Viernes, 26 de julio de 2013

Qué tristeza me produce la cantidad de opiniones temerarias, insolventes e irresponsables que se prodigan en los medios de comunicación sobre las causas del accidente ferroviario, del pasado 24 de julio, en las cercanías de Santiago de Compostela. Cuánto maniqueísmo. Cuánta mala baba. Cuánta necesidad de encontrar culpables de la tragedia cuando todavía los cadáveres no han sido recibidos por sus familiares, cuando aún quedan cuerpos por identificar. Como si el mundo se fuera a acabar en las próximas horas y los culpables, si los hubiera, se fueran a escapar.

Un poco de respeto. Estamos en la hora del luto, del dolor, del llanto, del consuelo a los familiares, de enterrar a los muertos, de rezar, de no perder la esperanza. Las autoridades judiciales y administrativas no han perdido el tiempo en comenzar las investigaciones correspondientes, encaminadas a determinar las causas de la catástrofe, tanto las de naturaleza técnica como las de naturaleza humana. Un accidente de esta magnitud y complejidad no puede resolverse en unas pocas horas, máxime cuando las autoridades judiciales todavía no han consentido abrir la caja negra de la locomotora.

Es una pena que cualquier contingencia de la actualidad sea utilizada por los depredadores de opinión pública. Parece una carrera por obtener réditos espurios, ya sea para aumentar audiencias, para socavar la credibilidad de personas e instituciones o para pavonearse ante el personal de aguda e ingeniosa ignorancia, cuando no de estupidez supina. Y es que en España hay hiperinflación de analistas de todo tipo de materias. Se trata de “analistas todoterreno”, que sirven para un roto y para un descosido; que lo mismo opinan del conflicto judío-palestino que de las vacas locas, de la prima de riesgo o de la crisis del estornino de Doñana. Son inasequibles al desaliento y al ridículo. Por favor, un poco de cordura y de dignidad. Y un tanto de vergüenza.


Publicado por torresgalera @ 18:35  | Pensamientos
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Jueves, 25 de julio de 2013

Minutos de silencio, de ausencia y de dolor. Festividad de Santiago el Mayor, uno de los primeros apóstoles de Jesucristo. Patrón de España y personaje mítico y emblemático del cristianismo patrio. Hoy, 25 de julio, nuestra nación –y de manera especial el pueblo gallego– llora de dolor por la tragedia ferroviaria ocurrida ayer cerca de Santiago de Compostela.

A primera hora de la tarde me han pasado, por el móvil, una convocatoria para guardar cinco minutos de silencio, a la 20:45 horas de hoy, en recuerdo de las víctimas mortales y los heridos del terrible accidente. En principio no le he dado mayor trascendencia a esta invitación. Pero, más tarde, un amigo me ha hecho reflexionar sobre este asunto, y he llegado a la conclusión de que guardar minutos de silencio como forma de honrar a fallecidos o víctimas del infortunio, es un modo de perder ese tiempo. Y me explico. Hubo un tiempo, no muy lejano, en que a los difuntos y a los héroes se les honraba con una cruz y unas oraciones, con frecuencia también celebrando la Eucaristía. Pero esta antigua tradición se ha ido arrinconando por otra mucho más laica, y que consiste en guardar algún minuto de silencio en recuerdo de alguien que tiene nuestro reconocimiento social, sea por el motivo que sea. Esta nueva costumbre me retrotrae a aquellas modas que impusieron, en los días de la dictadura racionalista, los revolucionarios jacobinos e, incluso, el propio Napoleón. Por entonces, emulando la época de los faraones y los césares, a las autoridades del Directorio, el Consulado y el Imperio, les dio por erigir obeliscos y conceder coronas de laurel a sus héroes nacionales.

Permítaseme decir, con toda humildad y desde el mayor de los respetos a todos los creyentes y no creyentes, que pienso que los minutos de silencio son homenaje de un tiempo vacío que debería estar lleno de un sentido más profundo: por ejemplo, de oración. Es decir, poniendo en manos del Padre nuestras intenciones y deseos sobre el destino de las almas de aquellos seres a los que honramos. Claro está que los no creyentes pueden hacer lo que quieran, pero los que sí creemos no deberíamos dejarnos llevar, sin más, por las modas que no nos aportan nada y, en cambio, desvirtúan nuestra esencia. Por eso, yo no guardo minutos de silencio, yo rezo… ¿Qué mañana queremos?, ¿uno de obeliscos y minutos de silencio, o uno de cruces y padrenuestros? Perdón, esto es sólo una reflexión personal… ¡Unidos en la oración! No caigamos en el tiempo vacío. Gracias, Agustín, por abrirme los ojos.


