Jueves, 02 de octubre de 2014

Existen muchas enfermedades contagiosas; cuando estas se propagan y contagian a un gran número de personas se denomina al fenómeno epidemia. Pues esto es justo lo que lleva ocurriendo en España desde hace algunas décadas, que en algunas regiones sus habitantes son víctimas de trastornos sicológicos profundos; de alteraciones patológicas de su personalidad como consecuencia del ataque de un virus de la razón, muy peligroso y maligno, que se llama nacionalismo. Cataluña y Vascongadas son las dos principales regiones contaminadas por este diabólico virus, aunque Canarias y Galicia también han incubado la enfermedad.

El virus del nacionalismo —viejo conocido de Europa, donde ha causado a lo largo del siglo XX decenas de millones de muertos— puede también calificarse de pandemia, puesto que se extiende a muchos países. ¿Y por qué el nacionalismo es un virus que nubla la razón? La respuesta es obvia: porque transforma las pulsiones sentimentales de los individuos en delirios ideológicos que desvirtúan y desnaturalizan la realidad de los hechos. Por eso es tan peligroso, porque llevan a la razón lo que es un simple desvarío emocional mezclado con agravios subjetivos. A partir de ahí, todo el razonamiento se estructura en torno a un discurso ideológico engañoso, aunque plausible; trufado de medias verdades y de mentiras inicuas. El nacionalismo se mueve entre el sentimiento melancólico y la frustración causado por el otro. Por eso es tan perverso, porque siempre responsabiliza al otro de su propia incompetencia, de su propia incapacidad para destacar en una sociedad abierta y libre. Los nacionalistas anhelan definir los límites de lo que ha de ser el espacio social, cultural y político idóneo para que sus líderes puedan destacar y prosperar. En definitiva, los nacionalistas huyen de los espacios abiertos y de las sociedades libres, porque en ellas se sienten perdidos, ignorados, transparentes…

En realidad el nacionalismo es una variante del totalitarismo: prueba de ello fue el nazismo. Cualquier pretexto es bueno para ser utilizado como banderín de enganche que ponga en marcha el tren del proyecto nacionalista: en la Alemania de Weimar fue la crisis económica y la humillación que sufrió la nación en la Paz de Versalles; en otras ocasiones es la lengua propia, o un acervo cultural identitario… En todo caso, lo que no cabe duda es que todo nacionalismo ha terminado llevando a la catástrofe y a la ruina a millones de seres humanos. Por vez primera, y desde el propio gobierno catalán, ha comenzado a aludirse a la “violencia” como posible consecuencia por las suspensiones acordadas por el Tribunal Constitucional. Y esto no ha hecho más que empezar. Yo lo he pronosticado hace tiempo: la tensión nacionalista en Cataluña terminará causando llanto y crujir de dientes, y si no al tiempo. Cada día que pasa sin que se frene esta deriva hacia el soberanismo, es tiempo perdido. La ley ha de estar por encima de los deseos y las ambiciones, personales o colectivas; y si no que se cambie la ley. Yo no me opongo a que los catalanes acudan a las urnas a expresar su voluntad de independencia. Pero eso sí, yo también, junto al resto de los españoles, deseo expresar mi opinión en las urnas. La soberanía nacional es de todos y de cada uno de los españoles. Así está recogido en la Constitución. