Mi?rcoles, 22 de mayo de 2013

Cuando hablamos de Europa hablamos de una sociedad en crisis. ¿Pero de qué crisis hablamos? ¿Nos referimos única y exclusivamente a la crisis económica? Que yo sepa, no padecemos una estremecedora escasez de materias primas, ni un terrible desabastecimiento de alimentos, ni siquiera sufrimos un escandaloso encarecimiento de los precios de la energía. Por tanto, deberemos colegir que la crisis económica que padecemos tiene una naturaleza distinta de la intrínsecamente correspondiente a la ciencia económica. Hemos de afirmar y sostener que la actual crisis económica tiene su origen en perversas prácticas utilizadas por los agentes económicos y financieros que controlan la economía en nuestros países. Es decir, la naturaleza de nuestra crisis es de orden moral: las actividades financiera y monetaria han sido meros instrumentos manipulados para satisfacer la codicia de una casta de inversores, profesionales y políticos carentes de verdaderos valores éticos.

Al hablar de agentes económicos me estoy refiriendo a aquellos individuos que desde las instituciones, públicas y privadas, han alentado y promovido prácticas especulativas y ventajistas en cualquier actividad susceptible de proporcionarles pingües beneficios. Sin duda, esta inmoralidad alcanza tanto a legisladores y reguladores como a los titulares del poder económico, llámense banqueros, inversores, financieros, empresarios o magnates; es obvia la responsabilidad de los primeros ante la permeabilidad de muchas de las leyes y normas que dictan, así como de la somera e ineficiente labor de control y supervisión que ejercen sobre tan criminales prácticas especulativas y oligopólicas. ¿Cuántos responsables de entidades bancarias han ido a la cárcel por llevar a la quiebra a bancos o cajas de ahorro? ¿Cuántos responsables financieros han ido a la cárcel por engañar a los ahorradores con productos tramposos, llámense “preferentes”, “filatelia” o “tiempo compartido” (“time sharing”)? Y cuando algún magnate ha sido condenado por los tribunales de justicia, su condena le ha eximido ir a prisión o bien ha terminado siendo indultado. Sólo en aquellos casos cuyas causas judiciales tienen un trasfondo de hostilidad hacia el poder político, los acusados terminan entre rejas. Es cosa sabida que los arribistas del dinero que van por libre acaban granjeándose el recelo y la desconfianza de la aristocracia económica y financiera, consiguiendo de paso la animadversión del poder político, siempre subordinado a los poderosos.

Por tanto, cuando hablamos de crisis económica deberíamos tomar conciencia de que ésta es la consecuencia de un proceso de corrupción moral de proporciones gigantescas. Proceso que a su vez tiene su origen en la renuncia de los europeos, desde hace ya más de un siglo, a sus señas de identidad. Prueba de ello es como algunos dirigentes políticos se atreven a señalar las raíces de esta crisis. Hace tan solo unos días, el primer ministro húngaro Viktor Orbán, en las VII Jornadas “Católicos y Vida Pública”, celebradas en el País Vasco, afirmaba con inusitada clarividencia que esta crisis “no ha llegado por casualidad, sino por la dejadez, el abandono de sus responsabilidades de los dirigentes, que han puesto en tela de juicio las raíces cristianas de Europa, es decir, su fuerza motriz”.

Y lo peor es que esta auto-amputación identitaria, esta auto-inmolación del ser espiritual y cultural europeo, se ha venido justificando en aras de la razón, el progreso y el bienestar social. Arropados de un supuesto espíritu altruista y redentor, y amparados en la razón cientificista, el hombre se ha situado como centro de la creación y ha decidido que Dios y el cristianismo son prejuicios atávicos que, como mucho, deberían quedar circunscritos al ámbito privado de las creencias personales. El neoliberalismo político y economicista, tras el colapso del modelo colectivista, ha terminado imponiéndose de manera omnímoda. Su hegemonía alcanza a todas las naciones de Europa y, además, lo hace en todos los órdenes de la actividad social; los ciudadanos, convertidos en meros consumidores, viven genuflexos ante las supuestas bondades de la ciencia, la tecnología y el ocio. Satisfacer dichas necesidades materiales acapara la mayor parte de sus recursos en imaginación, esfuerzo y voluntad. Afortunadamente, todavía persiste encendida en una parte de la sociedad la llama del espíritu de Dios. Llama viva que, aunque tan sólo ilumine a una supuesta minoría, es referencia obligada e imprescindible para contraponer al laicismo relativista dominante.

