Viernes, 24 de febrero de 2012

La izquierda en España continúa instalada en su infatigable tendencia subversiva. No le interesa nada más que el poder, el poder absoluto. Lo lleva impreso en su código genético político. El marxismo y todos sus derivados han producido más muerte, dolor y miseria en el mundo que el resto de totalitarismos en el último siglo y medio. Por eso, cuando la izquierda no está aupada en el poder, o lo pierde, su naturaleza intrínseca la lleva a operar en todas las esferas de la política: se sirve de los cauces legales y democráticos, llámese vida parlamentaria o institucional, en los cuales extrema la sobreactuación y la demagogia más descarada; pero también ocupa los espacios ciudadanos, ciñéndose los atributos de la justicia popular y enarbolando cuantas banderas reivindicativas puedan otorgarle réditos electorales.

En el caso del PSOE su cinismo y su impudicia no tienen parangón. Nuestros socialistas patrios han destacado desde antiguo por su maestría en el arte de la propaganda política. En España todavía produce buenas rentas el discurso de buenos y malos, o lo que es lo mismo, de ricos y pobres, de opresores y oprimidos, de explotadores y explotados. En definitiva, de derechas e izquierdas. Esta dialéctica maniquea es extraordinariamente fructífera en ambientes sociales de bajo perfil educativo y cultural. En el PSOE lo saben muy bien, y por eso sus reformas educativas en los veintidós años que han gobernado (de algo menos de treinta y cinco de democracia) han propendido al igualitarismo, rebajando los niveles de exigencia y masificando la realidad educativa.

Desde luego a pocos ha sorprendido la rapidez con que el PSOE ha vuelto por sus fueros después de haber sido desalojados del político en apenas medio año: primero de los gobiernos autonómicos y de muchos municipales, y después del gobierno de la nación. Si finalmente se confirmara su desalojo de la comunidad andaluza, en las elecciones autonómicas del próximo marzo, la hecatombe política del socialismo, y su consiguiente desprestigio, sería directamente proporcional a la iracundia con la que afrontarían su papel de oposición en los años venideros.

Por eso, a nadie debe extrañar la interesada exacerbación con la que se ha llevado a la prensa las algaradas callejeras que estos días ha sufrido la ciudad de Valencia. No obstante, cualquier ciudadano de bien, bien pensado y amante de la justicia puede fácilmente comprobar que dichos desórdenes han sido instigados por radicales antisistema, que bien organizados y sin escrúpulos  han atizado el descontento de algunas docenas de estudiantes de un instituto de la ciudad. Ante esta perfidia, hay que añadir la torpeza desplegada en el manejo de esta crisis por la delegada del gobierno Paula Sánchez de León y también por el jefe superior de policía Antonio Moreno.

Pues bien, una vez más, y como no podía ser de otra manera, los dirigentes socialistas han respondido como un resorte ante la oportunidad de descalificar a los gobernantes del PP, por emplear violencia excesiva e indiscriminada contra los manifestantes, reprimiendo su derecho de ciudadanos a expresar libremente su disconformidad con los recortes sociales en educación. Así, con insolente descaro los socialistas arremeten contra las autoridades y se lanzan a propalar toda clase de mentiras y falsedades a través de los medios de comunicación, especialmente los afines, que les sirven de correa de transmisión. No es de extrañar, ya que estos socialistas que hoy se desgañitan en el Congreso y ante los medios, ayer, cuando Rubalcaba dirigía el Ministerio del Interior, hacía dejación de funciones y permitía que el llamado “movimiento 15-M” tomase las calles y plazas españolas y se apoderaran de ellas durante meses. El ahora secretario general del PSOE sabía muy bien que esa actitud infame algún día le reportaría beneficios. Y aquí la tiene.

La reciente condena del juez Garzón por el Tribunal Supremo despertó la iracundia de muchos líderes socialistas y de la izquierda en general. Lo mismo ocurrió con la absolución de Camps y Costa por el TSCV, pero por razones contrarias. Todo hace pensar que en la presente legislatura no habrá tregua. Los gobiernos del PP serán asediados por tierra, mar y aire. Se utilizarán todos los medios al alcance, y la infamia, la mentira, el bulo y las medias verdades no serán desde luego armas menores. Ya lo decía en 1910 el propio Pablo Iglesias: «... es cierto que aspiramos a llevar representantes de nuestras ideas al municipio, a la diputación y al parlamento, pero jamás hemos creído, ni creemos que desde allí pueda destruirse el orden burgués y establecer el orden social que nosotros defendemos». (Comentarios al programa socialista, Madrid, 1910). Ahora ¿cuál es el orden social que se defiende? La mamandurria, el trinque, el clientelismo y el control absoluto de todo y de todos.

Y es que la izquierda, por definición, no es democrática. Soy consciente que afirmar esto es políticamente incorrecto, pero es necesario decirlo. Es imprescindible que la izquierda, y en especial el PSOE por ser un partido que representa a millones de españoles, haga un verdadero ejercicio de reforma, de adaptación a los tiempos actuales. Tiene que desprenderse de los prejuicios que le lastran. Todavía mantiene vivo en su imaginario el rencor acumulado en el pasado. Sigue vigente el odio visceral a sus viejos fantasmas y que ahora vuelca en su gran adversario político: la derecha, ya sea conservadora, liberal o mediopensionista. Su derrota en la guerra civil le tiene aún estigmatizado. De ahí su obsesivo afán en demonizar a la derecha democrática actual; insiste en responsabilizarla de su infortunio de entonces.

