Lunes, 31 de octubre de 2011

Hace casi dos meses que mantengo el silencio en Ágora Digital. La razón de mi actitud remisa no es otra que la de estar inmerso en un estado de ánimo abúlico y desesperanzado. No, no se tratara de que yo sea un pesimista empedernido, sino más bien de que la mayoría de los argumentos que se manifiestan con notoria cotidianidad son lo suficientemente elocuentes como para no alimentar esperanzas ilusorias. Por otra parte, creo que en este blog ya he manifestado con suficiente reiteración mis opiniones y puntos de vista sobre la mayor parte de las cuestiones que preocupan y ocupan al ser humano de nuestros días.

La ética, la moral, la religión, la política, la economía, la cultura y, en definitiva, la sociedad en su conjunto —es decir, el ser humano en su realidad colectiva e individual—, han sido y son los grandes argumentos de mis análisis y comentarios en este cuaderno de bitácora que es Ágora Digital. Yo no me considero  un columnista al uso. No escribo por obligación ni por gimnasia estética. Me gusta comentar la actualidad como pretexto para adentrarme en los arcanos de la verdad categórica. ¿De qué sirve polemizar sobre un hecho concreto si no lo relacionamos con nuestros principios inalienables? Cada cual los suyos, pero en mi caso no pretendo ser original sino que me identifico con los ideales de libertad, de respeto escrupuloso a la vida y de aceptación plena de los fundamentos y valores de la ética y la moral cristiana.

Para mí las respuestas a todas las encrucijadas de la actuación humana deberían buscarse en la anteposición del bien ajeno sobre el bien propio. No hay nada en la vida pública, bien sea en la política, la economía, la educación o la ciencia, que no deba estar presidida por tan noble ideal. Lo demás es pura demagogia y retórica hueca. Las ideologías al servicio de presuntos agravios irredentos, se suelen utilizar con demasiada frecuencia como armas de destrucción masiva y de dominación.

No hay más que analizar el último comunicado de la banda terrorista ETA, en el cual declara el abandono definitivo de la lucha armada, para comprender hasta qué punto la inmoralidad, la codicia y la venalidad se han instalado en todos los estadios de la sociedad. Sin entrar en otras consideraciones (los términos del comunicado no tienen desperdicio desde el punto de vista moral y político), deseo dar mi opinión sobre las más de 850 personas asesinadas por estos terroristas a lo largo del último medio siglo (junto a una aún más larga lista de heridos, secuestrados, extorsionados y exiliados del País Vasco). Desde luego que para mí esta relación de españoles muertos a manos de ETA no fueron víctimas aleatorias en una confrontación irremediable. Se trata de casi un millar de personas de carne y hueso, con alma y sentimientos, cada una de ellas única e irrepetible. Lo único que tenían en común fue su deseo de vivir, por lo que resulta ignominioso considerar a estos seres humanos mancillados como víctimas accidentales en una tragedia diabólica. No, esas personas asesinadas no lo fueron por capricho del azar, pues no sólo se violentó su integridad física sino su libertad, su voluntad de vivir, de llevar a cabo un proyecto de vida genuino, con todo lo que ello lleva implícito. Este millar de asesinados lo fueron por la única razón de ser españoles. Los hubo de todas las edades (algunos todavía en gestación en el vientre de sus madres) y condición. Pero eso sí, a todos, absolutamente a todos, se les arrebató la oportunidad de decidir su adiós. Por tanto, ¿cómo nos vamos a creer las palabras de esta banda de criminales? ¿Cómo nos vamos a tomar en serio las promesas de unos terroristas irredentos? Lo único que nos queda es seguir cumpliendo con nuestra obligación, que no es otra que aplicar la ley. Un auténtico Estado de Derecho, constitucional y democrático, jamás dialoga con criminales ni les hace concesiones, sino que les persigue, les detiene, les juzga y les hace cumplir sus condenas. Quienes han utilizado durante cinco décadas la violencia para perseguir fines políticos, están inhabilitados de por vida para participar en la vida democrática.

Entre tanto, la crisis económica arrecia, y en España con especial virulencia. Dentro de tres semanas habrá elecciones generales y un nuevo gobierno deberá embridar la situación y hacer lo buenamente posible para remediar tanto desafuero. De los que hasta ahora han gobernado lo mejor que podemos desearles es que pronto desaparezcan de vida pública para siempre. Peor no han podido hacerlo. De los que están por venir, que la suerte les acompañe, pero el esfuerzo y la pericia corren de su cuenta. Y de los corruptos, ventajistas, afanadores, medrosos, advenedizos, turiferarios y demás especímenes sociales atraídos por el poder líbrenos la Providencia.


Publicado por torresgalera @ 19:44  | Pol?tica
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