Europa sesenta y tres años después

El pasado 9 de mayo se cumplió el 63º aniversario de la Declaración Schuman, mediante la que se creaba la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, embrión de lo que hoy conocemos como Unión Europea. En dicha Declaración, el ministro francés de Exteriores Robert Shuman dijo algunas cosas memorables, como que “La paz mundial no puede salvaguardarse sin unos esfuerzos creadores equiparables a los peligros que la amenazan”, o que “Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho”. No hemos de olvidar, que aquella “puesta en común de las producciones de carbón y de acero” pretendía crear las bases de un desarrollo económico, primera etapa de la federación europea, que cambiará el destino de unas regiones “que durante tanto tiempo se han dedicado a la fabricación de armas, de las que ellas mismas han sido las primeras víctimas”. La CECA fue una forma de respuesta a un fracaso histórico.

Así había ocurrido. Europa no se construyó sino que alentó la división y los nacionalismos, y por ello pagó el alto precio de dos guerras terroríficas. Luego, para enmendar algunos errores, apostó por el mercantilismo comunitario, aunque algunos fueron más ambiciosos. Más tarde, en el fragor de la “guerra fría” vino la eclosión existencialista, que daría en Occidente paso al abandono definitivo del cristianismo en aras de una liberalización del individuo mediante el hedonismo y el consumismo, todo ello propiciado por una Europa abducida por la idea del llamado “Estado del Bienestar”. La contradicción de todo este proceso radica en el hecho de que los movimientos radicales y rupturistas, tanto con la tradición de la esencia europea como con el modelo económico liberal, estuvo alentado por la izquierda intelectual, especialmente la de corte marxista. Parecía como si casi nadie reconociera ya la verdad de Dios y la verdad del hombre, creado a su imagen y semejanza.

Para comprobar hasta qué punto ha sido inexorable el proceso de deconstrucción del legado cultural e histórico de Europa, merece la pena recordar lo que el canciller alemán Konrad Adenauer le escribió a Robert Schuman, ante el rechazo del parlamento francés del proyecto de un tratado europeo de defensa, iniciado en septiembre de 1950, negociado y firmado en mayo de 1952 y, finalmente, rechazado en 1954. Escribe Adenauer: “Si el obstáculo no se supera, nuestro objetivo de los últimos años, volver a construir un mundo europeo fundado en la paz y la libertad, se verá totalmente cuestionado. Nuestra finalidad –una Europa que descansa en los fundamentos cristianos y que podría dar al resto del mundo la imagen de su tradición y de su espiritualidad cristiana– habrá fracasado”.

Como se puede comprobar los peores augurios se han cumplido. El ciudadano europeo ha sucumbido a tan severo diagnóstico. Se ha convertido en un sujeto inerme, que vive al pairo de las corrientes de opinión pública que suministran los medios de comunicación, en su mayoría instrumentos del poder económico y político. Y lo peor no es el proceso de alienación al que está sometido el ciudadano, mediante la imposición de hábitos de consumo o necesidades superfluas, lo verdaderamente inquietante y perturbador es que el modelo de vida que tratan de imponernos nos hace cautivos de voluntades ajenas y nos cercena el libre albedrío por el resto de nuestros días.

Medios de comunicación y servidumbre

Con su luminoso magisterio, el Papa Benedicto XVI subrayaba, en la encíclica Caritas in veritates, publicada el 29 de junio de 2009, el papel que están desarrollando los mass media en la sociedad actual: “El mero hecho de que los medios de comunicación social multipliquen las posibilidades de interconexión y de circulación de ideas, no favorece la libertad ni globaliza el desarrollo y la democracia para todos. Para alcanzar estos objetivos se necesita que los medios de comunicación estén centrados en la promoción de la dignidad de las personas y de los pueblos, que estén expresamente animados por la caridad y se pongan al servicio de la verdad, del bien y de la fraternidad natural y sobrenatural”. A tal efecto, he de reseñar cómo el principio deontológico, que hasta hace tres décadas se enseñaba en las escuelas y facultades de periodismo, de búsqueda de la verdad objetiva, ha sido definitivamente abandonado para ser sustituido por el de “información honesta”, eufemismo que esconde y justifica toda clase de trapacerías, sectarismos y falta de formación en unos profesionales al servicio de empresas alineadas descaradamente con intereses partidistas y económicos.

