciones generales, el presidente se saca de la chistera la reforma de la Carta Magna, ni más ni menos. El motivo no es otro que el de recoger en la Ley de leyes el establecimiento de un límite al gasto público, o sea, aquello que el propio Zapatero se cargó de un plumazo nada más llegar a La Moncloa, allá en 2004, y que no era otra que la famosa ley orgánica de acompañamiento y estabilidad presupuestaria.

¿Y cómo es que a ZP le entran estas prisas locas de enmendar la Constitución? Empeño tan ambicioso requiere amplio consenso y debate pausado y firme, cosa que por motivos más enjundiosos el propio Zapatero se ha negado de manera reiterada cuando la oposición así se lo ha demandado. Pero lo más gracioso del estrambote es que el presidente nos quiere hacer ver a todos, como si fuéramos una recua de infelices menesterosos, que el origen de tal iniciativa es suya propia. Precisamente él, que junto a Alfredo Pérez Rubalcaba y otros conspicuos dirigentes socialistas, hace ahora un año reían burlonamente ante el requerimiento del líder de la oposición para que Zapatero fuera valiente y abordara esta reforma constitucional, a fin de proteger a la nación de un gasto excesivo de los poderes públicos. Ahora resulta que Mariano Rajoy sí tiene ideas. ¿O es que ha sido la canciller alemana Angela Merkel y el presidente francés Nicolas Sarkozy quienes le han exigido este blindaje legislativo? Debería explicarlo el presidente.

Ante este panorama de sorpresas intempestivas no es de extrañar que en el PSOE el personal esté de los nervios. Tanto cerrar la filas en torno a su líder para defender una política estrafalaria y miope, que no ha hecho más que agravar la crisis económica y aumentar la ruina de las arcas públicas, para terminar —algunos, pero significados— soliviantados o dando la espalda al inestable jefe. Les está bien empleado. En el siglo XXI no es de recibo, con lo que llevamos visto y padecido, hacer política de «sí, buana».

El obvio que en el PSOE renunciar al déficit público, o limitarlo en exceso, es como a un elefante amputarle la trompa: le quedará la fuerza y el empuje, pero pierde las habilidades. Porque, al fin y al cabo, para el socialismo español toda esa demagogia de los ricos y los pobres, de los señoritos y los obreros, de la justicia social, de la solidaridad, etc., no es más que la retórica de la que se sirve para —junto al dispendio discriminado del tesoro público— engordar las listas de sus votantes, haciendo de muchos de ellos cautivos a base de subvenciones, dádivas y regalías, más propias de regímenes totalitarios que de verdaderas democracias. En definitiva, para muchos socialistas —y para el resto de la izquierda— no poder mangonear indefinidamente del erario público para satisfacer vanidades y allegar voluntades, es como dejar en calzoncillos a un policía municipal de tráfico en medio de la plaza. Por eso no dudan en vaciar la despensa cuando se acerca la catástrofe. Que se lo pregunten a Dolores de Cospedal como ha dejado José María Barreda la tesorería de Castilla-La Mancha.

En todo caso, la descorazonamiento y el hartazgo ya se han hecho presentes en la gran casa socialista. Los primeros en pronunciarse en contra han sido los diputados de la corriente Izquierda Socialista José Antonio Pérez Tapias y Juan Antonio Barrio de Penagos, así como el hombre de UGT en el Grupo Socialista, Manuel de la Rocha; también Antonio Gutiérrez, ex secretario general de CC.OO., y hoy diputado del PSOE en calidad de independiente. Otro que ha anunciado que votará en contra de esta reforma constitucional es José Borrell, ex candidato socialista a la presidencia del gobierno. Y en cuanto a Alfredo Pérez Rubalcaba, después de tragarse un gran sapo ha dicho que le ha convencido Rodríguez Zapatero. Tomás Gómez se declara «escéptico». El lendakari Patxi López, se ha limitado a advertir que el déficit cero no puede ser un «corsé». Y el otrora ex ministro y zapaterista de primera hora, Juan Fernando López Aguilar, se ha declarado «perplejo» por lo que ha hecho su amigo.

Lo que digo. Esto no ha hecho más que empezar. Mucho me temo que el abandono del barco va a ser señalado. De momento José Bono, Carmen Calvo, Elena Salgado, Alfonso Guerra y, el último, Manuel Chaves han informado de su intención de no figurar en las próximas listas electorales. Son nombres de postín y seguro que no serán los únicos. Veremos quiénes son los compañeros de viaje de Rubalcaba en el cartel electoral. No me extrañaría que este muñidor de la política termine apeándose en marcha en el último momento. De este personaje se puede esperar cualquier cosa, máxime si Ferraz se convierte en la casa de los locos.


Publicado por torresgalera @ 19:44  | Pol?tica
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