S?bado, 12 de enero de 2013

Apenas faltan diez días para que el gobierno de la Generalitat ejecute —con los votos favorables de CiU, ERC y otras minorías independentistas— el primer acto oficial del proceso secesionista emprendido por el presidente regional Artur Mas el pasado septiembre. Se trata de una iniciativa parlamentaria mediante la cual ambas fuerzas políticas quieren que el Parlamento autonómico apruebe una declaración de soberanía para Cataluña. En concreto, la propuesta pretende que se declare a Cataluña como “sujeto con derechos políticos y jurídicos”, toda vez que convocar una consulta de autodeterminación sea considerado como un ejercicio pleno de libertad democrática. Parece ser que el texto no hablará explícitamente de independencia, sino del ejercicio del derecho de autodeterminación.

Barcelona, 1934 Como se puede comprobar, una vez más, se trata de un acto de deslealtad a la Constitución y de un delito de traición a la Patria. De momento, el gobierno de la Nación ha advertido que no se quedará de brazos cruzados si se comete algún acto jurídico que vulnere la legislación vigente. A mí no me cabe la menor duda de que los independentistas catalanes no se van a arredrar y forzarán la situación hasta sus últimas consecuencias. En su órdago soberanista están convencidos de que el gobierno de España no recurrirá a decisiones expeditivas, como aquella que tomaron, el 6 de octubre de 1934, el entonces presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora, y el presidente del gobierno republicano, Alejandro Lerroux, al decretar el “Estado de Guerra” y ordenar la detención en pleno del gobierno de Cataluña. Así acabó la aventura secesionista en Cataluña en aquel octubre revolucionario. Fue la Guardia Civil la que se hizo cargo de la detención de los sediciosos, así como de la custodia de los Mossos d’Esquadra”.

Aludiendo a los acontecimientos presentes y a su correlación, aunque sólo sea somera, con aquellos otros ya tan lejanos, me viene a la memoria un libro —el último y postrero de Santiago Ramón y Cajal— aparecido en las librerías españolas apenas unos meses antes de su muerte, acaecida el 17 de octubre de 1934. Se trata de El Mundo visto a los Ochenta Años: impresiones de un arteriosclerótico. Reeditado en 2008 (edición facsímil de la de 1939) por Editorial Maxtor, Recogía esta obra una serie de reflexiones sobre el deterioro humano en el proceso de envejecimiento, así como sobre diversos aspectos del mundo que le circundaba: España y su realidad histórica y presente en el centro de su preocupación. Merece la pena destacar algunos párrafos que ponen de relieve la vigencia de algunas de las observaciones del Premio Nobel de Medicina de 1906. Están referidas en el capítulo XII del mencionado libro.

El odio infundado a Castilla y a Madrid

«¡Pobre Madrid, la supuesta aborrecida sede del imperialismo castellano! ¡Y pobre Castilla, la eterna abandonada por Reyes y Gobiernos! ¡Qué sarcasmo! Ella, despojada primeramente de sus libertades, bajo el odioso despotismo de Carlos V, ayudado por los vascos, sufre ahora la amargura de ver cómo las provincias más vivas, mimadas y privilegiadas por el Estado le echan en cara su centralismo avasallador. […/…]

Inquietudes actuales ante las amenazas, veladas o explícitas, del separatismo

»No me explico este desafecto a España de Cataluña y Vasconia. Si recordaran la Historia y juzgaran imparcialmente a los castellanos, caerían en la cuenta de que su despego carece de fundamento moral, ni cabe explicarlo por móviles utilitarios. A este respecto, la amnesia de los vizcaitarras es algo incomprensible. Los cacareados fueros, cuyo fundamento histórico es harto problemático, fueron ratificados por Carlos V, en pago de la ayuda que le habían prestado los vizcaínos en Villalar, ¡estrangulando las libertades castellanas!... Y tampoco recuerdan estos flamantes nacionalistas enviados a las Cortes por Vizcaya, que, conquistada Euskadi por los franceses, en el siglo XVIII, hubo que rescatarla, cediendo al invasor, a guisa de honorarios, la isla de Santo Domingo. Sobre que la citada región fue siempre un feudo de Castilla, otorgado a adelantados de Castilla, ¡Cuánta ingratitud tendenciosa alberga el alma primitiva y sugestionable de los secuaces del vacuo y jactancioso Sabino Arana y del descomedido hermano que lo representa!... […/…]

