Viernes, 25 de octubre de 2013

Halloween contra cristianismo

«No acudáis a nigromantes ni consultéis a adivinos. Quedaréis impuros por su cusa. Yo soy el Señor vuestro Dios» (Levítico 19: 31).

Ya estamos en la antevíspera de “Haloween”, esa fiesta pagana, desconocida entre nuestras costumbres y tradiciones, pero que en las tres últimas décadas se ha “colado” en nuestra sociedad de la mano de la poderosa y omnímoda industria audiovisual norteamericana. ¡Y cómo se ha “colado”!, con una fuerza y entusiasmo prodigioso. No hay comercio ni medio publicitario que se precie que no proclame una oferta precisa en relación a esta efeméride. ¿Y qué decir de los colegios de toda España? La mayoría tienen programados actos festivos, con disfraces incluidos, para que la alegre muchachada se divierta en una jornada dedicada a los fantasmas, espíritus o muertos vivientes.

Esta paganización de la madrugada de la festividad cristiana de Todos los Santos, no es algo nuevo, aunque sí lo sea entre nuestras costumbres patrias. Se trata de una reminiscencia celta que hunde sus raíces cinco siglos antes de Cristo. Conocida en aquel entonces como “Samhein”, era una fiesta dedicada al sol, que comenzaba la noche del 31 de octubre. Marcaba el fin del verano y de las cosechas; era el preludio del tiempo de oscuridad e inactividad de la naturaleza.

Aquellas gentes primitivas creían que en dicha noche el dios de la muerte permitía a los difuntos volver a la tierra. La separación entre vivos y muertos se disolvía por unas horas y se hacía posible la comunicación entre unos y otros. Pensaban los celtas que las almas de algunos difuntos estaban atrapadas dentro de animales feroces y podían ser liberadas mediante sacrificios a los dioses, incluso sacrificios humanos. En realidad “Samhein” no es otro que el mismísimo demonio, que en todas las épocas busca implantar la cultura de la muerte. Por eso los humanos se disfrazaban para tratar de pasar desapercibidos de las miradas amenazantes de aquellas terroríficas criaturas.

Pasado algún tiempo, en el siglo I de nuestra, los romanos terminarían conquistando los territorios celtas e incorporándolos al Imperio, a la vez que adoptaron las costumbres espiritistas de la noche de “Samhein”. Más adelante, ya cristianizado el Imperio, el papa Bonifacio IV instituye en el siglo VII, en esta fecha, la conmemoración de Todos los Santos, una fiesta anual para honrar a los mártires. Y cuatro siglos después la Iglesia establece el 2 de noviembre como fecha para celebrar el Día de los Difuntos.

Como la Historia nos ha enseñado, ocurre que muchas veces que los usos y costumbres no desaparecen porque un pueblo se asimilado por otro, sino que éstas se adaptan a los nuevos usos impuestos. Esto fue lo que pasó con los ritos a “Samhein”, que con ciertas modificaciones se adaptaron a los nuevos tiempos, incluso a la cristianización. De ahí que con el discurrir del tiempo, la inmigración irlandesa llevara a Estados Unidos las reminiscencias de esta ancestral tradición aún sobreviviente, y que pronto sería asimilada en el nuevo continente. Desde aquí, con la introducción de algunas novedades, “Halloween” se ha expandido a todo el mundo.

Antes que nada decir que “Halloween” significa (en inglés antiguo, all hallows eve)  “Víspera de Todos los Santos”, pues se refiere a la noche del 31 de octubre, víspera de la festividad. Y ha sido la fantasía anglosajona la que ha hurtado su sentido religioso para celebrar en su lugar la noche del terror, de las brujas y los fantasmas. “Halloween” marca un triste retorno al antiguo paganismo, tendencia que se ha propagado también entre los pueblos hispanos.

Noche de HalloweenDicho esto, conviene recordar como la sociedad moderna, jactándose de ser pragmática, racional y científica, ha rechazado a Dios por considerarlo un mito ya superado. Al mismo tiempo, para llenar el vacío del alma, el hombre de hoy retrocede cada vez más al absurdo de la superstición y del paganismo. Ha cambiado a Dios por el mismo demonio, en el que en realidad tampoco cree. No es de extrañar entonces que vivamos instalados en una cultura de la estupidez y la estulticia, donde por una parte se abole la pena de muerte y, por otra, se defiende que millones de niños sean abortados cada año y otros muchos mueren de hambre y abandono.

Y digo que vivimos en una sociedad donde impera la estulticia porque son muchos los que se deleitan viendo como nuestros niños, y no tan niños, se disfrazan, yendo de casa en casa exigiendo “truco o regalo” (piden una golosina a cambio de no hacer alguna maldad al residente visitado), y otros muchos adultos se deleitan con macabras fiestas de terror, suspirando con muertos vivientes y toda clase de criaturas fantasmagóricas y diabólicas, así como convocando espíritus y fuerzas del más allá. Con esto no pretendo decir que una fiesta de disfraces sea algo intrínsecamente malo. Pero sí que hay que tener cuidado, pues detrás de un disfraz se puede ocultar la impunidad, como ya se han dado numerosos casos.

