Martes, 31 de diciembre de 2013

2014La mayoría de la gente vive con la esperanza, o la ilusión, de que el nuevo año que comienza traiga mejor cosecha que el que acaba de concluir. Casi nadie quiere entender que el futuro, que en sí mismo no es más que un concepto, se construye con las obras y acontecimientos que protagonizamos nosotros mismos. Por eso 2014 será y traerá lo que nosotros, hombres y mujeres de cada sitio y lugar, procuremos que sea. Serán nuestros actos y omisiones los que determinen y configuren nuestro destino, con sus conquistas y sus frustraciones, con sus alegrías y sus desgracias; aunque es verdad que las acciones y omisiones de unos pocos tendrán mayores repercusiones e influencias que las del resto de mortales. En definitiva, sólo cuando acaba el año se está en condiciones de hacer balance. El futuro hecho pasado acaba confirmando, o desmintiendo, la veracidad de los deseos. No olvidemos que el tiempo cronológico (sucesión de segundos en forma constante e indefinida) no tiene alma; no es más que una manera de medir la sucesión de acontecimientos, desde su inicio hasta su fin, incluidos los acontecimientos cosmológicos y los de la vida misma. Por tanto, preparémonos para afrontar el año cronológico que comienza con buena voluntad y un buen fardo de buenas intenciones, no solo para nosotros sino también —y esto es lo más importante— para las personas que tenemos a nuestro alrededor; si no es así nuestro empeño carece de sentido. Y dejemos que el tiempo meteorológico, el tiempo geológico o el tiempo astrológico discurran según sus propias leyes y que la naturaleza siga su curso evolucionista. Ante ellas nosotros, los seres humanos, lo único que podemos hacer es ponernos en manos de Dios. No olvidemos que el año que termina no es un periodo del que sentirnos satisfechos, aunque si es interesante aunque no sea más que para tomar nota de nuestras propias equivocaciones.

Buen 2014 para todos, si así lo procuramos.


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Domingo, 22 de diciembre de 2013

Uno de los grandes regalos que San Francisco de Asís nos ha dejado a los cristianos en particular y a la cultura de la humanidad en general, ha sido la representación del Nacimiento de Jesús RedentorSan Francisco y el Belén. Sin duda se trató del primer belén de la historia, y el hecho aconteció en la Navidad del año 1223. La Historia cuenta que estando Francisco predicando por la comarca italiana de Rieti, ante lo crudo del invierno que se echó encima, buscó refugio en la ermita de Greccio. Un buen día, mientras oraba y meditaba el Evangelio de San Lucas, nuestro amado fraile tuvo la inspiración de representar el nacimiento de Nuestro Señor en aquella humilde cueva de Belén.

Puesto manos a la obra, Francisco habilitó un sencillo lugar con sus propias manos. Acudió a las gentes de la aldea para que le dejasen un buey y una mula. Solicitó la colaboración de algunas personas para completar el escenario de la conmemoración. Francisco no quiso estatuilla alguna para representar al niño Jesús recién nacido. Al contrario, quiso que fuera un niño de carne y hueso el que representara al Mesías, al Hijo de Dios hecho uno de nosotros. El santo de Asís quiso que todo emulara con el mayor realismo imaginable y posible aquella escena trascendental, ocurrida hacía más de doce siglos en la ciudad de Belén Efratá, y profetizada por Miqueas (5: 2) como el lugar donde nacería el Mesías Redentor.

San Francisco no quiso poner imágenes inertes, porque le parecían indignas del misterio que allí se representaba. Al contrario, aun sabiendo nuestro amado Santo que lo suyo también era una representación, quiso ir más allá. Vino a decirnos que cada uno de nosotros debe acoger a Cristo en cada ser humano, en cada uno de los seres humanos vivos y sufrientes, sobre todo en los más pobres, abandonados y necesitados. En ellos Cristo mismo se hace presente. Así repetiremos en nuestras vidas el misterio de Belén.


