Mi?rcoles, 11 de abril de 2012

Es tal el grado de insatisfacción y ofuscación que se vive en la sociedad actual, que maravilla pensar cómo es que todavía somos capaces de esgrimir una sonrisa, por leve que ésta sea. Es verdad que no a todos les va igual de mal, ni de bien. Pero tampoco es menos cierto que vivir pendientes de las noticias que nos vierten los medios de comunicación nos conduce, inexorablemente, por un camino de frustración y angustia sin solución de continuidad. Aludiendo a la frase consignada a Mark Twain, de que “Si uno no lee los periódicos, está desinformado; y si los lee, está mal informado”, no sería un disparate inferir que del debate, la confrontación y el enfrentamiento, la prensa, la radio y la televisión obtienen sus mayores audiencias y, por ende, los resultados económicos más óptimos.

Resulta insufrible, amén de altamente pernicioso, la saturación de infortunios, agravios, amenazas, catástrofes y desgracias de todo tipo con el que los mass media nos bombardean a diario. El objetivo parece ser que es el de mantenernos en alerta permanente. Se trata de una estrategia que retroalimenta nuestra vigilia, manteniéndola expectante a los futuros mensajes de dichos medios.

Para colmo, este clima de confusión angustiosa está aderezado con un desquiciante acervo de equívocos conceptos y palabras que, de forma falaz, utilizamos cada día. Pocas personas están interesadas en la fidelidad del lenguaje. Esto es claro síntoma del escaso nivel cultural de nuestra sociedad. La falta de exigencia hacia nosotros mismos pone de manifiesto la inconsistencia de nuestras ideas y la vacuidad de nuestros razonamientos. Tomemos como ejemplo el mal uso que damos a la palabra «diálogo». Su etimología proviene del prefijo griego diá, que significa «a través», y de la palabra lógos, que significa «palabra», «discurso», «razón», «inteligencia»… ; por tanto, diálogo significa «a través de la razón». No se trata de «hablar entre dos» individuos o grupos de individuos, aunque este «diálogo» sea un mero diálogo de sordos. Dialogamos para esclarecer la verdad, para iluminar y enriquecer el conocimiento. Cuando los dialogantes no ceden en sus posiciones, se encastillan en sus argumentos y concluyen en descalificaciones a sus oponentes, no sólo no se da el diálogo, sino que éste se convierte en debate (discusión, controversia, contienda, lucha, combate).

Al socaire de este asunto, me parece interesante traer a colación el pasaje del Evangelio de San Lucas (24, 13-35) con el que la Iglesia Católica ilustra este tercer día de Pascua. En él se relata la experiencia vivida por dos seguidores de Jesucristo mientras caminan desde Jerusalén hacia la pequeña aldea de Emaús. Tras la muerte del Maestro el grupo de seguidores se va deshaciendo. El sueño se ha desvanecido, y con él la esperanza que había despertado en sus corazones. No obstante, estos discípulos siguen hablando de Jesús. No lo pueden olvidar. Comentan lo sucedido. Tratan de buscarle algún sentido a lo que han vivido junto a él. «Mientras conversan, Jesús se acerca y se pone a caminar con ellos». Es el primer gesto del Resucitado. Los discípulos no son capaces de reconocerlo, pero Jesús ya está presente caminando junto a ellos.

La intención del narrador es clara: Jesús se acerca cuando los discípulos lo recuerdan y hablan de él. Se hace presente allí donde se comenta su Buena Nueva, donde hay interés por su mensaje, donde se conversa sobre su estilo de vida y su proyecto. Jesús está interesado en conversar con ellos: « ¿Qué conversación es ésa que traéis mientras vais de camino?» No se impone revelándoles su identidad. Les pide que sigan contando su experiencia. Conversando con él, irán descubriendo su ceguera. Se les abrirán los ojos cuando, guiados por su palabra, hagan un recorrido interior. Cuanto más se habla Jesús y más se conversa con él, más se revive la fe.

Los discípulos le hablan de sus expectativas y decepciones; Jesús les ayuda a ahondar en la identidad del Mesías crucificado. El corazón de los discípulos comienza a arder; sienten necesidad de que aquel «desconocido» se quede con ellos. Al celebrar la cena eucarística, se les abren los ojos y lo reconocen: ¡Jesús está con ellos!

Es obvio que ambos discípulos de Emaús tienen auténtico interés por conocer la verdad, pese a que les parezca inalcanzable. Pero su buena disposición actúa como un farol que ilumina el sendero oscuro. Dicha actitud atrae a Jesús («Yo soy la luz del mundo» [Jn 8, 12]; «Yo soy el camino, la verdad, y la vida» [Jn 14, 6]), por eso se acerca a los discípulos de Emaús, les escucha y se manifiesta ante ellos. El diálogo ha surtido efecto.


Publicado por torresgalera @ 17:10  | Pensamientos
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