En cuanto a la calabaza, este símbolo actual de “Haloween” procede de una antigua leyenda irlandesa. Esta cuenta que un hombre llamado Jack, que fue tan malo que cuando murió no le admitieron ni en el cielo ni en el infierno, tuvo que permanecer en la tierra vagando por los caminos, con una linterna a cuestas. Esta linterna primitiva se hacía vaciando un nabo al que se ponía dentro un carbón encendido. A “Jack de la Linterna” o, abreviado, Jack-o-‘Lantern, la gente supersticiosa le ahuyentaba colocando una linterna similar en la ventana o frente a la casa. Cuando la tradición se popularizó en Estados Unidos, el nabo de la linterna se sustituyó por una calabaza, y para producir un efecto tenebroso, la luz sale de la calabaza por agujeros en forma del rostro de calavera o de bruja.

En resumidas cuentas, todo indica que la cultura de la necedad favorece las creencias satánicas y terroríficas que se manifiestan, por ejemplo, en la noche de “Halloween”. No existe el menor pudor en dar pábulo y alentar celebraciones aparentemente inocentes y que, sin embargo, están cuajadas de supercherías y peligrosos equívocos, so pretexto de curiosidad o de pasatiempos inocuos. Lo malo es que no hay pasatiempos inocuos ni sanas curiosidades cuando del maligno se trata. Hacer bromas y practicar juegos de fantasmas, muertos vivientes o espíritus diabólicos se ha convertido en un negocio millonario que seduce y atrae a millones de personas, especialmente niños, adolescentes y jóvenes. Incluso existe una moda estética muy extendida rayana en la necrofilia. Resulta paradójico que la sociedad actual prefiera renunciar a la fe en Dios y regresar al miedo, al terror y a un “más allá” donde el hombre se arrastra hacia la necesidad de protegerse de fuerzas que no puede dominar.

No cabe la menor duda de que “Halloween” es una celebración profundamente pagana y anticristiana. Las Sagradas Escrituras lo advierten: «… No haya entre los tuyos quien haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego; ni vaticinadores, ni astrólogos, ni agoreros, ni hechiceros, ni encantadores, ni espiritistas, ni adivinos, ni nigromantes; porque el que practica eso es abominable para el Señor» (Deuteronomio 18: 10-12). Y San Pablo, en su Carta a los Gálatas afirma: «Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, discordia, envidia, cólera, ambiciones, disensiones, rivalidades, borracheras, orgías y cosas por el estilo. Y yo os prevengo, como ya os previne, que quienes hacen estas cosas no heredarán el Reino de Dios» (Gálatas 5: 19-21).

Aprovecho esta ocasión para elevar una plegaría por las almas de las cinco jóvenes mujeres que murieron, hace un año, en la madrugada de Todos los Santos, en la macrofiesta del Madrid-Arena. Fue el resultado de una trágica celebración de “Halloween”, donde organizadores codiciosos, inmorales y faltos de escrúpulos, quisieron aprovechar la ocasión de un negocio lucrativo amparándose en las debilidades de una normativa municipal y en cierta connivencia con algunos responsables del Consistorio madrileño. Una prueba más de a dónde puede llevar la ausencia de valores éticos y morales sólidos. En todo caso, el recuerdo a los santos, mártires y difuntos no casa de ningún modo con la frivolidad y la estupidez humana.


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Martes, 22 de octubre de 2013

Juan Pablo IIDesde que en 2011 el Papa Benedicto XVI beatificara a su antecesor, el 22 de octubre ha sido declarado por la Iglesia católica como el día del beato Juan Pablo II, Sumo Pontífice de la Iglesia católica entre los años 1978 y 2005. Por eso en este día de su onomástica me parece un día perfecto para recordar algunas de sus singularidades, tanto como hombre consagrado a Dios como la de hombre de Dios entregado a la causa de sus semejantes, en especial a los más desfavorecidos.

En este día otoñal quiero resaltar lo que para mí fue un ejemplo de lucha por defender y preservar la dignidad inviolable del hombre. Juan Pablo II fue un exigente y duro batallador en diversos frentes conflictivos, como el aborto, la eutanasia o los anticonceptivos. De ahí que resulte inexacto tildarle de retrógrado, cuando, más bien al contrario, el Papa polaco fue un progresista en la defensa de los más débiles. Hay que tener unas convicciones muy sólidas y bien cimentadas, a la vez que ser muy valiente, para en medio de la sociedad actual defender, por ejemplo, la causa de los más inocentes, como es el caso de los concebidos y no nacidos; o proclamar la dignidad de todo ser humano, independientemente de su calidad de vida, ya sean marginados sociales, enfermos terminales, deficientes mentales o ancianos seniles, muchos de ellos amenazados por esa nueva forma de totalitarismo que es la legislación de la eutanasia.

