Domingo, 29 de abril de 2012

Comprender a los jóvenes de hoy es un ejercicio que a los que hemos entrado en el umbral de la edad provecta no nos resulta a menudo fácil. Parece como si las tiernas generaciones actuales discurrieran por una longitud de onda diferente a la que sintonizábamos en aquellos años de la posguerra o en los transcurridos hasta la década de los setenta. No obstante, he llegado a la conclusión de que no es tan difícil entender el por qué de las vigentes actitudes y comportamientos, en apariencia, sólo en apariencia, tan distintas a las que protagonizamos en nuestra ya lejana juventud.

La naturaleza sicológica del ser humano apenas ha evolucionado un ápice en los últimos cinco mil años, cuando menos en el último medio siglo. Por tanto, como ya pusiera en evidencia Platón en sus Diálogos, los jóvenes siempre son motivo, generación tras generación, de inquietud y preocupación. La juventud, expresión sublime de vitalidad, es un desafío temporal a la naturaleza cadenciosa e inalterable. La juventud, en cualquier especie de mamíferos, no sólo tiene que ver con el periodo de máxima eficiencia reproductiva sino con la oportunidad de cuestionar y renovar los liderazgos asentados en el grupo social.

No parece que sea una exageración colegir que lo que ha cambiado sustancialmente en los últimos treinta años es la conciencia social. Ahora se practica una conciencia social muy permisiva y tolerante, y aunque sustentada en la libertad individual y el respeto al prójimo, lo que ha variado es el cómo se ejerce dicha libertad y el dónde se ponen los límites.

Estoy convencido de que la responsabilidad de las circunstancias y condiciones en las que crecen y se desenvuelven los jóvenes la tiene la generación progenitora. Son los predecesores adultos los que están obligados a enseñar y transferir a su descendencia el orden de valores (éticos, morales y espirituales) y los conocimientos  humanísticos, técnicos y científicos que les permitan construirse como personas humanas, toda vez que éstos tramitan su proceso de integración en la sociedad. No olvidemos que los jóvenes de hoy tienen la misión de prolongar la especie y mejorar sus condiciones de vida. En definitiva, los jóvenes son los receptores de un legado secular y transcendente que, a su vez, deberán legar a las generaciones venideras. Por tanto, nuestra mayor atención, respeto y cariño para aquellos que han de relevarnos y tomar el timón del destino de la humanidad.

Se hace preciso comprender que, así como la infancia es un periodo amable y tierno de la vida, la última fase de la niñez y la adolescencia debería ser, mal que nos pese, un periodo austero y disciplinado en el desarrollo del individuo. Es probable que haya quien piense que defender tal cosa es propio mentes autoritarias. No necesariamente tiene por qué ser así. Más letal resulta el buenismo estéril y el relativismo moral. La dejación de responsabilidades, so pretexto de favorecer la expansión natural de los púberes, es de una extrema gravedad. Veamos si no cómo le ha ido a la sociedad española desde los años ochenta —la reforma educativa que implantó la LOGSE llevó aparejada un cambio sustancial en la orientación ideológica y sicológica del modelo educativo— hasta nuestros días.

Si analizamos detenidamente la evolución de nuestra sociedad en los últimos treinta años, comprobaremos cómo las distintas generaciones de jóvenes que se han sucedido son —en líneas generales— cada vez más deficientes en cuanto a formación integral se refiere (académica y social), como consecuencia del deterioro moral e ideológico de la sociedad en su conjunto. Una prueba de ello es lo frecuente que resultan grupos de jóvenes perfectamente ignorantes y a la vez escandalosamente presuntuosos. Este hecho me lleva a recordar una anécdota que me contaron hace poco que aludía a un jactancioso estudiante que, sentado en un autobús junto a un señor metido en años, se pavoneaba explicándole por qué resulta imposible a las personas de cierta edad comprender a la joven generación.

─Usted creció en un mundo diferente, realmente casi “primitivo” ─dijo en voz lo suficientemente alta como para que lo escucharan alrededor─. Los jóvenes de hoy crecimos con televisión, internet, aviones a reacción, viajes al espacio, el hombre caminando en la luna. Nuestras sondas espaciales han visitado Marte… Tenemos naves con energía nuclear, coches eléctricos y de hidrógeno... Computadoras con procesos de velocidad de la luz..., y más…

Luego de un breve silencio, el señor mayor respondió:

─Tienes razón, hijo mío. Nosotros, los de nuestra generación, no tuvimos esas cosas cuando éramos jóvenes..., así que las inventamos.

Dicho esto, creo que la crisis económica que padece España (y el resto del mundo), lejos de ser una gran tragedia es una auténtica oportunidad. Porque cuando escasea el dinero y el trabajo, peligra la subsistencia. Y cuando se cierne esta dramática amenaza es cuando el ser humano encuentra las razones más contundentes para movilizar todas sus potencialidades y revisar todas las circunstancias de su existencia. De modo que, si los políticos continúan empecinados en sus luchas excluyentes, egoístas, cortoplacistas y miopes, a lo mejor ya es hora de que los jóvenes se planteen seriamente poner fin a este sistema agotado y en el que tan a gusto se sienten nuestros próceres.


