Martes, 20 de diciembre de 2011

Tal día como hoy, pero de 1973, el nombre del presidente del gobierno de España recorrió como un relámpago el centro y los cuatro costados del territorio nacional. Fue una jornada cebada de estupor, descreimiento y maliciosa satisfacción. Recuerdo que aquel 20 de diciembre —que cayó en jueves— yo estaba haciendo la “mili”, aunque por esas fechas disfrutaba de dos semanas de permiso navideño. Justo ese día acudí a una cita a las diez de la mañana en la sede de la empresa ITT, situada en la madrileña calle de Méndez Álvaro, donde por aquel entonces Darío Valcárcel desempeñaba el cargo de director de comunicación corporativa. Nunca olvidaré el cuadro: me contaba Darío algunos pormenores de sus recientes contactos con unos empresarios canarios dedicados a la producción platanera, a los que trató de animarles a que invirtieran algún dinero en el proyecto de un nuevo periódico (El País). Sonó de repente el teléfono y, tras interrumpir durante unos instantes nuestra conversación, escuché como Darío se manifestaba atónito ante lo sorprendente de las noticias de su interlocutor. Una vez colgado el auricular, mi anfitrión me informó de una grave explosión en las proximidades del diario ABC, situado en la calle de Serrano. Así fue como recibí, aquel 20 de diciembre, los primeros rumores de lo que más tarde se confirmaría como el magnicidio a manos de ETA de Luis Carrero Blanco, a la sazón presidente del gobierno de España.

Han transcurrido nada menos que treinta y ocho años. La banda terrorista ETA continúa existiendo. Pero la diferencia es que sus herederos políticos se sientan hoy en el Congreso de los Diputados y participan en la sesión de investidura del nuevo presidente del gobierno. Entonces, hace casi cuatro décadas, los terroristas vascos justificaban el uso de la violencia en el hecho de vivir sometidos a un régimen tiránico. Apenas tres años más tarde los españoles y el mundo entero pudimos comprobar cuál era la verdadera catadura ética y política de ETA: repudio al proceso de instauración de un sistema democrático en España, a pesar de los gestos de magnanimidad que el gobierno de entonces tuvo para con los presos etarras. La banda siguió asesinando, secuestrando y extorsionando, si acaso con mayor entusiasmo. Así, durante todo este largo periodo. Ahora, después de tratar de engañar varias veces a la sociedad española, los terroristas se han vuelto a instalar en una nueva añagaza para tratar de obtener réditos de nuestro sistema político e institucional. ETA, como siempre, trata de imponer a todos sus tiempos. Ahora declara la “suspensión definitiva de la actividad armada”, aunque no proclama su autodisolución. Esto, viniendo de quien viene, suena directamente a subterfugio retórico. Pensar que la izquierda abertzale ha bajado del monte y se ha homologado al modelo de democracia liberal no deja de ser una ingenuidad imperdonable. Lo cual no deja de ser paradójico que los que un día asesinaron a un presidente del gobierno, y en otras ocasiones trataran de asesinar a líderes de la oposición e, incluso, al jefe del Estado, hoy participen en la sesión de investidura de un nuevo jefe del ejecutivo, aunque sea para dejar constancia de su desafección.

De aquella fría, dramática y lejana mañana de 1973 a esta otra, igualmente fría pero más esperanzadora, han transcurrido tantas cosas en España y en el mundo que uno se sobrecoge con tan sólo pensarlo. Yo por entonces era un joven entusiasta, estudiante de periodismo que tenía depositados mis anhelos en esta noble profesión. En la actualidad me estreno en la sesentena y la vida, como no podía ser de otra manera, ha dejado huellas indelebles en mi cuerpo, en mi memoria y en mi alma. Y aunque he terminado por recelar del ser humano en su conjunto, en cambio soy optimista cuando se trata de personas individualmente. En fin, este 20 de diciembre representa una nueva ocasión para confiar en el futuro, a pesar de todo.


Publicado por torresgalera @ 11:56  | Pol?tica
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