Lunes, 25 de marzo de 2013

No albergo ninguna duda de que a pesar de la actual crisis, la economía mejorará más pronto que tarde. La maraña de circunstancias adversas que enredan y dificultan la actividad económica se irá despejando poco a poco y se crearán puestos de trabajo, incluso algunos millones, aunque no sepamos a ciencia cierta en cuánto tiempo. Sin embargo, todo hace presagiar que lo que no mejorará será el estigma pernicioso del sistema económico actual. La amenaza de la crisis continuará gravitando sobre las vidas de millones de seres humanos en todo el mundo, tanto sobre pequeños agricultores, comerciantes o modestos empresarios, como sobre diligentes profesionales y funcionarios, o sobre legiones de simples y humildes trabajadores; todos ellos frágiles piezas de una maquinaria concebida para engordar y satisfacer la ambición y la codicia de buena parte del género humano. Entre tanto, todos a la espera de la siguiente crisis.

Y es que nada va a cambiar mientras no cuestionemos abierta y decididamente el sistema. Si, este sistema al que llamamos eufemísticamente “sociedad del bienestar” y que no es otra cosa que una tramposa mentira, un falaz espejismo, una diabólica quimera, mediante la cual el ciudadano menesteroso de fortuna se siente tan afortunado como el mayor de los magnates. Sociedad del bienestar que ha engendrado un modelo social cautivado por el sofisma de una felicidad artificiosa y estéril, que todo lo porfía al disfrute de bienes de consumo,  llámense coches, gadgets  electrónicos, ocio, vacaciones o derechos sociales. La mayoría de ciudadanos parece no darse cuenta de su cautividad y de su ceguera existencial. La renuncia a la autocrítica y al compromiso en pos de un suicida entreguismo al Estado providente, hipoteca inexorablemente el futuro a la vez que apareja la pérdida de la propia libertad.

Nuestra sociedad desarrollada se ha dejado embaucar por la economía de libre mercado, y se ha dejado convencer de que la búsqueda honrada del máximo beneficio es moralmente lícita. Ninguna instancia social, ya sea política o académica, muestra el menor interés en hacer pedagogía humanista y de alto contenido ético y moral; sólo las ideologías estatalistas (cuya inanidad ha sido demostrada hasta la saciedad) contraponen argumentos críticos al liberalismo económico. Baste comprobar cómo la sociedad de nuestro tiempo ha confiado su felicidad y la solución de sus angustiosos problemas vitales al desarrollo científico y tecnológico; cómo a pesar de vivir ensimismada en una supuesta superioridad del hombre racional como ser supremo de la creación, y a pesar de su pragmatismo materialista, sus frustraciones y anhelos no encuentran consuelo ni satisfacción. Después de dos siglos de cruento desarrollismo cientificista y tecnológico, de genocidas experiencias totalitarias, de infecundas y corrosivas aventuras ideológicas y filosóficas, nuestra portentosa y fatua civilización ha concluido cristalizando un pensamiento relativista y autodestructivo.

El relativismo es un pensamiento débil, que se sustenta sobre una estructura axiomática contradictoria e incoherente: por un lado exhibe una imagen de humanismo buenista y estéril y, por otro, propugna la avidez materialista por el goce insaciable de los bienes y servicios que nos ofrece la mercadotecnia. Ni rastro de un honesto y sincero deseo de bien común, de búsqueda de una ética de orden superior, de instauración de valores seculares y universales. Para qué. El “yo tengo” prima sobre el “yo soy”.

A cuento de esta reflexión me viene a la memoria una historia que leí hace tiempo. Se trata de un hecho verídico que divulgó un misionero argentino. En cierta ocasión, el bisoño presbítero invitó a un grupo de niños zulúes a una carrera, de modo que el primero que alcanzara la meta ganaba una cesta repleta de fruta. Ante la propuesta, los niños se miraron unos a otros y, poniéndose en línea agarrados unos a otros de sus manos, corrieron juntos hasta la meta. Todos llegaron a la vez, por lo que el premio se lo repartieron. El misionero quedó estupefacto. Preguntados los niños por qué habían corrido juntos, todos gritaron y repitieron varias veces la palabra “ubuntu”.

He aquí la moraleja: Parece ser que en lengua xhosa —idioma que hablan, entre otras, las etnias zulúes y bantúes de Sudáfrica— ubuntu significa, “yo soy porque nosotros somos”. Así de simple y de conciso: “yo soy porque vosotros sois”. Es decir, en la educación de estos niños sus mayores ya habían impreso unos principios éticos ancestrales y de gran calado ético: Una persona se hace humana a través de las otras personas. Humanidad hacia los demás. Una persona con ubuntu es aquella que se alegra cuando alguien es buena en algo, cuando tiene destreza porque los demás piensan que todos se benefician con esto, porque todos son más. Muchas etnias africanas piensan que la persona decrece cuando otras personas son humilladas o menospreciadas, cuando otros son torturados u oprimidos.

Ahora que me vengan a hablar de “estado de bienestar”. He aquí un ejemplo de otras posibles maneras de entender la existencia humana. Quizás no sea tan estimulante para la mentalidad mercantilista imperante. No obstante, basta con echar un vistazo a los Evangelios para comprobar cómo desde hace dos mil años se nos lleva enseñando la Nueva Noticia. Aquella verdad revelada en la que Jesucristo nos dice: «Yo soy el camino y la verdad y la vida» (Juan 14: 6). Una verdad en la que queda de manifiesto que no se puede servir a Dios y al dinero al mismo tiempo, porque a la fuerza uno prevalecerá sobre el otro. La Carta del apóstol Santiago habla “Contra los ricos opresores”: «Atención, ahora, los ricos: llorad a gritos por las desgracias que se os vienen encima. Vuestra riqueza está podrida y vuestros trajes se han apolillado. Vuestro oro y vuestra plata están oxidados y su herrumbre se convertirá en testimonio contra vosotros y devorará vuestras carnes como fuego. ¡Habéis acumulado riquezas… en los últimos días! Mirad, el jornal de los obreros que segaron vuestros campos, el que vosotros habéis retenido, está gritando, y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor del universo. Habéis vivido con lujo sobre la tierra y os habéis dado a la gran vida, habéis cebado vuestros corazones para el día de la matanza. Habéis condenado, habéis asesinado al inocente, el cual no os ofrece resistencia» (Santiago 5, 1-6).

Como señalan diferentes pasajes de las Sagradas Escrituras (véase Deuteronomio 24, 14; Eclesiástico 34, 18-26), la razón última de la injusticia en la riqueza acumulada es la explotación de los trabajadores y de los pobres. Progreso no significa necesariamente lucha desenfrenada por obtener ventajas y beneficios a cualquier precio. El progreso, ya sea económico, científico, tecnológico o social, tiene que estar al servicio de la persona, tanto de manera individual como de manera colectiva. Ninguno de los dos ámbitos puede tener preponderancia sobre el otro, pues corre el riesgo de, bien anular al individuo o bien generar oligarquías dominantes, como ocurre en la actualidad y como viene ocurriendo desde hace miles de años. 


Publicado por torresgalera @ 10:45  | Pensamientos
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