La ingratitud incomprensible de los vascos, los niños mimados de Castilla

»Deprime y entristece el ánimo, el considerar la ingratitud de los vascos, cuya gran mayoría desea separarse de la Patria común. Hasta en la noble Navarra existe un partido separatista o nacionalista, robusto y bien organizado, junto con el tradicionalista, que enarbola todavía la vieja bandera de “Dios, Patria y Rey”. En realidad Euskadi y Navarra constituyen de hecho feudos vaticanistas, y son perdurable amenaza de guerra civil. Y esto a pesar de los halagos y generosidades del Estado, de los privilegios y exenciones otorgados, y de la exigua contribución con que acuden aquellas a los gastos de la nación. […/…]

Santiago Ramón y Cajal»En la Facultad de Medicina de Barcelona, todos los profesores, menos dos, son catalanes regionalistas; por donde se explica la emigración de catedráticos y de estudiantes, que no llegan hoy al tercio de los matriculados en años anteriores. Casi todos los maestros dan la enseñanza en catalán con acuerdo y consejo tácitos del consabido Patronato, empeñado en catalanizar a todo trance una institución costeada por el Estado central. […/…]

»A guisa de explicaciones del desvío actual de las regiones periféricas, se han imaginado varias hipótesis, algunas con ínfulas filosóficas. No nos hagamos ilusiones. La causa real carece de idealidad y es puramente económica. El movimiento desintegrador surgió en 1900, y tuvo por causa principal, aunque no exclusiva, con relación a Cataluña, la pérdida irreparable para ella del espléndido mercado colonial. En cuanto a los vascos, proceden por imitación gregaria. Resignémonos los idealistas impenitentes a soslayar raíces raciales o incompatibilidades ideológicas profundas, para contraernos a motivos prosaicos y circunstanciales.

»La sinceridad me obliga a confesar que este movimiento centrífugo es peligroso, más que en sí mismo, en relación con la especial psicología de los pueblos hispanos. Preciso es recordar —así lo proclama toda nuestra Historia— que somos incoherentes, indisciplinados, localistas sin sentido moderno, amén de tornadizos e imprevisores. El todo o nada es nuestra divisa. Nos falta el culto del territorio sin barreras. Si España estuviera poblada de franceses e italianos, alemanes o británicos, mis alarmas por el futuro de este país se disiparían. Porque esos pueblos sensatos saben sacrificar sus pequeñas querellas de campanario en aras de la concordia y del provecho común».

Aquel navarro de sangre aragonesa, español hasta la médula, que también un frío octubre de 1906 recibiera el Premio Nobel de Medicina por su deslumbrante aportación al conocimiento de las células neuronales, se apagó silenciosamente en su casa de Madrid para no perturbar aquellas doloridas horas por las que atravesaba la Patria. Santiago Ramón y Cajal dejaba tras de sí 82 años cargados de incansable y fructífero trabajo científico, de historia y de experiencias extraordinarias, desde los ardorosos días de “La Gloriosa”, la revolución liberal que mandó a la reina Isabel II al exilio, pasando por el efímero reinado de Amadeo I de Saboya, por la trágica experiencia de la Primera República y su cantonalismo fratricida, la restauración subsiguiente, la guerra de Cuba y, así, siguiendo el hilo del cambio de siglo, hasta llegar a los inquietantes años de la Segunda República. Don Santiago dejaba este mundo con el corazón compungido. Todo el reconocimiento público a su talento racionalista al servicio de la ciencia no fue suficiente para evadirle del pesimismo que, como una funesta premonición, embargaba a la España de su tiempo. ¡Quién diría que han pasado setenta y ocho años!


Publicado por torresgalera @ 11:26  | Pol?tica
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