Viernes, 16 de marzo de 2012

San José y el niñoEste lunes 19 de marzo es fecha de gran alborozo por partida doble: por un lado se celebra la onomástica de los “josés”, “maría josés y de las josefinas” y, por otro, se conmemora el segundo centenario de la aprobación por las Cortes de Cádiz, de 1812, de la primera Constitución española.

En cuanto a la primera efeméride, sólo me cabe decir de corazón y con fraternal alegría: ¡Felicidades a todos los “pepes” y las “pepitas”! Tan entrañable onomástica lo es nada menos que en honor a San José, esposo de la Virgen María y padre adoptivo —de ahí lo de P.P. (pater putativus)— de Jesús de Nazaret. Sin duda, no se trata de un santo menor en la tradición cristiana, sino bien al contrario, para la Iglesia católica San José representa un máximo exponente de dignidad y santidad. El motivo no es otro que el haber sido favorecido por el don divino de la paternidad, que ejerció con Jesús con encomiable ejemplaridad.

San José es llamado el “Santo del silencio”, y aunque es cierto que la historiografía nos ha dejado escasos testimonios de su vida, sí conocemos sus obras, sus actos de fe, amor y de protección como padre responsable del bienestar de su amadísima esposa y de su excepcional Hijo. Patriarca por excelencia, los doctores de la Iglesia han convenido que su figura sea ejemplo a seguir por la toda la cristiandad. Así, en 1870 el papa Pío IX le proclamó patrono de la Iglesia universal. Años después, en 1955, Pío XII declara a San José, de profesión carpintero, patrono del trabajo. Además, la tradición cristiana le considera el patrono de la buena muerte, ya que le atribuye el haber muerto en brazos de Jesús y de María.

En cuanto a la segunda efeméride del día, decir que este segundo centenario de la Constitución de Cádiz representa un noble legado de gran valor histórico, no sólo para los españoles de nuestros días y de los venideros sino también para las gentes de Hispanoamérica. Y es que la Constitución gaditana de 1812, conocida popularmente como “la Pepa”, por haber sido aprobada el día de la festividad de San José de aquel año, fue uno de los textos legislativos más adelantados de su tiempo, y un espejo en el que se miraron numerosas constituciones europeas y americanas. Es verdad que su vigencia fue efímera (entre 1812 y 1814; más adelante durante el trienio de 1820 a 1823; y, por último, durante algunos meses entre 1836 y 1837), pero su valor histórico fue mucho más que testimonial.

Constitución de 1812Ciertamente, la Constitución de Cádiz de 1812 supone un hito en la Historia de España. Marca un antes y un después. Aunque sólo sea nominalmente, las Cortes de Cádiz rubrican en este texto legal el final del Antiguo Régimen, de la monarquía absolutista borbónica. “La Pepa” erradica el concepto exclusivista que de la soberanía tiene el monarca (el poder le es delegado por el Todopoderoso), toda vez que legitima e inviste al pueblo español de la soberanía nacional. Ahí es nada. Una proclama revolucionaria en sí misma. Ahora bien, nada de borrón y cuenta nueva. La Constitución de Cádiz mantiene varias líneas de continuidad con el pasado, caso de la identidad católica, o de la consideración de la Corona como institución esencial en el nuevo marco jurídico o, por poner otro ejemplo, los precedentes que supusieron para la naciente representación democrática las antiguas Cortes de León, de 1188, cuyo sistema representativo se extendió después a las Cortes de Castilla y a toda Europa.

Se trata sin duda de un documento modernísimo para aquella España tan atrasada en costumbres, ideales y economía. La fortuna quiso que, en medio de unas circunstancias extraordinariamente adversas, un puñado de hombres ilustrados, adelantados a su tiempo, supiera imponerse con determinación a los elementos más reaccionarios que veían en las ideas ilustradas un atentado contra la España secular, además de una amenaza para el futuro de la nación. El esfuerzo mereció la pena y aquella tarea legislativa dio su fruto: una Constitución bastante más avanzada que la propia sociedad, pero que a la postre tuvo una vida exigua como consecuencia de dos carencias esenciales: la ausencia de una burguesía amplia y sólida que respaldara la naciente Constitución, cosa que no ocurrió en los casos de Estados Unidos y Francia, y la falta de una profunda reforma económica que abordara la reconstrucción del sistema productivo, destruido como consecuencia de la guerra contra las tropas napoleónicas, y que adaptara las nuevas relaciones productivas a las exigencias y expectativas de una sociedad moderna.

La Constitución de 1812, nuestra querida “Pepa”, fue víctima de la adversidad de la historia, al sufrir los rigores de un rey pusilánime y felón (Fernando VII no tardó en traicionar su palabra dada) y de una aristocracia retrógrada y avarienta que sólo veía colmados sus anhelos en la vuelta al absolutismo. Eso sí, para la posteridad quedó el orgullo y la satisfacción de haber dado a luz una Constitución ejemplar, un hito que marcó el camino a otras muchas naciones y que sirvió de faro al pensamiento liberal que a lo largo del siglo XIX trató, con más o menos fortuna, de abrirse paso en la espesura de un modelo de estado trágico y decadente. ¡Viva "la Pepa"!


Publicado por torresgalera @ 19:58  | Pensamientos
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios