Jueves, 29 de agosto de 2013

La vida no deja de sorprendernos por mucho que nos creamos de vuelta de casi todo. A veces las sorpresas proceden de las cosas más nimias y sencillas. Esto mismo me ha ocurrido hace unos pocos días paseando por las calles de Santiago de Compostela. Una joven, bonita y simpática periodista, con micrófono en mano y acompañada de otra joven reportera gráfica, me solicitó una opinión –para la televisión gallega– sobre el llamado “síndrome postvacacional”. Me quedé sorprendido ante semejante demanda. Y después de una breve aclaración sobre el requerimiento, respondí como Dios me dio a entender. Finalmente, mi mujer y yo nos despedimos de tan amables reporteras y seguimos nuestro camino.

Mientras nos alejábamos, mi compañera y yo comentamos sobre el motivo del reportaje. En principio, nada que alegar ni nada de extraordinario. Pero, claro, pensándolo bien, más tarde volvió a mi mente aquello del “síndrome postvacacional” que, parece ser, preocupa tanto hoy día en nuestra sociedad; ¡hasta la televisión le dedica su tiempo!

En la línea de lo que respondí a la periodista, creo que esto del “síndrome postvacacional” no es sino un desvarío emocional más de los muchos que padece el hombre de nuestro tiempo. Es una tara propia de la sociedad opulenta, que a base de tener de todo no está satisfecha con nada. Hablo, claro está, en términos generales. ¿Cómo es posible que en una sociedad que sufre los rigores del desempleo y la carestía de los precios, los ciudadanos que sí pueden permitirse unas vacaciones, mejores o peores, regresen a los trabajos estresados y agobiados? Algo deberemos estar haciendo muy mal.

Se me ocurre que una sociedad que está permanentemente mirándose el ombligo, que rezuma narcisismo, que está instalada en el hedonismo, que confía ciegamente en el sofisma del Estado de bienestar y que ha renunciado a cualquier idea y sentimiento de trascendencia, está abocada, irremisiblemente, a la frustración. De ahí que estén confundidos y alterados muchos conceptos y muchos valores. No tenemos más que pensar que, a lo largo de la Historia, el trabajo ha representado para el hombre no solo un medio de vida sino, en gran medida, un medio de realización personal. Desde los oficios más sencillos y humildes el hombre ha sabido revestirse de dignidad y reconocimiento social. Los días de descanso eran justamente para eso, para descansar y solazarse en la vida familiar, para disfrutar de la amistad y, algo esencial, para dar gracias al Todopoderoso y asistir a las celebraciones religiosas los domingos y fiestas de precepto.

Hoy, para una mayoría de personas todo esto suena a cuento. No han conocido ni apreciado otra cosa que los derechos sociales, las vacaciones pagadas y el todo gratis. Nada de proveer para el futuro, ni del duro sacrificio y la sonrisa en la cara. Nada de dar gracias por los dones recibidos ni por las ocasiones que la vida nos ofrece. Por eso, no me extraña que a la vuelta del veraneo sea cuando mayor es el número de solicitudes de divorcio: amar y convivir parece ser un binomio de alto riesgo; llegar a los veinte años de matrimonio con hijos es poco menos que una proeza. Y regresar al trabajo, una maldición insufrible… No me extraña que el “síndrome postvacacional” se haya extendido como una epidemia. No hay más que ver lo que cuentan los medios de comunicación. ¿Pero quién cuenta la verdad?


Publicado por torresgalera @ 18:05  | Pensamientos
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