Publicado por torresgalera @ 22:37  | Pensamientos
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Jueves, 18 de julio de 2013

En nuestro mundo habitan pequeños seres vivos que crecen dentro de otros de los que se alimentan o a los que inoculan toxinas que producen su degeneración. Cuando un virus ataca a un animal o a un hombre, el virus genera enfermedades y muerte. Pues bien, en los últimos años hemos asistido a la aparición de los virus informáticos. Un específico tipo de código de programación que se incrusta en un sistema generando una anomalía, un funcionamiento incorrecto o incluso acciones (informáticas) en contra de los intereses del propietario del equipo. Pero también sabemos que esos virus tienen enemigos, los antivirales, los antivirus; sin embargo, los virus se defienden mutando de forma que es necesario ir persiguiéndolos mutación tras mutación.

También en la historia de la humanidad se han dado y se dan otros tipos de virus, y también son mutantes. Un ejemplo de ello es el que padecemos hoy los cristianos en forma de una creciente presión de tolerancia negativa. Esta elegante expresión encubre una realidad más dura, ser tolerante supone que no puede haber ninguna manifestación pública de nuestra fe aunque esta sea compartida por una parte muy importante de la sociedad. Esto podría molestar u ofender a aquellos que no comparten nuestras creencias; sería un atentado contra la libertad de pensamiento. Así, la existencia de un crucifijo en una clase de niños puede constituir una ofensa a los padres ateos o increyentes, pero en cambio negar el Derecho Natural en las aulas es muy progresista.

Este virus actual conocido como de tolerancia negativa” es una mutación proveniente de una cepa común llamada “dictadura del relativismo”. Otros virus nacidos de esta cepa son el ecologismo salvaje, la ideología de género, el feminismo ultramontano o la homosexualidad beligerante, por citar algunos casos.

Virus informático

Uno de estos virus muy de actualidad tiene que ver con la relativización del concepto de ser humano”. Lo primero que se ha hecho es elevar el rango de dignidad de los animales. Así, a los perros, gatos, caballos, pandas o gorilas se les han otorgado derechos similares a los humanos. La consecuencia inmediata de esa rama genética del virus es la aceptación del aborto como cosa natural (como lo sería interrumpir voluntariamente el embarazo de una gorila), o aplicar la eutanasia como si de un acto de misericordia se tratara (como se sacrifica a un perro atormentado por la displasia).

Como digo, la cepa original de estas mutaciones es el virus de la dictadura del relativismo, descrita con maestría por el añorado Benedicto XVI. Ésta, a su vez, proviene de la mutación de otro virus al que sucedió una vez que los antivirales encontrados por el beato Juan Pablo II, Ronald Reagan y Margaret Thatcher, así como su propia generación, acabaran con el marxismo. Los marxistas, una vez comprobado que su formato era inaceptable mutaron hacia el relativismo, pero son los mismos, los mismos síntomas, los mismos daños.

Simplificando mucho, el marxismo es la mutación de un virus que sigue sobreviviendo en paralelo a la masonería del siglo XIX, que a su vez es heredera de la pretenciosa Ilustración. Así, mutación tras mutación. Hoy, el gran reto es buscar la verdadera cepa original de la que derivan todas estas mutaciones, mutaciones que buscan enmascararse tras simpáticas y atractivas apariencias para encubrir su diabólica intención. Sí, porque “diabólico” es la palabra clave para entender el problema en su verdadera dimensión. ¿Quién si no ha diseñado el código genético de estos virus? ¿Quién ha creado el código fuente de este malware humano o virus social? La respuesta está en la Biblia, en el libro del Génesis. Si, en el árbol del bien y del mal, en la serpiente símbolo del maligno, del diablo, del demonio; en definitiva, de la soberbia. Si se trazara la línea genética de esos virus, todos contienen una elevada dosis de material básico denominado soberbia, que significa querer ser como dioses, bastarse a sí mismo, suplantar a Dios.

El diablo cambia constantemente de aspecto, de discurso, de estrategia, pero nunca se relaja y siempre acecha. Vive en permanente vigilia.


Publicado por torresgalera @ 7:00  | Pensamientos
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Lunes, 15 de julio de 2013

Nueva entrega de la serie Te puede pasar a ti

El cineasta Juan Manuel Cotelo, autor de La Última Cima, y su productora Infinito+1 acaban de estrenar el tercer capítulo de “Te puede pasar a ti”. Se trata de una sugestiva serie de testimonios de personas que se encontraron con Dios en circunstancias peculiares pero, a la vez, muy cercanas a la experiencia de cualquiera. Si la primera película trataba de un pandillero violento y esotérico (hoy sacerdote), y la segunda de un homosexual travestido dedicado a la prostitución (hoy un católico casto y evangelizador), la tercera recoge la trayectoria de Paul Ponce, un malabarista de primera categoría, que reflexionando sobre el dolor y el mal decidió entregar el control de su vida a Dios.