La izquierda en general persiste en identificar a la derecha de nuestros días con el franquismo, como si la izquierda estuviera exenta de tan denostado legado: no hay más que echar un vistazo a las biografías cualquiera de sus dirigentes para percatarse de sus orígenes. Lo queramos o no, todos los españoles que en la actualidad tenemos entre 75 y 45 años somos hijos del franquismo: obedientes o díscolos, pero hijos todos, si por ello se entiende criados y educados en un entorno franquista, tanto familiar como social y político. Por eso, más le vale a la izquierda hacer un derroche de imaginación y reinventarse o está condenada a la autodestrucción y el olvido; la tercera opción, la del enfrentamiento, no traerá más que tragedia y dolor.


Publicado por torresgalera @ 21:57  | Pol?tica
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Domingo, 12 de febrero de 2012

Una vez más la opinión pública se divide y se enfrenta en un falso debate: la sentencia condenatoria dictada por el Tribunal Supremo contra el magistrado Baltasar Garzón por ordenar escuchas ilegales a los abogados de los imputados en el “caso Gürtel”. Sí; digo falso debate no porque no nos asista a cada uno de nosotros el derecho a opinar como mejor nos parezca y, por tanto, a ejercer el derecho a disentir. Lo lamentable de este asunto —como de tantos otros— es la facilidad con la que propendemos a identificar nuestros criterios con la verdad absoluta. Resulta paradójico que de una actitud racional (el hecho mismo de pensar) derivemos a otra irreflexiva, cargada de una acritud enfermiza por radical, mediante la cual acabamos negando la legitimidad a pensar, actuar y casi a existir de nuestros adversarios políticos.

Resulta preocupante, casi diría que desesperante, comprobar una y otra vez esa natural tendencia a retorcer y deformar los argumentos que informan sobre hechos y personas. Sabemos que la parcialidad es hija de la subjetividad humana. Por eso mismo deberíamos ser cautos a la hora de reflexionar sobre los avatares humanos y del universo. A estas alturas, no creo que quepa la menor duda de que la trayectoria pública del juez Garzón en el ámbito de la justicia y la política es, desde comienzos de los años noventa, cuando menos controvertida; en otras palabras, mueven al escándalo. Él ha encarnado como ningún otro la expresión de “jueces estrella”. Sus actuaciones profesionales han sido motivo constante de portadas de periódicos y de apertura de telediarios; no digamos sus escarceos por la política. Es innegable que el magistrado Garzón nunca ha generado indiferencia, más bien ha demostrado con sus decisiones buscar el debate mediático y, por tanto, político y social. Para bien y para mal.

Siempre se ha dicho, y el aserto continúa teniendo vigencia, que los jueces, como los árbitros de fútbol, deben pasar desapercibidos. La administración de la justicia debe ser ejercida con discreción y sin levantar suspicacias. Un juez que llame en exceso la atención incita a la desconfianza. No olvidemos que los jueces son meros instrumentos de la justicia, por tanto deben propender a la objetividad, sobre todo en el caso de los jueces instructores: no solamente tienen la obligación de obtener pruebas irrefutables de la comisión del delito, sino que deben velar y garantizar los derechos irrenunciables de imputados y de víctimas.

En el caso en el que ha sido condenado Baltasar Garzón a once años de inhabilitación de la carrera judicial, no se ha juzgado más que aquello por lo que fue denunciado: prevaricó al ordenar grabar las conversaciones que mantenían en las cárceles los abogados con sus defendidos imputados en la trama Gürtel. El denunciante, Ignacio Peláez, ha sido el único letrado de los conculcados —el Colegio de Abogados de Madrid ha estado desaparecido— que se atrevió a cuestionar las prácticas ilegales del juez estrella. Siete magistrados del TS —la Sala segunda, de lo Penal, al completo—, vistas las pruebas y oídos los alegatos, no han tenido la menor duda en calificar la decisión del acusado como flagrante delito, cometido «sin razón alguna» y de manera reiterada e indiscriminada. En definitiva, el magistrado de la Audiencia Nacional vulneró gravemente el derecho a la defensa y, por ende, atentó contra un principio constitucional.

Bien, ya poco importan los argumentos esgrimidos por Baltasar Garzón para insistir en su inocencia. Los siete magistrados que le juzgaron opinan lo contrario. Por tanto, el asunto queda dentro única y exclusivamente del ámbito de la Justicia. Ante lo cual, cabría preguntarse: ¿Por qué ha de valer menos el criterio de siete jueces que el de uno? ¿Qué lleva a pensar a algunos, o a muchos, que la Justicia está al servicio de fines espurios? ¿En qué sustentan los que así piensan y gritan que la condena de Garzón es el triunfo de la reacción franquista? Son tan falaces estos argumentos, tan carentes de rigores intelectuales y tan rebosantes de rencor y odio, que se descalifican por sí mismos. Un asunto judicial ha sido reconvertido en un agravio partidista irreductible. El ruido y la furia están, una vez más, servidos. Ya se sabe, el que siembra vientos recoge tempestades. Y todavía quedan por delante dos sentencias que dictarse. Lo he dicho muchas veces: el principal problema de la democracia española es la escasez de demócratas, en especial en las filas de la izquierda.


Publicado por torresgalera @ 13:29  | Pol?tica
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