Martes, 30 de agosto de 2011

Hoy me voy a referir a un asunto al que llevo dándole vueltas desde hace bastante tiempo. Se trata de lo que he dado en llamar anacronismo perturbador del Partido Socialista Obrero Español. ¿Y por qué he llegado a tan grave conclusión? Pues porque analizado y estudiado la historia de este partido político con todo el rigor que la historiografía me ha permitido —además de mi testimonio personal durante las últimas tres décadas y media—, he llegado a la conclusión de que el PSOE ha supuesto un retroceso notorio en la calidad democrática de nuestro sistema político. Y la razón esencial es que el PSOE arrastra un agobiante lastre de prejuicios ideológicos, mentiras históricas y ensoñaciones frustradas del pasado, que le inhabilitan para liderar un proyecto político con visos de futuro.

Es verdad que los socialistas han conseguido hacer una cosa muy bien desde los años de la Transición: utilizar la propaganda política con un alto grado de eficacia. Desde entonces se las apañaron para presentar siempre a sus adversarios políticos por la derecha como herederos naturales del franquismo. Este fue el gran acierto —algo, por otra parte, no muy difícil de imaginar— del PSOE de Felipe González y Alfonso Guerra. Siempre se mostraron como unos virtuosos en el arte del engaño, en sembrar dudas y en generar desconfianza en la opinión pública hacia todo aquello que se opusiera a sus intereses. Jamás han jugado limpio con el oponente (la derecha política y sociológica).

Sí, el socialismo español ha vivido y vive para desacreditar todo aquello que suponga esfuerzo, eficiencia, excelencia, beneficio…, en definitiva, libertad. Y lo más curioso de todo es que cuanto más mediocres son sus dirigentes, más zafios y ruines se manifiestan. No hay más que ver la política desarrollada por José Luis Rodríguez Zapatero durante los once años que lleva al frente del PSOE y los siete como presidente del gobierno español. Aquella generación de González ha quedado engrandecida por la vacuidad de la actual. Y mientras en la mayoría de los países europeos los partidos socialistas tradicionales han sido engullidos por la historia, aquí el PSOE se debate en una existencia estéril, anacrónica y destructiva que no augura sino fatalismo y desesperanza.

De la misma manera que la derecha conservadora y el liberalismo se ha construido en España a partir de una realidad social y económica postfranquista, que nada tiene que ver con las raíces ideológicas de aquel régimen, nuestra izquierda nacional está inédita de modernidad en el sentido amplio y riguroso del término: vive sumida en eso que se ha dado en llamar postmodernidad    

Es cierto que al socialismo español —después de unas vacaciones de cuarenta años (la ácida metáfora es de Ramón Tamames)— le vino muy bien desempolvar, en 1976, el traje de defensor de las libertades y derechos del pueblo trabajador. Resulta curioso que nadie se preguntara entonces de dónde salían aquellos socialistas. En cambio, otros con un currículo más acendrado (véase, el PCE) se tuvieron que conformar con un papel más discreto en el reparto de bondades y aquiescencias ciudadanas.

Así pues, los socialistas renacidos, o sobrevenidos, se aprestaron deprisa y corriendo a poner en limpio su pedigrí y a reescribir su hoja de servicios, toda vez que rehabilitaron sus viejos uniformes, malolientes de alcanfor y naftalina, para presentarse en sociedad y reivindicar el lugar que ellos consideraban que la historia les tenía reservado: protagonistas indiscutibles. Y como buena parte del pueblo español viera en los socialistas —unos por jóvenes reivindicativos, otros por maduros cabreados  y no pocos viejos por resentidos— la oportunidad de darle un puntapié en el trasero al franquismo y a los herederos del franquismo, sin percatarse de que, a fin de cuentas, la mayor parte de los españoles éramos hijos del Movimiento.

También en el resto de Europa occidental se vivían tiempos de cambio. El periodo de apogeo de los clásicos partidos socialistas y comunistas en Francia, Italia, Alemania e, incluso, Reino Unido, llegaba a su fin; solo en Portugal se vivía un renacer en las izquierdas al socaire de la «Revolución de los claveles» (1974). Los sistemas democráticos se afianzaban cada vez más sobre supuestos liberales, tanto en lo económico como en lo social, adquiriendo un papel de primer orden las políticas sociales, que se convirtieron en determinantes en la configuración del «Estado de bienestar». El socialismo de rostro humano se mudó a socialdemocracia avanzada, despojándose de los tics revolucionarios del pasado y abrazando el pluralismo y el libre mercado sin condiciones.

En España, Felipe González lo intentó en el 28 Congreso del PSOE (mayo de 1979), donde llegó a dimitir como secretario general por ser rechazada su propuesta de renunciar al marxismo. A pesar de que dicha propuesta fue aceptada en el subsiguiente congreso extraordinario (septiembre de 1979), el marxismo se mantuvo «como instrumento crítico y teórico»; la reelección de González impidió que se avanzara en la eliminación del término «Obrero» del nombre del partido, y todo lo que ello implicaba. Por fin, en julio de 2008, en el 37 Congreso Federal, el PSOE abandona definitivamente el marxismo, e incorpora a su acerbo doctrinal la primacía del individuo, «como objeto de acción del socialismo», en detrimento de las corporaciones, el partido o el sindicato.

Por tanto, el socialismo español ha vivido —nominalmente hablando— hasta hace poco más de dos años en un puro anacronismo, es decir, ha vivido instalado en una realidad virtual, fuera de la realidad histórica. De ahí su permanente contradicción entre su discurso ideológico pseudomarxista y su praxis utilitarista, especulativa y reaccionaria. No digamos de los numerosos comportamientos taimados y depredadores de muchos de sus dirigentes desde que alcanzaron cotas de poder en los primeros años 80. Tal ha sido la fuerza de la costumbre que incluso hoy, con una nueva generación de políticos en torno a Rodríguez Zapatero, el modelo socialista ha vuelto a fracasar estrepitosamente en cuanto las circunstancias económicas le han sido adversas.

Porque esta es la cuestión: querámoslo o no, el socialismo español vigente está concebido para el discurso populista, rebosante de agravios y de injusticias, tanto históricas como presentes; sus principales armas son la propaganda victimista y acusadora y la hacienda pública. Nuestros socialistas no saben crear riqueza, solo gastar el dinero que otros ganan con su trabajo. Lo de repartir y hacer justicia social son meros pretextos para tratar de perpetuarse en el poder. El socialismo español es el principal responsable de la profesionalización de la política. Por eso entiendo que el PSOE debería reinventarse. Liquidar sus actuales siglas y desprenderse del lastre de su pasado, que aunque con algunas páginas brillantes, las más contienen una excesiva carga de violencia, autoritarismo y deslealtades. La socialdemocracia española debería tener ojos exclusivamente para el presente y, sobre todo, para el futuro. Y mientras no sea así vivirá inmerso en un anacronismo perturbador que continuará lastrando el futuro de España.


Publicado por torresgalera @ 18:55  | Pol?tica
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