El “control” es un tema clave para un malabarista: ¡controlar muchas bolas, mazas, sombreros con solo dos manos! Pero Paul Ponce, estrella del malabarismo desde niño, decidió entregar el control de su vida a Dios cuando tenía unos 20 años. Antes, él era “practicante de cinco misas al año”, explica. Estando en las islas Bahamas, entró en una parroquia y se inscribió en la catequesis de Confirmación, que todavía no había cumplido. Allí se fijó en un crucifijo y reflexionó sobre el dolor y la muerte. Lo que tocó su corazón fue entender que Jesucristo murió para salvarle a él, personalmente, por amor a él. A partir de ahí, Ponce entregó su vida a Dios al aceptar lo que Él le pidiese. ¿Ser sacerdote, quizá? ¿O casarse? De hecho, Ponce estuvo diez años rezando por una esposa idónea. Al fin ella llegó y aportó muchísimo a la historia.

La película trata con detenimiento el tema del noviazgo cristiano. En su caso se trata de un artista itinerante, que va de hotel en hotel y quiere llevarse de gira a su novia. Juan Manuel Cotelo describe así este testimonio: “Paul Ponce y su esposa hablan sobre sexualidad sin problemas ni temores, con palabras muy sencillas. Hablan con claridad de cómo es un noviazgo casto, sin negar la inclinación natural a querer acostarse con la persona de la que te has enamorado. Explican que el noviazgo es el tiempo de conocer a la persona. Ponce va de gira a Australia con su novia, pide dos habitaciones separadas, lo exige por escrito en su contrato. Su agente se reía y pensaba que era una broma. Pero Ponce respondió: ‘mira, es muy sencillo, o nos das dos dormitorios separados o no vamos’. También sus amistades se reían cuando lo contaba, pensando que era una broma”.

Paul Ponce

Aquella escena es hoy un testimonio que puede tocar, emocionar o hacer pensar a muchas personas. Como director de cine, Cotelo tiene que elegir las imágenes con las que ilustrar las palabras de sus protagonistas. Es obvio que Ponce es un generador de imágenes increíbles y asombrosas. No obstante, el cineasta piensa que, a menudo, la imagen que subraya los aspectos más profundos de la narración solo requieren el gesto de un rostro, sin más, sin música, sin dramatizaciones: el rostro humano que dice la verdad desnuda. “En ese rostro habla Dios”, afirma Juan Manuel Cotelo. Porque al final, el gran tema es la felicidad: como artista del espectáculo, Paul Ponce hace reír y asombrarse a las multitudes. Pero durante todo un año se dedicó a anunciar el Evangelio a tiempo completo como misionero laico. “Me di cuenta de que ese año había sido el más feliz de toda mi vida, pues aprendí dónde se encontraba la felicidad: en buscar a Dios y el bien de los demás”, declara Ponce.

Hoy Paul Ponce dedica parte de su tiempo a visitar asilos de ancianos o centros infantiles, y a maravillar a grandes y pequeños con sus habilidades asombrosas. Después, les habla de Dios, de la Virgen, y de cómo el Señor reparte dones y capacidades para ofrecerlas a los demás. Si le preguntan si ve a sus hijos como malabaristas en el futuro, responde: “Yo lo que quiero es que mis hijos sean felices, y el camino que conozco para ser feliz es cumplir la voluntad de Dios”.

En la serie “Te puede pasar a ti”, Cotelo se sube a su autocaravana y se va a buscar a “la gente de la calle”, para comentar el testimonio y filmar sus reacciones. En la primera entrega lo compartió con jóvenes; en la segunda, con personas que tienen sentimientos homosexuales; en esta ocasión, acudió a gente del mundo del circo. “Descubrimos -explica Cotelo- que en el mundo circense los que tienen fe, y los que no la tienen, es por las mismas razones que en cualquier otro ambiente. Le dije a la trapecista: ‘claro, tú haces esos saltos sin red, y rezas; yo también rezaría con esos saltos’. Pero lo cierto es que todos, en nuestra vida, hacemos malabarismos sin red y trabajamos con leones”.

Otro descubrimiento -concluye el director de la serie- es el de que “igual que en La Última Cima o en el vídeo que hicimos sobre la fe de los jóvenes en las calles de España, tener fe no es raro, ni en el circo ni en la calle. En el circo se reza mucho antes de cada función, y en el que estuvimos tenían mucho cariño a su sacerdote”.


Publicado por torresgalera @ 14:52  | Religi?n
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