Dentro de las bases antropológicas y jurídicas en las que basó su lucha Juan Pablo II, la dignidad de la mujer ocupó un lugar primordial. Llegó incluso a reconocer y asumir las responsabilidades de numerosos religiosos e hijos de la Iglesia en dificultar el proceso liberador de la mujer. En su encíclica Mulieris Dignitatem, Juan Pablo II apostó, sin ambages, por la mujer, llamada a construir el mundo de hoy, en igualdad de condiciones con el varón. Además, hizo una aportación original, alejada de trasnochados clichés. “Te doy gracias, mujer por la indispensable aportación a la cultura capaz de conciliar razón y sentimiento, una concepción de la vida siempre abierta al misterio”, llegó a decir el Papa.

Juan Pablo II, tan frecuente y tópicamente tildado de retrógrado, ha sido el primer Papa capaz de ensalzar la belleza de la carne y en recordar que tan digna es el alma como el cuerpo. Pero, a la vez, ha sido contundente en subrayar que el sexo no puede disociarse del contexto de donación recíproca entre el hombre y la mujer. Lo contrario implica un engaño antropológico que se salda en destrucción. Por eso el Papa Wojtyla denunció sin tapujos la cultura hedonista y la comercialización del sexo, que reduce a las personas a simples objetos.

También fue muy claro en denunciar prácticas contra natura. Pero nunca condenó la condición homosexual, sino la conducta homosexual. Estas opiniones del Santo Padre, lejos de ser arbitrarias y caprichosas, están enraizadas en la ley natural y el sentido común; y, por otro lado, con la doctrina de siempre de la Iglesia católica. No hay que olvidar que Pablo VI ya denunció, por ejemplo, el fiasco de los anticonceptivos en la encíclica Humanae Vitae

En definitiva, Juan Pablo II sobresalió, entre otras muchas cosas, por la defensa de unos derechos fundamentales, comenzando por el de la vida, y de una serie de valores (renuncia, sacrificio, entrega, respeto) que se traducen en la salvaguardia de la dignidad inalienable del hombre.

Además, Juan Pablo II vivió su pontificado entregado a otras grandes causas, como la paz entre las naciones, el acercamiento entre las diferentes religiones o la reconciliación entre las distintas confesiones cristianas. Fue un incansable peregrino que ejerció su apostolado por todos los continentes de la Tierra. Y en un orden más personal, fue un testimonio ejemplar de cruz desde los primeros años de su papado, al ser víctima del violento fanatismo que le dejaría importantes secuelas en la salud, hasta vivir acosado sus últimos años por la enfermedad. Que su santidad nos alcance a todos.


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Domingo, 20 de octubre de 2013

DistributismoEn un tiempo en que las ideologías tradicionales, propias del siglo XIX y aun del XX, hacen aguas por los cuatro costados, releyendo la biografía y algunas de las obras del insigne Gilbert K. Chesterton se refresca en mi mente aquel sueño que un día abrigara el entusiasta escritor británico. Se trata del “Distributismo”, una teoría económico-social que, junto a su amigo Hilaire Belloc, su hermano Cecil y el sacerdote católico Vincent McNabb, diera en exponer y difundir por Europa y Estados Unidos.

Y es que aunque el joven Gilbert Keith tuvo un temprano idilio con el socialismo, no tardaría en darse cuenta de que en realidad se trataba de una ideología reaccionaria. Este desencanto le llevó a pergeñar su propia teoría, que buscaba ser alternativa al socialismo y al capitalismo, y que por fin quedó lista en el devenir del año 1926. Fue entonces cuando Chesterton y el escritor franco-británico Belloc presentaron su teoría “Distributista” o del “Distribucionismo”. La forma de este proyecto era una sociedad o, mejor dicho, una liga, a la cual llamaron “Liga Distribucionista”.

En esencia, el distributismo –vocablo feo y de sonoridad estridente donde los haya– es una teoría económica y social cuya principal originalidad radica en su defensa de la distribución de los bienes. Esta tercera vía económica encuentra en la Doctrina Social de la Iglesia la principal fuente de inspiración, en especial en la encíclica del Papa León XIII, Rerum Novarum, publicada en 1891.

Sostiene la teoría distributista, también llamada “distribucionista”, que mientras el socialismo no permite a los ciudadanos poseer la propiedad de los bienes de producción (todos están bajo el control del Estado, de la comunidad o de los trabajadores), y mientras que el capitalismo permite sólo a unos pocos la propiedad de dichos bienes, el distributismo, por el contrario, trata de asegurar que la mayoría de las personas se conviertan en propietarios de la propiedad productiva.

