Lunes, 26 de noviembre de 2012

Como cabía esperar, en las elecciones catalanas del 25-N parecen haber ganado todos (o casi todos). Esta propensión de los políticos a edulcorar, cuando no magnificar, el resultado de sus candidatos son pecados de prepotencia y soberbia. Comprendo la necesidad mediática de aceptación, pero de ahí a que los políticos se comporten como malabaristas retóricos hay un largo trecho. Por eso, lo sucedido anoche en Cataluña tras conocerse los resultados electorales mueve a la ironía, cuando no a la vergüenza ajena.

Desde luego que las cifras electorales requieren análisis. Como casi todo en la vida los matices son muy importantes. Pero también es verdad que no se deberían retorcer los números —los comicios únicamente recuentan voluntades personales— sino dejar que el lenguaje aritmético imponga su resultado. ¿Y qué fue lo que sucedió ayer domingo en Cataluña?

Primero, que ganaron los independentistas. Así de claro y rotundo. Es verdad que al presidente Artur Mas le salió el tiro por la culata. Su fuerza electoral, CiU, conservadora y nacionalista, aunque ganó ampliamente perdió respaldo popular y representación en el Parlament. Sin embargo, el independentismo, en conjunto, ha ganado ostensiblemente pero mucho más radicalizado. Sumados los votos de CiU a los de ERC y los de CUP, la nueva fuerza política radical e independentista que ha concurrido a estos comicios, el resultado final está próximo al 48 por ciento. Pero en número de escaños, 74, supera la mayoría absoluta con holgura, lo que permitiría a este bloque soberanista acometer cualquier deriva que se le ocurra. Todo esto sin perder de vista a Iniciativa per Catalunya /Els Verds, coalición radical de izquierdas muy favorable a la autodeterminación.

Segundo, que ha perdido Cataluña, pues su gobernabilidad es ahora mucho más difícil y con más riesgos que la legislatura disuelta. Además, en el partido ganador y destinado a gobernar se ha abierto una crisis interna de primera magnitud. Los órganos de gobierno de CiU deberán decidir si continúan respaldando a Artur Mas, pues no sólo no ha salido con bien del atolladero en el que él solito se metió, sino que el president en funciones tiene empantanada la sociedad catalana. A nadie se le oculta que formar un gobierno sólido, con respaldo parlamentario estable, que encare con determinación y claridad los problemas verdaderos que afectan y preocupan a los catalanes, es una tarea poco menos que imposible. Salvo que alguna fuerza política decida suicidarse.

Y, tercero, que para la estabilidad territorial de España estos resultados electorales en Cataluña sólo permiten ganar algo de tiempo. Todo es posible en las próximas semanas. Desde la formación de un poderoso bloque independentista en el gobierno o en el Parlament, hasta la formación de un gobierno en minoría, que negocie permanentemente acuerdos parlamentarios con unos u otros, y que, simultáneamente, busque la confrontación y el agravio con el gobierno de España. El victimismo continuará siendo el recurso fundamental para alimentar la ensoñación nacionalista.

Ante este panorama, nada halagüeño, solo cabe desear que el presidente Rajoy se decida cuanto antes a acometer, en colaboración con el PSOE, la necesaria reforma del modelo territorial. Reforma que permita a todos los españoles recuperar los derechos fundamentales de igualdad, justicia y libertad. No olvidemos que en pocos días el Estado español se va a enfrentar a un nuevo gobierno nacionalista en el País Vasco, con los independentistas de izquierda sentados en el Parlamento de Vitoria y en muchos ayuntamientos.  

En definitiva, apenas un respiro para el nuevo asalto a la nación española que preparan los secesionistas de allí mientras se organizan los de allá. Al menos nos cabe el consuelo del auge y buen resultado de Ciutadans de Catalunya (Ciudadanos de Cataluña).


Publicado por torresgalera @ 16:28  | Pol?tica
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