Viernes, 20 de enero de 2012

Nuestra clase política no tiene remedio. Ni que gobiernen los rojos ni que lo hagan los azules o los verdiblancos. La crisis que padece nuestra sociedad no es económica —o solo económica—; tampoco social, o socio-económica; ni tan siquiera institucional. No; con ser todas y cada una de estas cuestiones importantes por sí mismas, incluida la combinación de tan nefastas realidades, la gravedad del problema que alcanza a toda la nación española es de orden moral. Nuestra sociedad está inmersa en un proceso de fin de ciclo. Ya no da más de sí lo que se ha dado en llamar “sociedad del bienestar”. Las ideologías derivadas de la Ilustración, liberadoras del hombre en sus varias acepciones, se han gastado a lo largo de más de dos siglos en varios miles de sangrientas pruebas que han dejado un reguero de millones de cadáveres y un sinfín de hermosas intenciones.

Muchos de los viejos valores, éticos y morales, forjados en el crisol de la civilización greco-romana y de la religión cristiana, han sido arrumbados a las escombreras de la historia. La modernidad ha impuesto nuevas reglas, cambiantes y acomodaticias, con el fin de poner en evidencia la supremacía de la razón humana sobre los viejos mitos teosóficos. Primero fueron los totalitarismos y, después, el relativismo se apoderó de nuestras pautas existenciales. De esta manera el mundo occidental vive inmerso, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, en un debate esquizofrénico. Por un lado, el febril antagonismo visualizado a través de lo que se dio en llamar “Guerra fría”. Y, por otro, el paradigma del modernismo: eclecticismo funcional, racionalismo tramposo, crecimiento obsesivo, liberalismo oportunista, colectivismo rencoroso, soberbia cientificista y solidaridad demagógica. Y a pesar de tanto cambio ¿ha sido o es el hombre de nuestro tiempo más feliz que aquel del Ancien Régime? Mucho me temo, que en términos generales, no. Todo lo que el hombre moderno ha ganado en calidad de vida e, incluso, en justicia social, mucho me temo que lo ha perdido en tranquilidad de conciencia y en abatimiento interior.

Por estas razones pienso que asistimos al ocaso de las viejas ideologías. Con mimbres tan desgastados no se puede construir nada útil y perdurable. Resulta ignominioso, además de una afrenta a millones de personas sin empleo, que la familia Botín indemnice con 57 millones de euros a Francisco Luzón, presidente del Banco de Santander en Iberoamérica; o que los gestores de las cajas de ahorro quebradas o al borde del abismo sean despedidos con millonarias indemnizaciones. Ahí está la verdadera enfermedad de nuestra sociedad: en la ausencia de principios éticos y de valores morales. Estos mismos que hoy ofenden a la sociedad tan descaradamente, mañana defienden sin ambages la legitimidad de requisar a una familia su casa y echarla a la calle porque no puede pagar el recibo de la hipoteca. O esos políticos, como Mariano Rajoy, que durante meses y años han criticado las subidas de impuestos argumentando que generan miseria, ruina y desempleo, y lo primero que hace nada más llegar al gobierno es subir fuertemente el IRPF. He aquí la condición humana en estado puro cuando se ha desprendido de principios sólidos, universales e inmutables.


Publicado por torresgalera @ 20:24  | Pensamientos
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