Pero las ideas del distributismo no solo se alimentaron de la Doctrina Social de la Iglesia, sino que se nutrió también de algunos esquemas productivos de la Edad Media, como el gremialismo.

En Estados Unidos, corriendo los años 30 del siglo XX, el distributismo fue tratado en numerosos ensayos por Chesterton, Belloc y otros autores en la publicación The American Review, editada por Seward Collins. Aunque la principal vía de promoción de la liga se dio a través del periódico de Chesterton, intitulado G.K.’s Weekly (El semanario de G.K.). En la primera reunión de la liga Gilbert fue nombrado presidente, cargo que mantuvo hasta su muerte. Al poco tiempo, como señala Luis Seco en su biografía del autor: «…se abrieron secciones de la liga en Birmingham, Croydon, Oxford, Worthing, Bath y Londres».

Posteriormente, el distributismo siguió su desarrollo en manos de Dorothy Day y Peter Maurin, a la vez que fue adoptado por el Movimiento del Trabajador Católico inglés y algunas otras comunidades independientes y localizadas. La propia Dorothy lo describió así: «La meta del distributismo es la propiedad familiar de tierra, talleres, tiendas, transportes, comercios, profesiones, y así más. Propiedad familiar es el medio de producción tan ampliamente distribuido como para ser la marca de la vida económica de la comunidad: este es el deseo de la distribución. Es también el deseo del mundo» (El Trabajador Católico, junio de 1948).

Ni que decir tiene que el distributismo es una teoría económica y social que hoy en día duerme el sueño de los justos. Hasta ahora el capitalismo ha ganado la partida a los modelos competidores, y en la medida en que su posición se ha hecho dominante, ejerce su poder de manera omnímoda y totalitaria. A esto hay que sumar el proceso globalizador, que cada día ahoga más a las iniciativas individuales o de pequeña escala. Los procesos productivos dependen cada vez más del sistema financiero, controlado en gran medida por una reducida élite de grupos de poder. Es, por tanto, por todas estas razones que el distributismo ha visto cercenadas sus posibilidades de prosperar.

Pero quizá sea hoy un buen momento para reflexionar, replantear o revisar algunas teorías que siendo razonables, nunca tuvieron la oportunidad de ser verdaderamente tenidas en cuenta. Y precisamente hoy, en un tiempo de crisis y de desesperanza, en el que el capitalismo campa a sus anchas e impone abusivamente sus leyes, en el que desprecia el elevado coste de vidas humanas que se cobra por la obsesiva consecución de beneficios, cuando merece la pena estudiar y reconsiderar otras alternativas de bienestar económico asentadas en principios de mayor calado ético y moral y en la que el ser humano, como individuo y como colectividad, sea el objeto fundamental y esencial del proceso productivo y económico.      

SchumacherUno de los últimos intelectuales más prestigiosos en defender la teoría distributista fue el economista alemán Ernest Friedrich Schumacher (1911-1977). Convertido al catolicismo a los sesenta años de edad, Schumacher publicó, en 1973, Lo pequeño es hermoso (Small is beautiful), uno de los cien libros más influyentes –según el suplemento literario de The Times– publicados desde la Segunda Guerra Mundial. Se trata de un vigoroso alegato contra una sociedad distorsionada por el culto al crecimiento económico. Su tesis defiende la necesidad de una profunda reorientación de los objetivos de nuestra economía y nuestra técnica para ponerlas al servicio –y a la escala– del hombre. Inspirándose en fuentes tan diversas como las encíclicas de los papas, la economía budista y las obras de Mao Zedong, Schumacher presenta su visión del uso adecuado de los recursos humanos y naturales, la problemática del desarrollo y las formas de organización y propiedad empresarial. El dilema de la energía nuclear, la utilidad de la autonomía regional, el agudo problema del desempleo y las perspectivas del socialismo se tratan en sus páginas con un estilo persuasivo y ágil que huye del lenguaje de los especialistas para dirigirse directamente al hombre de la calle.

Después de esta actualización de la teoría económica de Chesterton, se publicaría en 1977, poco después de su muerte, otro trabajo notable titulado Guía para perplejos (A guide for the perplexed), una crítica al materialismo cientificista y una exploración de la naturaleza y la organización del conocimiento.

Desde luego, hoy más que nunca, se hace necesario que los seres humanos de buena voluntad hagan un supremo esfuerzo por encontrar alternativas imaginativas e ingeniosas que devuelvan a la existencia humana la dignidad que nunca debería haber perdido. Yo desconozco cuáles son las soluciones, si es que las hay, a las maneras de organizar nuestra convivencia y a administrar correctamente nuestros recursos. En todo caso, de lo que si estoy seguro es de que la convivencia pacífica y la viabilidad de nuestra sociedad pasa por aumentar generosamente nuestras dosis de fraternidad, en limitar las ambiciones personales y de grupo, y en considerar al planeta Tierra, en su conjunto, como el único tesoro material que puede abastecernos, a nosotros y nuestra descendencia. Los detalles son los que están por decidir. 


