S?bado, 29 de septiembre de 2012

Toda situación, por mal que esté, siempre es susceptible de empeorar. Esto es exactamente lo que está ocurriendo en España. A la aguda crisis económica que padecemos, a la que hay que sumar la crisis institucional, la política y la social, además de la crisis territorial latente desde hace más de tres décadas, ahora nos enfrentamos decidida e inexorablemente a un proceso de escisión, de separación, de rompimiento de la unidad nacional llamada España. El nacionalismo catalán ha derivado en un apremiante fogonazo soberanista que, con toda seguridad, en los tres o cuatro próximos años va hacer verter más lagrimas y lamentos que todos los vertidos en los últimos setenta años.

Sí, se acercan días de grandes tribulaciones. Y lo peor de todo es que el origen de tanto desafuero está en el incumplimiento de la ley. Desde hace unos cuantos lustros los dirigentes políticos, de todo color y condición, vulneran de manera sistemática el ordenamiento jurídico: se incumplen preceptos constitucionales, se ignoran las sentencias de los tribunales y se violentan los derechos de las mayorías aduciendo una pretendida defensa de las minorías. ¿Quién será capaz de poner coto a tanto disparate? ¿Quién estará dispuesto a parar los pies a los agresores? Ya lo estamos viendo estos días, la autoridad cumple con su obligación de reprimir los conatos de subversión social y los políticos de la oposición tildan a los responsables de abuso de poder.

Lo más triste de todo no es la estulticia ni la incompetencia de los políticos actuales, sino la inconsistencia y la esterilidad moral de la ciudadanía española en su conjunto. Nuestros dirigentes políticos no son setas que crecen por generación espontánea; todo lo contrario, surgen y en abundancia porque el caldo de cultivo es propicio al nacimiento y desarrollo de elementos parasitarios que medran a costa de una gran masa de individuos inertes. Por eso los defensores de la mediocridad y del igualitarismo se oponen a todo lo diferente y a todo lo excelente. Es por ello que el discurso en defensa del “Estado de bienestar” es tan querido y consolador, tanto para la izquierda como para la derecha. La mayoría sociológica tiene mentalidad clientelar, gusta del proteccionismo, la subvención, el gratis total y la recomendación. Nadie ha querido echar cuentas de lo mucho que cuesta este modelo de estado: mucho, muchísimo dinero, tanto que nos hemos hipotecado por encima de nuestras posibilidades y por varias generaciones. Y encima queremos imponer a nuestros acreedores las condiciones para pagar la factura del despilfarro de la fiesta.

Llegados a este punto, en vez de hacer todos y cada uno el necesario acto de contrición, los dedos se nos vuelven huéspedes y comenzamos a despotricar contra el que tenemos enfrente o al lado, que para el caso es lo mismo. Cualquier cosa menos darnos un respiro y, aunque sólo sea una vez, trabajar unos con otros, codo con codo. Todo lo contrario, unos reprochan a los otros la responsabilidad del desastre, otros recriminan a los unos de mentir y de arrasar los derechos y el bienestar de los españoles, aquellos de más allá aprovechan la ocasión para culpar a los de más acá de su males y deciden irse a vivir por su cuenta, y los de la txapela se preparan para la apoteosis final de la gran mascarada soberanista.

Lo paradójico del caso es que muchas situaciones de hoy guardan una inquietante similitud con otras de triste memoria de los años treinta del siglo pasado. La novedad esencial respecto a ayer es la existencia de una grande y poderosa clase media que actúa de amortiguador de las tensiones periféricas y de los radicalismos extremos. No obstante, no deberíamos sentirnos orgullosos de vivir en una sociedad en la que pueden alcanzar las más altas magistraturas del estado personajes tan vacuos y corrosivos como el anterior presidente del gobierno. Un funesto estigma del que España no se librará en décadas. Superar los perjuicios políticos y económicos causados a España durante las dos últimas legislaturas va a suponer un coste, en términos de esfuerzo colectivo, que no estoy seguro que los españoles podamos asumir en los próximos años. A menos que se pague un alto precio en recorte de libertades y derechos.


Publicado por torresgalera @ 18:46  | Pol?tica
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