Publicado por torresgalera @ 17:51  | Religi?n
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Domingo, 15 de diciembre de 2013

Buena esperaEl tiempo de Adviento con el que comienza el año litúrgico si en algo se caracteriza es en que es un tiempo de esperanza. Sí, esperanza gozosa porque los creyentes hemos depositado toda nuestra ilusión en la llegada al mundo de nuestro Salvador, en el Hijo de Dios engendrado desde la eternidad y encarnado hombre a través del Verbo para hacerse igual a nosotros en todo menos en el pecado. Y todo ello con la presencia del Espíritu Santo.

Es posible que algunos se digan que cada año el Adviento y la Navidad, y el resto del año litúrgico, es lo mismo. Pero no es así. Para todo cristiano cada año litúrgico es una nueva esperanza, una nueva oportunidad de profundizar en el Misterio de Cristo, eterno e inabarcable en su totalidad. Por tanto, deberíamos estar felicísimos de comenzar de nuevo a encontrarnos con este maravilloso Misterio y a compartir con nuestros hermanos los frutos de la nueva experiencia.

Cada Adviento representa para todo cristiano una novedad ilusionante. El Señor viene a recordarnos que se ha colado en nuestras vidas y que cuenta con cada uno de nosotros. Por eso no debemos tener miedo a equivocarnos, pues a Cristo siempre lo tenemos a nuestro lado con la mano tendida para asistirnos.

También es éste un tiempo de espera activa. El Niño Dios va a venir, va a nacer y debemos estar preparados para recibirle. Pero debemos hacerlo como lo hacemos cuando esperamos en nuestras casas una visita muy querida, esto es, organizándolo todo para que su presencia entre nosotros sea alegre, intensa y gozosa. Nadie espera cruzado de brazos a su deseado visitante, sino que se prepara a conciencia para recibirle y compartirle.

Hagamos de este tiempo una oportunidad para limpiar nuestra casa interior, es decir, nuestro corazón, limpiando impurezas y adherencias nefastas que se nos hayan podido pegar en los últimos meses. Preparémonos para recibir a Cristo Jesús como lo hiciera su madre la Virgen María. No haciendo lo que nos gusta a nosotros sino lo que le gustaría a Él. Compartamos con nuestras familias y amigos este tiempo de esperanza ilusionante en la confianza de que Cristo viene a reinar entre nosotros. Hágase en mí según tu palabra. 


Publicado por torresgalera @ 11:56  | Pensamientos
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Domingo, 01 de diciembre de 2013

Conferencia de Monseñor Sáiz MenesesCursillos de Cristiandad celebra este año el centenario del nacimiento de Sebastián Gayá Riera, uno de los promotores de este Movimiento evangelizador que tan buenos y abundantes frutos está dando en el seno de la Iglesia católica. Precisamente en este sábado último de noviembre, el Secretariado de Cursillos de Madrid, junto con la Fundación Sebastián Gayá, celebró un acto de conmemoración de la figura extraordinaria de este precursor apostólico de la nueva evangelización iniciada a mediados del pasado siglo.

En la madrileña iglesia de Santa Micaela y San Enrique, medio millar de cursillistas de la Archidiócesis de Madrid compartieron por la tarde la Eucaristía del primer domingo de Adviento. A continuación, y presidida por el cardenal-arzobismpo Antonio María Rouco Varela, el obispo de Tarrasa y presidente de la Fundación Sebastián Gayá, José Ángel Sáiz Meneses, pronunció una conferencia sobre la figura de este insigne y santo sacerdote mallorquín fallecido hace seis años.

Sebastián Gayá nació el 30 de julio de 1913, en Felanitx, en el seno de una familia humilde. En seguida tuvo que emigrar a Argentina en busca de mejores perspectivas de subsistencia. Pero con apenas trece años, el jovencito Sebastián decidió regresar solo a su Mallorca natal atraído por la llamada al sacerdocio. Acogido por un tío suyo, el adolescente tuvo que experimentar un duro camino de privaciones y penalidades hasta alcanzar el día de su ordenación, en plena guerra civil, acaecida el 22 de mayo de 1937. Y en medio de estas adversas circunstancias políticas y sociales, Sebastián decidió iniciar su misión evangelizadora entre las tropas, hasta llegar a crear seis centros castrenses de Acción Católica. Gracias a esta labor apostólica, descubrió la que llamó su segunda vocación: evangelizar a los jóvenes, a los tibios y a los alejados.