Publicado por torresgalera @ 15:47  | Pensamientos
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S?bado, 12 de octubre de 2013

G.K. ChestertonQue Gilbert Keith Chesterton fue un gran escritor de novelas policiacas no lo cuestiona nadie. También destacó como ensayista, narrador, poeta y periodista. Este prolijo escritor británico, que vivió a caballo entre dos siglos (nació en Londres, en 1874), fue paradigma de hombre moderno, sensible, culto y valiente, que jamás se arredró ante la adversidad ni fue complaciente ante la iniquidad y la estulticia propia del tiempo que le tocó vivir.

Hijo de una familia de librepensadores al estilo victoriano, el pequeño Gilbert fue bautizado en el seno de la iglesia anglicana más por convención social que por convicción familiar. En su juventud se interesó por el ocultismo y terminó recalando en el agnosticismo. Sin embargo, su casamiento con Frances Blogg, una anglicana practicante, le llevó al cristianismo. Durante años Chesterton prosiguió la búsqueda interior de la verdad trascendente. Pero no sería hasta el año 1922 cuando llegara su conversión profunda a Cristo y su encuentro definitivo con la Iglesia católica, apostólica y romana.

Fue a partir de entonces cuando aquella poderosa humanidad (medía 1,93 metros de alto y pesaba alrededor de 134 kilos), volcó su vocación literaria en el pensamiento cristiano. Justo al año siguiente de su conversión, Gilbert Keith publicó una biografía de San Francisco de Asís, y, en 1925, en El hombre eterno presenta su concepción cristiana de la historia. Y ya, de manera ininterrumpida hasta el final de sus días, Chesterton desarrolló una copiosa labor defensora de la fe católica, en la que sobresale la publicación, en 1933, de la biografía de Santo Tomás de Aquino, considerada por Étienne Gilson “el mejor libro que se ha escrito jamás sobre santo Tomás”.

Durante este tiempo de fe, Gilbert Chesterton desplegó un amplio frente de reflexiones sobre el catolicismo. Respecto a las numerosas y constantes críticas al conservadurismo de la Iglesia romana, Chesterton se pronunciaría con meridiana contundencia al rechazar una Iglesia que se adaptase a cada época: «Nosotros realmente no queremos una religión que tenga razón cuando nosotros tenemos razón. Lo que nosotros queremos es una religión que tenga razón cuando nosotros estamos equivocados...» (La Iglesia católica y la conversión. 1927).

Poco antes, en un ensayo titulado ¿Por qué soy católico?, se refiere a la Iglesia católica en estos términos: «No hay ningún otro caso de una continua institución inteligente que haya estado pensando sobre pensar durante dos mil años. Su experiencia naturalmente cubre casi todas las experiencias, y especialmente casi todos los errores. El resultado es un mapa en el que todos los callejones ciegos y malos caminos están claramente marcados, todos los caminos que han demostrado no valer la pena por la mejor de las evidencias; la evidencia de aquellos que los han recorrido» (¿Por qué soy Católico? “Doce Apóstoles Modernos y sus Credos”. 1926).

En cuanto a su estilo literario, Chesterton se caracterizó por el recurso constante e ingenioso a las paradojas. Comenzaba sus escritos con alguna afirmación que pareciese de lo más normal, y haciendo ver que las cosas no son lo que parecen y que muchos dichos se dicen sin pensarlos a fondo, demostraba cómo muchas de esas argumentaciones se suelen apoyar en eso que se da en llamar reductio ad absurdum: «He aquí una frase que oí el otro día a una persona muy agradable e inteligente, y que cientos de veces he oído a cientos de personas. Una joven madre me dijo: “No quiero enseñarle ninguna religión a mi hijo. No quiero influir sobre él; quiero que la elija por sí mismo cuando sea mayor”. Ése es un ejemplo muy común de un argumento corriente, que frecuentemente se repite, y que, sin embargo, nunca se aplica verdaderamente» (Charlas, II, Acerca de las nuevas ideas). Este estilo, fundado en la paradoja y la parábola o relato simbólico, lo acerca –según Jorge Luis Borges, gran admirador suyo– a Franz Kafka, uno de sus contemporáneos.

ChestertonGilbert Keith Chesterton, después de una vida intensa de emociones y de publicar cerca de cien libros, murió, a los 62 años de edad, el 14 de junio de 1936, en su casa de Beaconsfield. Notificado de su muerte, el papa Pío XI le otorgó el título de “Defensor Fidei”. Y el filósofo rumano Mircea Eliade, a los pocos días del deceso, afirmó: «La literatura inglesa ha perdido al ensayista contemporáneo más importante, y el mundo cristiano a uno de sus más preciosos apologistas. Inglaterra está más triste y confusa después de la desaparición de G. K. Chesterton».