La verdad es la gran sacrificada en este holocausto de la libertad y la dignidad del hombre. Privándole de la verdad el ser humano queda despojado de su dignidad, huérfana de todo el sentido de trascendencia al que durante siglos se sintió impelido, individual y colectivamente. De aquí el desconcierto y la desesperación de tantos millones de personas angustiadas por las consecuencias de la crisis financiera, de la que deriva el resto de la crisis económica, incluido el problema del desempleo. Como la verdad ha sido silenciada y oscurecida, la necesidad de encontrar responsables de tanto dolor y tanto perjuicio conduce, de forma inexorable, al enfrentamiento social y político. Y como quiera que las necesidades materiales ponen en evidencia otros aspectos más prosaicos de nuestra sociedad (el modelo de familia, el educativo, los valores religiosos, etc.), convendremos que la crisis de nuestros días es una crisis de identidad del ser humano. En definitiva, el hombre de nuestro tiempo sufre graves deficiencias estructurales en todo aquello que tiene que ver con el ethos, con el ser más persona, más plena como individuo social y espiritual.

A quienes viven preocupados por los problemas de nuestro tiempo, es probable que se les hará muy difícil encontrar la clave a la solución de tanto desafuero y quebradero de cabeza. Pero hemos de tener en cuenta que para abordar el estudio y la solución de cualquier problema, es imprescindible tener un patrón de valores contrastados que hayan demostrado su eficacia. Me estoy refiriendo a un patrón de valores morales y éticos, de creencias sólidas y firmes sobre las que evaluar nuestra existencia material y espiritual; ambos aspectos han de ser atendidos de igual manera puesto que está imbricado el uno en el otro de forma indisoluble.

Aquí reside el meollo de la cuestión de la existencia humana. Cuando de las necesidades materiales hacemos el centro de nuestra existencia nos convertimos en nuestros peores enemigos. La ley del más fuerte impone su código. La tentación autoritaria y socializante aparece irremisiblemente por su proclividad en despertar grandes simpatías y adhesiones en gentes humildes y menesterosas. Estos modelos de organización política potencian la falsa ilusión de una mayor justicia social. Por el contrario, los individuos más seguros de sí mismo, bien por razones de alcurnia o por autoestima, se decantan por modelos más individualistas y liberales, donde es más fácil probar fortuna mediante los propios talentos. Entretanto, ¿qué ocurre con la dimensión espiritual del ser humano en el mundo materialista y cientificista? Pues sencillamente que es arrinconado en favor de la razón, es decir, del materialismo dialéctico (marxismo, nihilismo, existencialismo, relativismo, hedonismo) y del empirismo científico, tecnológico, industrial, financiero y todas aquellas actividades humanas que produzcan satisfacción física y emocional.

Es por esto que el materialismo hedonista y autocomplaciente, una vez instalado de forma hegemónica en la sociedad, como así ocurre en los tiempos que corren, ejerce una presión sofocante y sin concesiones contra la vida espiritual, empujándola al interior del ámbito doméstico y familiar, y totalmente apartada del escenario público. Ante este panorama, ¿qué valores pueden defendernos de tales agresiones y amenazas, dejándonos cada día más inermes e indefensos como individuos? ¿Acaso no resulta evidente que los poderes públicos —al menos en España— cada día son más arbitrarios y negligentes en la defensa de los derechos individuales y colectivos de los ciudadanos? ¿Cómo es posible que estos derechos se vean afectados por los recortes presupuestarios? ¿Es que un derecho humano se puede ponderar en términos economicistas? Si esto es así, la cosa es más grave de lo imaginado. ¿Dónde quedan, pues, esas grandilocuentes llamadas a la solidaridad, a la fraternidad y a la igualdad entre los hombres?

Recuperar la verdad

El panorama no puede ser más sombrío. Nuestra sociedad ha renunciado a la fraternidad porque ha renunciado a la verdad. Y no puede haber auténtica fraternidad (sentimiento amoroso entre los hombres) si no ponemos nuestro empeño en alcanzar la verdad y vivir en la verdad (el sentido trascendente de nuestra existencia o, en otras palabras, alcanzar el amor de Dios). Como escribió Benedicto XVI en su encíclica Caritas in veritate, “La verdad es luz que da sentido y valor a la caridad”. Aquí el término “caridad” recupera su pleno sentido etimológico: amor, ternura, afecto; virtud que tiene por objeto el amor de Dios y del prójimo. En definitiva, la esencia del amor consiste en darlo todo para enriquecer a los otros.