Quién iba a imaginar que aquel cura joven, al que tuvieron que consagrar a la Virgen a los cuarenta días de nacer debido a su frágil salud, iba a Sebastián Gayáser capaz de derrochar una energía tan viva y fructífera en su celo apostólico. Sí, porque Sebastián Gayá estaba destinado a ser uno de los renovadores de la Iglesia en España, precursor del Concilio Vaticano II y co-iniciador, junto al laico Eduardo Bonnín y el obispo de Mallorca Juan Hervás, del Movimiento de Cursillos de Cristiandad: un movimiento de renovación eclesial que hoy se extiende por los cinco continentes, y que ha tocado la vida de más de 10 millones de personas.

Nada más acabar la guerra, Sebastián Gayá sintió, junto a otros, la necesidad de ponerse manos a la obra por revitalizar una práctica religiosa más viva y entusiasta. Aquella era una época en la que pese a un cierto florecimiento del hecho religioso, tanto en su vertiente social como en la personal, se detectaba un déficit de evangelización, de testimonio, de transformación de estructuras, así como de interiorización profunda de la práctica religiosa. En cambio, lo que sí se dio en aquellos momentos fue un colectivo de jóvenes de Acción Católica en Mallorca que echaba de menos una coherencia entre la fe y la vida, una autenticidad, una vitalidad espiritual. Entre esos jóvenes emergieron las personalidades de Gayá, Bonín y monseñor Hervás.

Peregrinación a Compostela - 1948Sería en la Escuela de Propagandistas, creada en 1944 por el propio Sebastián Gayá, donde se gestaría el Movimiento de Cursillos de Cristiandad. Éste nació formalmente en enero de 1949, con el primer Cursillo y después de la histórica peregrinación de jóvenes a Santiago de Compostela en el verano de 1948. Gayá, trabajador infatigable, colaboró en todos los procesos que se iban sucediendo dentro de Cursillos, no solo en España sino en su expansión internacional. Y eso a pesar de sufrir, en silencio y en obediencia a su obispo, el descrédito y las calumnias de un sector eclesial que se resistía a su novedosa forma de evangelizar, y que lo llevó incluso a ser desterrado a Madrid. Y es que —explica monseñor José Ángel Sáiz Meneses—, «en el ambiente religioso de la España de los años 40, los Cursillos supusieron una novedad profunda y transformadora».

Monseñor Sáiz Meneses, en cuya vocación influyó la figura de Gayá, explica que «era un hombre de profunda espiritualidad cristocéntrica, trinitaria y kerigmática, fundamentada en la gracia de Cristo que se recibe en la Iglesia a través de los sacramentos, la Palabra y la oración, y que se proyecta en la caridad y en la amistad. Una mística arraigada en lo fundamental cristiano y orientada hacia la evangelización. Era un verdadero padre espiritual, pero sin paternalismos; un auténtico hermano y amigo; un magnífico maestro y pedagogo que sabía sacar lo mejor de cada uno; un hombre de comunión que unía, ejerciendo un liderazgo fuerte a la par que discreto, desde una profunda humildad». Y añade: «Sebastián puso su vida en manos del Señor, hizo rendir al máximo los talentos que había recibido, fructificó admirablemente en el surco en el que había sido depositado. Creía con profundo convencimiento que todos los miembros de la Iglesia están llamados a la santidad y al apostolado, y así lo transmitía. Dicho de forma lapidaria: fue un precursor de la nueva evangelización».

No cabe duda de que, a medida que pasa el tiempo, la figura de Sebastián Gayá se va acrecentando y su semilla produciendo ciento por uno.


Publicado por torresgalera @ 17:12  | Religi?n
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