De su personalidad, Chesterton no sólo destacaba por poseer una complexión física enorme, lo que llevó a algunos a compararle con el “buey mudo” de santo Tomás de Aquino, sino que también era admirado por su aguda inteligencia y un excelente humor, acompañado de una risa franca y contagiosa. Solía bromear con expresiones como: «Por lo que respecta a mi peso, nadie lo ha calculado aún». 

Con su perfil de creyente y de intelectual combativo contra todas las modas falaces que el siglo XX trajo consigo, no es de extrañar que Gilbert K. Chesterton no sea santo de devoción de la intelectualidad dominante en nuestro tiempo. Pero como quiera que su calidad literaria está muy por encima de la media de los autores consagrados por el canon oficial imperante, son muchas las editoriales que tanto en Inglaterra como en el resto de Europa (España incluida) y América reeditan permanentemente sus obras.

Es importante tener en cuenta que Chesterton fue testigo de primera mano del ocaso de una época decadente, toda vez que contemplaba el fulgurante ascenso del materialismo, el modernismo y los totalitarismos. Fue actor y testigo de unos acontecimientos que ensombrecieron la dignidad del ser humano y le llevaron a la devaluación moral. De las muchas frases memorables que se le imputan, hay una que ilustra de manera muy especial el ambiente moral en el que se debatía la sociedad de su tiempo: «Cuando uno deja de creer en Dios, inmediatamente empieza a creer en cualquier cosa». Como se puede apreciar es brillante, sagaz y rebosa una fina ironía. Y es que son legión los ateos que se las dan de muy racionales e inteligentes, que desprecian cualquier forma de creencia religiosa, pero que llegado el caso terminan acudiendo a quiromantes, embaucadores y charlatanes para que les revelen su futuro a través de las rayas de las manos, las cartas del Tarot, el horóscopo o los posos del café…

Podemos sentirnos contentos de que hayan iniciado los primeros pasos hacia un proceso de beatificación que avala la Iglesia católica de Inglaterra. La causa de Gilbert Keith Chesterton va más allá de su dimensión literaria e intelectual. De lo que se trata ahora es de evaluar la dimensión cristiana de este gran hombre, que a lo largo de su vida de fe demostró un gran entusiasmo evangelizador, así como sobradas muestras de generosidad, de corazón caritativo y de trayectoria vital coherente y abnegada por la difusión de la fe y la Palabra de Dios.

La propuesta de beatificación fue anunciada durante la apertura de la 32ª Conferencia Anual de Chesterton, celebrada por la Americam Chesterton Society, celebrada en Worcester, Massachusetts, (Estados Unidos) el pasado mes de agosto. Su presidente, Dale Ahlquist, anunció que el obispo Peter Doyle, de Northampton (Reino Unido), ha autorizado el comienzo de una investigación que impulse la causa de G. K. Chesterton. Ahlquist llegó a afirmar que Chesterton «es en gran medida, un santo para nuestro tiempo y podría atraer a muchas personas a la Iglesia católica».

Son muchas las personas que consideran la santidad de Chesterton: los testimonios sobre él hablan de una persona de gran bondad y humildad, un hombre sin enemigos, que proponía la fe sin rebajas pero también sin enfrentamientos, defensor de la verdad y la caridad. Su grandeza está también en el hecho de que supo presentar el cristianismo a un público amplísimo, de cristianos y de laicos. Sus libros, desde Ortodoxia a San Francisco de Asís, desde El Padre Brown a La esfera y la cruz, son brillantes presentaciones de la fe cristiana, testimoniada con claridad y valor frente al mundo.

No fue sólo un apologeta, sino también una especie de profeta que entrevió con gran anticipación el carácter dramático de cuestiones de la modernidad como la eugenesia. El dominico inglés Aidan Nichols sostiene que se debe mirar a Chesterton nada menos que como posible “padre de la Iglesia” del siglo XX. Y aunque destacó por sus virtudes, también experimentó el dolor, pero jamás dejó de alabar la alegría cristiana. La obra de Chesterton es una especie de medicina para el alma. El propio escritor había usado la metáfora del antídoto para definir el efecto de la santidad sobre el mundo: «el santo tiene el objetivo de ser signo de contradicción y de restituir sanidad mental a un mundo enloquecido».

La lectura de Chesterton, ya se trate de las novelas o de los ensayos, deja siempre en el lector una gran serenidad y un sentimiento de esperanza exenta de inmadurez y mundanidad. Nada más lejano del pensamiento de Chesterton, que denuncia detalladamente todas las aberraciones de la modernidad, y que la confronta con la concepción cristiana de la existencia y con la fuerza de su religiosidad. La propuesta de Chesterton es la de tomar en serio la realidad en su integridad, empezando por la realidad interior del hombre y de disponer confiadamente el intelecto –es decir el sentido común– en su original sanidad, purificado de toda incrustación ideológica.