En el actual contexto social y cultural impera la tendencia a relativizar lo verdadero. Por eso, añade Benedicto XVI, vivir la caridad en la verdad es la única respuesta posible, ya que “la adhesión a los valores del cristianismo no es sólo un elemento útil, sino indispensable para la construcción de una buena sociedad y un verdadero desarrollo humano integral”. Desear el bien común y trabajar por él debería ser la principal exigencia de la justicia social. A este fin debería estar subordinado el conjunto de instituciones que estructuran jurídica, civil, política y culturalmente la vida social. Se ama al prójimo tanto más eficazmente cuanto más se trabaja por un bien común que responda también a sus necesidades reales. De ahí que todo progreso humano requiere de la plena conciencia de la existencia del prójimo.

Como exponía el Papa Pablo VI en su encíclica Populorum progressio, hubo un tiempo en que el término “desarrollo” significaba ante todo el objetivo de que los pueblos salieran del hambre, la miseria, las enfermedades endémicas y el analfabetismo. Desde el punto de vista económico, eso significaba su participación activa y en condiciones de igualdad en el proceso económico internacional; desde el punto de vista social, su evolución hacia sociedades solidarias y con buen nivel de formación; y desde el punto de vista político, la consolidación de regímenes democráticos capaces de asegurar libertad y paz.

¿Podemos afirmar hoy que este concepto del término “desarrollo” sigue vigente? Algunos, quizá, se aventuren en afirmar que sí, pero yo me atrevo a decir que dicho concepto tiene un valor más bien retórico. Prueba de ello es que buena parte del entramado institucional ha perdido, para la mayoría de ciudadanos, toda credibilidad. Es como si un tsunami de inmoralidad hubiera arrasado los cimientos de nuestra sociedad. Y sólo cuando esta fuerza devastadora nos ha vaciado los bolsillos y ha puesto en peligro nuestra cotidiana manera de vivir, es cuando hemos comenzado a tomar conciencia de que la crisis que padecemos va mucho más allá de una mera crisis económica. Pues ¡enhorabuena!, más vale tarde que nunca. Ya podemos decir con énfasis que nos enfrentamos a una crisis de humanidad, de identidad del ser humano, que afecta al hombre en cuanto persona con una dimensión material y otra espiritual; una crisis que ha puesto en jaque las relaciones sociales e institucionales, y que hasta ahora hemos tratado de remediar exclusivamente mediante respuestas legislativas y mercantilistas.

La sola recuperación de la economía no será suficiente para recuperar la dignidad y plenitud de nuestra existencia. Por el contrario, allí donde se está produciendo recuperación económica ésta lleva aparejada un empobrecimiento de las condiciones de vida, consecuencia de la bajada general de los salarios, de la degradación de las condiciones laborales y del recorte de prestaciones sociales por parte de las administraciones públicas. Pero ¿podemos afirmar que este retroceso de nuestras condiciones de vida afecta por igual a todos los ciudadanos? Rotundamente no. Los ricos cada día son más ricos y poderosos, y someten, sin el menor reparo ni cargo de conciencia, a su voluntad y a sus intereses al resto mayoritario de la sociedad. La caridad está ausente en las relaciones humanas desde hace mucho tiempo. Está ausente porque el hombre de nuestro tiempo ha renunciado a la verdad, al reconocimiento de una verdad trascendente de la cual dependemos y a la cual nos debemos. El hombre moderno y progresista se conforma con un famélico y raquítico sucedáneo al que denomina “solidaridad”, manoseado término que ha vaciado de contenido por el abusivo uso que de él ha hecho la demagogia populista.

Para terminar, diré que vivo en la confianza del ser humano, pero sobre todo en la confianza en Aquel que un día, hecho carne, nos anunció: “Yo soy la luz del mundo”. Vivo en la confianza de que antes que después el hombre tomará conciencia de que la única manera de salir de la crisis que padecemos, y no volver a lo que teníamos, es construyendo un futuro nuevo, un mundo más justo y fraterno, un mundo que nos permita vivir como ciudadanos y ciudadanas del Reino de Dios.


Publicado por torresgalera @ 12:28  | Pol?tica
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