Domingo, 20 de octubre de 2013

DistributismoEn un tiempo en que las ideologías tradicionales, propias del siglo XIX y aun del XX, hacen aguas por los cuatro costados, releyendo la biografía y algunas de las obras del insigne Gilbert K. Chesterton se refresca en mi mente aquel sueño que un día abrigara el entusiasta escritor británico. Se trata del “Distributismo”, una teoría económico-social que, junto a su amigo Hilaire Belloc, su hermano Cecil y el sacerdote católico Vincent McNabb, diera en exponer y difundir por Europa y Estados Unidos.

Y es que aunque el joven Gilbert Keith tuvo un temprano idilio con el socialismo, no tardaría en darse cuenta de que en realidad se trataba de una ideología reaccionaria. Este desencanto le llevó a pergeñar su propia teoría, que buscaba ser alternativa al socialismo y al capitalismo, y que por fin quedó lista en el devenir del año 1926. Fue entonces cuando Chesterton y el escritor franco-británico Belloc presentaron su teoría “Distributista” o del “Distribucionismo”. La forma de este proyecto era una sociedad o, mejor dicho, una liga, a la cual llamaron “Liga Distribucionista”.

En esencia, el distributismo –vocablo feo y de sonoridad estridente donde los haya– es una teoría económica y social cuya principal originalidad radica en su defensa de la distribución de los bienes. Esta tercera vía económica encuentra en la Doctrina Social de la Iglesia la principal fuente de inspiración, en especial en la encíclica del Papa León XIII, Rerum Novarum, publicada en 1891.

Sostiene la teoría distributista, también llamada “distribucionista”, que mientras el socialismo no permite a los ciudadanos poseer la propiedad de los bienes de producción (todos están bajo el control del Estado, de la comunidad o de los trabajadores), y mientras que el capitalismo permite sólo a unos pocos la propiedad de dichos bienes, el distributismo, por el contrario, trata de asegurar que la mayoría de las personas se conviertan en propietarios de la propiedad productiva.

Pero las ideas del distributismo no solo se alimentaron de la Doctrina Social de la Iglesia, sino que se nutrió también de algunos esquemas productivos de la Edad Media, como el gremialismo.

En Estados Unidos, corriendo los años 30 del siglo XX, el distributismo fue tratado en numerosos ensayos por Chesterton, Belloc y otros autores en la publicación The American Review, editada por Seward Collins. Aunque la principal vía de promoción de la liga se dio a través del periódico de Chesterton, intitulado G.K.’s Weekly (El semanario de G.K.). En la primera reunión de la liga Gilbert fue nombrado presidente, cargo que mantuvo hasta su muerte. Al poco tiempo, como señala Luis Seco en su biografía del autor: «…se abrieron secciones de la liga en Birmingham, Croydon, Oxford, Worthing, Bath y Londres».

Posteriormente, el distributismo siguió su desarrollo en manos de Dorothy Day y Peter Maurin, a la vez que fue adoptado por el Movimiento del Trabajador Católico inglés y algunas otras comunidades independientes y localizadas. La propia Dorothy lo describió así: «La meta del distributismo es la propiedad familiar de tierra, talleres, tiendas, transportes, comercios, profesiones, y así más. Propiedad familiar es el medio de producción tan ampliamente distribuido como para ser la marca de la vida económica de la comunidad: este es el deseo de la distribución. Es también el deseo del mundo» (El Trabajador Católico, junio de 1948).

Ni que decir tiene que el distributismo es una teoría económica y social que hoy en día duerme el sueño de los justos. Hasta ahora el capitalismo ha ganado la partida a los modelos competidores, y en la medida en que su posición se ha hecho dominante, ejerce su poder de manera omnímoda y totalitaria. A esto hay que sumar el proceso globalizador, que cada día ahoga más a las iniciativas individuales o de pequeña escala. Los procesos productivos dependen cada vez más del sistema financiero, controlado en gran medida por una reducida élite de grupos de poder. Es, por tanto, por todas estas razones que el distributismo ha visto cercenadas sus posibilidades de prosperar.

Pero quizá sea hoy un buen momento para reflexionar, replantear o revisar algunas teorías que siendo razonables, nunca tuvieron la oportunidad de ser verdaderamente tenidas en cuenta. Y precisamente hoy, en un tiempo de crisis y de desesperanza, en el que el capitalismo campa a sus anchas e impone abusivamente sus leyes, en el que desprecia el elevado coste de vidas humanas que se cobra por la obsesiva consecución de beneficios, cuando merece la pena estudiar y reconsiderar otras alternativas de bienestar económico asentadas en principios de mayor calado ético y moral y en la que el ser humano, como individuo y como colectividad, sea el objeto fundamental y esencial del proceso productivo y económico.      

SchumacherUno de los últimos intelectuales más prestigiosos en defender la teoría distributista fue el economista alemán Ernest Friedrich Schumacher (1911-1977). Convertido al catolicismo a los sesenta años de edad, Schumacher publicó, en 1973, Lo pequeño es hermoso (Small is beautiful), uno de los cien libros más influyentes –según el suplemento literario de The Times– publicados desde la Segunda Guerra Mundial. Se trata de un vigoroso alegato contra una sociedad distorsionada por el culto al crecimiento económico. Su tesis defiende la necesidad de una profunda reorientación de los objetivos de nuestra economía y nuestra técnica para ponerlas al servicio –y a la escala– del hombre. Inspirándose en fuentes tan diversas como las encíclicas de los papas, la economía budista y las obras de Mao Zedong, Schumacher presenta su visión del uso adecuado de los recursos humanos y naturales, la problemática del desarrollo y las formas de organización y propiedad empresarial. El dilema de la energía nuclear, la utilidad de la autonomía regional, el agudo problema del desempleo y las perspectivas del socialismo se tratan en sus páginas con un estilo persuasivo y ágil que huye del lenguaje de los especialistas para dirigirse directamente al hombre de la calle.

Después de esta actualización de la teoría económica de Chesterton, se publicaría en 1977, poco después de su muerte, otro trabajo notable titulado Guía para perplejos (A guide for the perplexed), una crítica al materialismo cientificista y una exploración de la naturaleza y la organización del conocimiento.

Desde luego, hoy más que nunca, se hace necesario que los seres humanos de buena voluntad hagan un supremo esfuerzo por encontrar alternativas imaginativas e ingeniosas que devuelvan a la existencia humana la dignidad que nunca debería haber perdido. Yo desconozco cuáles son las soluciones, si es que las hay, a las maneras de organizar nuestra convivencia y a administrar correctamente nuestros recursos. En todo caso, de lo que si estoy seguro es de que la convivencia pacífica y la viabilidad de nuestra sociedad pasa por aumentar generosamente nuestras dosis de fraternidad, en limitar las ambiciones personales y de grupo, y en considerar al planeta Tierra, en su conjunto, como el único tesoro material que puede abastecernos, a nosotros y nuestra descendencia. Los detalles son los que están por decidir. 


Publicado por torresgalera @ 15:47  | Pensamientos
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