Raramente se leen páginas en las que se habla de fe, de conversión, de doctrina, tan claras e incisivas cuanto privadas de todo exceso sentimentalista o moralista. Esto deriva de la atenta lectura de la realidad de Chesterton, quien sabe que la consecuencia más trágica de la descristianización no ha sido el gravísimo extravío ético, sino el extravío de la razón, sintetizable en este juicio suyo: «El mundo moderno ha sufrido una caída mental mucho más consistente que la caída moral».

Frente a este escenario, Chesterton elige el catolicismo, y afirma que existen al menos diez mil razones para justificar esta elección, todas válidas y muy fundadas pero reconducibles a una única razón: que el catolicismo es verdadero, la responsabilidad y la tarea de la Iglesia consisten por tanto en esto: en el valor de creer, en primer lugar, y, por tanto, denunciar las vías que coducen a la nada o a la destrucción, a un muro ciego o a un prejuicio. Una obra indudablemente santa, y la santidad de Gilbert Chesterton, que espero la Iglesia pueda reconocer, brilla y refulge ya ante el mundo.

Los escritos proféticos de Chesterton están siendo adoptados por una nueva generación de hombres y mujeres que se siente atraída por su elocuente defensa de la fe católica, de la familia tradicional, por la santidad de la vida y la justicia económica. El autor inglés es cada día más reconocido por muchos por su gran ingenio, su humildad y su profunda alegría católica. Además, tuvo una gran influencia en grandes figuras como el arzobispo Fulton Sheen, C.S. Lewis, J.R.R. Tolkien, Dorothy Day y Jorge Luis Borges. Chesterton representa el preludio de una hermosa primavera.


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Lunes, 07 de octubre de 2013

El pasado miércoles 2 de octubre una bomba de fabricación casera estalló en la Basílica del Pilar (Zaragoza). Además de daños materiales de cierta consideración, dos mujeres sufrieron heridas, una de pronóstico más leve y la otra más grave al reventárseles ambos oídos. Este es ya el cuarto atentado con explosivos que se ha registrado en menos de un año contra instituciones religiosas. El anterior tuvo lugar el pasado 7 de febrero en la Catedral de la Almudena (Madrid), y anteriormente sendos paquetes explosivos fueron enviados al arzobispo de Pamplona y al director de un colegio de los Legionarios de Cristo, también en la capital de España.

Los atentados contra la Basílica del Pilar y la Catedral de la Almudena han sido reivindicados por el “Comando Insurreccionalista Mateo Morral”, mientras que los explosivos de Pamplona y Madrid fueron enviados por el “Grupo Anticlerial para el Fomento del Uso del Juguete Sexual - FAI/FRI”. Fuentes policiales han reconocido que, aunque por el momento no se han producido violencias de gran envergadura, las Fuerzas de Seguridad del estado trabajan sobre la posibilidad de que puedan darse en el futuro.

Y hablando de violencia política o institucional, el pasado 19 de septiembre el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, compareció en el Congreso de los Diputados para dar explicaciones sobre la respuesta policial ante la irrupción violenta de un grupo neo-nazi, el 11 de septiembre, en la sede de la librería Blanquerna, en Madrid, cuando se celebraba un acto conmemorativo de la Diada catalana. Ante ese hecho, la policía detuvo a 12 personas antes de que pasaran 24 horas del ataque.

Sin embargo, Fernández Díaz todavía no ha dado ninguna explicación sobre los ataques a las instituciones religiosas ni se ha ofrecido a comparecer en el Congreso para explicar la actuación policial tras el reciente ataque a la Basílica del Pilar.

Desde una posición de respeto a la ley y de justicia social e institucional, considero que cualquier ciudadano de bien lo mínimo que espera de las autoridades responsables de la Seguridad del Estados es que aborden cualquier acto de violencia con la misma presteza y diligencia, sea cual sea su origen y su destinatario. La violencia procedente de la llamada ultra-derecha no es más oprobiosa que la procedente de la ultra-izquierda. ¿Cuándo vamos a dejarnos de retóricas argumentaciones sobre una supuesta emergencia de grupos neo-nazis? ¿Qué pasa entonces con la violencia fanática de los movimientos totalitarios de izquierda, que llevan actuando casi con impunidad desde hace décadas? ¿Es que acaso son menos censurables que sus homónimos de derechas?

Los atentados contra las instituciones católicas dejan al descubierto, una vez más, el pelaje montaraz y villano de una izquierda ilusa y desnortada que hace décadas perdió sus últimas oportunidades históricas. Sin embargo, la izquierda llamada democrática, prisionera de un complejo pseudo-revolucionario, todavía contemporiza y transige con los desafueros de estas jaurías de cachorros de gatos con ínsulas de temibles felinos. Sobre estos atentados terroristas contra la Iglesia católica callan las bocas o cuchichean por lo bajini, al fin y al cabo consideran esta barbarie de simples gamberradas propias de díscolos jovenzuelos rebosantes de adrenalina.

