Mi?rcoles, 12 de diciembre de 2012

Inmaculada Concepción

Siempre he estado convencido de la capacidad de sorpresa que depara la vida a los seres humanos. De ello doy testimonio en primera persona, porque de las numerosas cosas –buenas, malas y regulares– que he experimentado a lo largo de mi existencia, casi todas ellas las he creído fruto de la casualidad o de la voluntad. Sí, durante muchos años he vivido convencido de que el azar (ilusión quimérica) o mi voluntarismo estaban detrás de todas aquellas contingencias de mi vida: desde el encuentro con la que habría de ser mi mujer para toda la vida, pasando por muchos de los hitos de mi carrera profesional e, incluso, la identidad de mis hijos y mis amigos. Ni por un momento me paré a pensar en que la divina Providencia era determinante en la existencia humana.

Pues bien, cuán equivocado estaba. Cuando la luz inunda el corazón, rápidamente comprendes que has vivido hasta entonces en un reino de tinieblas. Es verdad que en mi caso la luz no me ha inundado de golpe. Ya venía percibiéndola desde hace algunos años, poco a poco, aunque de manera creciente. Pero lo que he vivido, lo que he experimentado este pasado puente de la Inmaculada en Los Negrales ha sido un baño de luz, una fiesta radiante de colores, un bautismo de luminosa santidad. ¿Cuántas veces habré meditado en estos días las palabras del Nuevo Testamento: «… Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; … Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego (Mt 3, 11)». Una vez más, Jesucristo hizo el milagro de la conversión: un corazón endurecido se transformó en masa viva de amor y alegría.

Todavía resuenan en mi mente muchas de las palabras que los hermanos nos dirigieron: «El Reino de Dios tenemos que comenzar a construirlo aquí, en la tierra… »; «No debemos preocuparnos por los frutos de nuestra siembra, pues Jesucristo murió traicionado, abandonado por los suyos, insultado, apaleado, flagelado, “cosido a la cruz” y murió sin ver ningún fruto; pero aquí están sus frutos dos mil años después»; «El que busca y ama al Señor jamás se sentirá abandonado». Pero aún hay más. Desde la segunda jornada de trabajo en el Cursillo, no se aparta de mí una imagen –con toda la simbología que ella comporta– del Evangelio de san Juan que me tiene fascinado desde hace mucho tiempo. Me refiero al lavatorio de los pies. Solo san Juan –soy un profundo entusiasta de este Evangelio– describe este episodio apostólico. Todo el pasaje es de una gran hondura, y su final determinante: «En verdad, en verdad os digo: el que recibe a quien yo envíe me recibe a mí; y el que me recibe a mí recibe al que me ha enviado (Jn 13, 20)».

Dios me ha enviado a muchas personas buenas a lo largo de mi vida, pero yo no supe ver la verdad ni su verdadero significado. Ahora el Señor, en un nuevo acto de servicio, de infinita caridad, me ha regalado una nueva vida rebosante de fe y de amor. Y para que no comience el camino solo me ha enviado un montón de hermanos maravillosos con los que compartir esta nueva singladura. Además de proclamar mi agradecimiento al Todopoderoso, por mí reencuentro apasionado con su Hijo Jesucristo en Los Negrales, rezo para que éste ya no se aparte de mí en lo que me queda de vida. Una vez más, gracias, Señor.


Publicado por torresgalera @ 13:24  | Pensamientos
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Comentarios
Publicado por Invitado
Mi?rcoles, 12 de diciembre de 2012 | 15:12

Que gustó leer tu blog Miguel, es como volver a estar en Los Negrales. Nos vemos el viernes, gracias. José María (decuria Inmaculada III)