Mi?rcoles, 13 de febrero de 2013

Benedicto XVIQue fácil resultar hablar, hablar y hablar, juntar palabras y propalarlas ante cualquier auditorio que esté dispuesto a escucharlas, o leerlas. No importa demasiado que las palabras, en forma de opiniones, tengan algún fundamento sustentado en la verdad; lo único que importa es que asombren, desconcierten, epaten… que llamen la atención sobre quien las difunde. Palabras que construyen argumentos racionales, revestidos de verosimilitud, aunque muchos de estos argumentos sean capciosos, interesados, manipuladores y malévolos. En suma, palabras etiquetadas de opiniones —legítimas en cuanto responden al derecho que toda persona tiene a expresarse libre y públicamente— pero que en demasiadas ocasiones no son más que sofismas, unas veces simplistas e inanes y otras retorcidos y diabólicos.

Hago esta consideración preliminar a cuento de la noticia (hecho notable y de singular relevancia para la opinión pública) conocida este lunes 11 de febrero, del anuncio hecho por el Papa Benedicto XVI de su decisión de dejar la silla pontificia de San Pedro el próximo 28 del mes corriente. No cabe duda que tan extraordinario anuncio representa un hito en la historia contemporánea, tanto de la humanidad en general como de la cristiandad en particular. Como quiera que los precedentes son muy escasos y lejanos en el tiempo, resulta lógico que la opinión pública mundial se sobresalte ante tan excepcional suceso. No olvidemos que el Papa es la cabeza visible de la Iglesia católica, una comunidad de creyentes de más de mil millones de personas (una de cada siete habitantes de la Tierra).

Es importantísimo que antes de aventurarnos en opiniones y debates, tengamos presente varios puntos: Primero, que toda la obra de la creación está en pleno proceso de evolución, incluida la especie humana. Por tanto, lo que hasta ayer era de una manera hoy puede ser de otra. Segundo, que los cambios presentes en nuestra sociedad se suceden a tal velocidad que se hacen necesarias respuestas rápidas y adecuadas para impedir los desajustes sociales. Y tercero, que el respeto que debemos a la dignidad humana y a su libertad deberían aconsejarnos máxima prudencia a la hora de valorar las decisiones ajenas, máxime cuando éstas son adoptadas por personas de la talla ética y moral del Papa Benedicto.

Cualquiera que tenga un corazón noble, un espíritu humilde y una mente generosa debería estar en condiciones de mirar con simpatía e, incluso, afecto la figura y personalidad de Benedicto XVI. No digamos si además participa de sus creencias religiosas y de su pertenencia a la Iglesia. Bien, pues dicho esto, creo que aun sin conocer en sus detalles más íntimos las razones que han llevado al Santo Padre a adoptar tan grave decisión, sí creo en la bondad de su decisión. Estoy firmemente convencido, a la luz del conocimiento que tengo de nuestro actual Papa, que solo el amor a Dios y el amor a la Iglesia han determinado su decisión. Hay que amar mucho a la Iglesia, cuando sientes que tu deterioro personal te limita excesivamente, para en un ejercicio de humildad tomar la decisión de renunciar y dejar que sea otro, con fuerza y vigor suficiente, el que tome con firmeza el timón de la barca de Pedro. ¡Cuánta dignidad!

Allá aquellos, incluido algún que otro obispo, que tratan de hacer comparaciones o generar agravios. Contraponer la figura de Juan Pablo II, aduciendo que él “no se bajó de la cruz”, me parece un juicio cuando menos temerario. ¿Quién se puede arrogar el papel de juez de las conciencias de los hombres? Yo, no, desde luego.

Sinceramente creo que Benedicto XVI nos ha dado a todos los cristianos y a todos los hombres y mujeres de bien ejemplo sobrado de valentía, coherencia, rectitud, entrega a la Iglesia, de esfuerzo por la unidad de los creyentes en Cristo, por el diálogo entre confesiones distintas, de amor a los jóvenes del mundo…  Y qué decir de su palabra, tan sabia y tan medida; introduciendo luz y despejando tinieblas, acercando a un gran número de lectores sus precisas y esclarecedoras reflexiones sobre el mensaje de Cristo, sobre la fe, el Credo, sobre escatología, teología y la Iglesia de nuestro tiempo. En fin, el ministerio petrino de Benedicto XVI será, contra lo que opinaron los más remisos, mucho más que un papado de transición. Benedicto ha hecho del “no callarse” uno de sus lemas. Ha afrontado con valentía los problemas internos de la Iglesia, ha renovado buena parte de su cúpula y ha sentado las bases de la nueva evangelización.

Pronto veremos a Benedicto XVI convertido de nuevo en el obispo Joseph Aloisius Ratzinger. Algo insólito. Sin embargo, desde la discreción de su retiro continuará alentando a millones de seres humanos. Su fuerza moral y espiritual servirá de faro a la Iglesia peregrina. No olvidemos que la Iglesia tiene como cabeza al mismísimo Jesucristo, como cuerpo místico a la comunidad de creyentes y como alma al Espíritu Santo. ¡Qué más da quien sea el sucesor de Benedicto XVI! El Espíritu Santo hará su trabajo.


Publicado por torresgalera @ 16:42  | Religi?n
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