Las manifestaciones de encono y odio contra la Iglesia católica son un recurso recurrente de amplios sectores de la izquierda: unos lo demuestran orquestando campañas sistemáticas de descrédito contra la Iglesia por la defensa a ultranza que ésta hace de la vida sin concesiones, de la enseñanza religiosa o contra los supuestos privilegios de la Iglesia en materia de financiación o en materia fiscal; en cambio otros, de manera más burda y frontal, no se arredran en hostigar a la Iglesia con viles calumnias y con ataques desaforados y violentos. En ambos casos, las dos actitudes hostiles cuentan con la cobertura de un gran aparato mediático que actúa como amplificador del pensamiento laicista que, de manera inexorable, se va imponiendo en nuestra sociedad.

Pero lo peor de todo, lo que de verdad produce auténtica desazón y tristeza, es comprobar la tibieza y la falta de valentía que demuestra este gobierno presidido por Mariano Rajoy. Ya ni siquiera se trata de poner adjetivos altisonantes para calificar la ausencia de gestos y actuaciones dirigidas a defender la ley y el orden. Lo verdaderamente preocupante es comprobar hasta qué punto la dejación de la autoridad está minando la esencia misma del Estado. Un falso complejo histórico de “derecha autoritaria” tiene inmovilizado al presidente del gobierno y, por ende, toda su gestión política está siendo sobrepasada en las calles y en las comunidades autónomas, las gobernadas por el Partido Popular y las gobernadas por los partidos de la oposición (los nacionalistas de manera especial). Y en el Parlamento nacional, a duras penas la mayoría absoluta gubernamental da para ir tirando; pero esto es pan para hoy y hambre para mañana.

Estos timoratos y pusilánimes gobernantes de los que dependemos no se han enterado todavía de que la autoridad se legitima de verdad no con mayorías absolutas o controlando los resortes del poder, sino con la dignidad que otorga la fidelidad a las virtudes humanas, de afrontar con determinación los grandes problemas que aquejan a la mayor parte de la población y que, por tanto, la ponen en peligro, y, por último, en ser escrupuloso en el cumplimiento de la ley, caiga quien caiga. Lo demás, son trapacerías propias de funámbulos y equilibristas de la política: gentes sin crédito personal y sin mérito de estima. Mientras tanto, lo irreparable se hace cada día más verosímil.


Publicado por torresgalera @ 18:49  | Pol?tica
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Mi?rcoles, 02 de octubre de 2013

Acabo de leer los Presupuestos Generales del Estado para el próximo año, los que el Gobierno acaba de presentar en el Congreso de los Diputados, y no doy crédito a lo que he visto: un aumento de la subvención a los partidos políticos del 27,9 por ciento. En total los partidos percibirán 84 millones de euros (14.092 millones de las antiguas pesetas). Cantidad extraordinaria de dinero que pagaremos cada uno de los contribuyentes, y que ayudará a perpetuar las estructuras de poder que están destrozando nuestro país y arruinando a España.

Argumenta el Gobierno, con la anuencia de toda la oposición, que el próximo año hay elecciones europeas y los partidos necesitan más dinero. ¿14 mil millones de pesetas para una campaña al Parlamento Europeo? ¿Qué pretenden, comprar el voto ciudadano a ciudadano? Si se divide el presupuesto de los partidos por el número de habitantes de España, el resultado es que cada uno de nosotros, cada ciudadano, tenga un mes de edad ó 99 años, deberá pagar a los partidos políticos este año 1,85 euros (307 pesetas).

Resulta descorazonador, por no decir obsceno, que para una campaña electoral que apenas dura dos semanas, y cuyos parlamentarios electos cobrarán por encima de los 6.000 euros al mes, además de viajes sin límite totalmente gratis y otras prebendas, los pensionistas verán revalorizarse sus pagas en un 0,25 por ciento. ¿Y qué podemos decir de los recursos destinados a Educación Secundaria, Formación Profesional y Escuelas de Idiomas que se reducen en un 7,4 por ciento. Los ejemplos son interminables.

No tengan la menor duda, ya verán ustedes cuantas voces se levantarán para proclamar, y por tanto para justificar, que sin partidos políticos no habría democracia. El cinismo y la estulticia de esta casta desaprensiva y deshumanizada no tienen límites. Está claro que el dinero es la sangre que alimenta este modelo de sociedad, por eso la corrupción está en la raíz del sistema. No serán nuestros gobernantes los que regeneren la podredumbre de nuestra sociedad. Son sus mayores beneficiarios.


Publicado por torresgalera @ 16:33  | Pol?tica
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