Publicado por torresgalera @ 21:40  | Pensamientos
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Mi?rcoles, 11 de abril de 2012

Es tal el grado de insatisfacción y ofuscación que se vive en la sociedad actual, que maravilla pensar cómo es que todavía somos capaces de esgrimir una sonrisa, por leve que ésta sea. Es verdad que no a todos les va igual de mal, ni de bien. Pero tampoco es menos cierto que vivir pendientes de las noticias que nos vierten los medios de comunicación nos conduce, inexorablemente, por un camino de frustración y angustia sin solución de continuidad. Aludiendo a la frase consignada a Mark Twain, de que “Si uno no lee los periódicos, está desinformado; y si los lee, está mal informado”, no sería un disparate inferir que del debate, la confrontación y el enfrentamiento, la prensa, la radio y la televisión obtienen sus mayores audiencias y, por ende, los resultados económicos más óptimos.

Resulta insufrible, amén de altamente pernicioso, la saturación de infortunios, agravios, amenazas, catástrofes y desgracias de todo tipo con el que los mass media nos bombardean a diario. El objetivo parece ser que es el de mantenernos en alerta permanente. Se trata de una estrategia que retroalimenta nuestra vigilia, manteniéndola expectante a los futuros mensajes de dichos medios.

Para colmo, este clima de confusión angustiosa está aderezado con un desquiciante acervo de equívocos conceptos y palabras que, de forma falaz, utilizamos cada día. Pocas personas están interesadas en la fidelidad del lenguaje. Esto es claro síntoma del escaso nivel cultural de nuestra sociedad. La falta de exigencia hacia nosotros mismos pone de manifiesto la inconsistencia de nuestras ideas y la vacuidad de nuestros razonamientos. Tomemos como ejemplo el mal uso que damos a la palabra «diálogo». Su etimología proviene del prefijo griego diá, que significa «a través», y de la palabra lógos, que significa «palabra», «discurso», «razón», «inteligencia»… ; por tanto, diálogo significa «a través de la razón». No se trata de «hablar entre dos» individuos o grupos de individuos, aunque este «diálogo» sea un mero diálogo de sordos. Dialogamos para esclarecer la verdad, para iluminar y enriquecer el conocimiento. Cuando los dialogantes no ceden en sus posiciones, se encastillan en sus argumentos y concluyen en descalificaciones a sus oponentes, no sólo no se da el diálogo, sino que éste se convierte en debate (discusión, controversia, contienda, lucha, combate).

Al socaire de este asunto, me parece interesante traer a colación el pasaje del Evangelio de San Lucas (24, 13-35) con el que la Iglesia Católica ilustra este tercer día de Pascua. En él se relata la experiencia vivida por dos seguidores de Jesucristo mientras caminan desde Jerusalén hacia la pequeña aldea de Emaús. Tras la muerte del Maestro el grupo de seguidores se va deshaciendo. El sueño se ha desvanecido, y con él la esperanza que había despertado en sus corazones. No obstante, estos discípulos siguen hablando de Jesús. No lo pueden olvidar. Comentan lo sucedido. Tratan de buscarle algún sentido a lo que han vivido junto a él. «Mientras conversan, Jesús se acerca y se pone a caminar con ellos». Es el primer gesto del Resucitado. Los discípulos no son capaces de reconocerlo, pero Jesús ya está presente caminando junto a ellos.

La intención del narrador es clara: Jesús se acerca cuando los discípulos lo recuerdan y hablan de él. Se hace presente allí donde se comenta su Buena Nueva, donde hay interés por su mensaje, donde se conversa sobre su estilo de vida y su proyecto. Jesús está interesado en conversar con ellos: « ¿Qué conversación es ésa que traéis mientras vais de camino?» No se impone revelándoles su identidad. Les pide que sigan contando su experiencia. Conversando con él, irán descubriendo su ceguera. Se les abrirán los ojos cuando, guiados por su palabra, hagan un recorrido interior. Cuanto más se habla Jesús y más se conversa con él, más se revive la fe.

Los discípulos le hablan de sus expectativas y decepciones; Jesús les ayuda a ahondar en la identidad del Mesías crucificado. El corazón de los discípulos comienza a arder; sienten necesidad de que aquel «desconocido» se quede con ellos. Al celebrar la cena eucarística, se les abren los ojos y lo reconocen: ¡Jesús está con ellos!

Es obvio que ambos discípulos de Emaús tienen auténtico interés por conocer la verdad, pese a que les parezca inalcanzable. Pero su buena disposición actúa como un farol que ilumina el sendero oscuro. Dicha actitud atrae a Jesús («Yo soy la luz del mundo» [Jn 8, 12]; «Yo soy el camino, la verdad, y la vida» [Jn 14, 6]), por eso se acerca a los discípulos de Emaús, les escucha y se manifiesta ante ellos. El diálogo ha surtido efecto.


Publicado por torresgalera @ 17:10  | Pensamientos
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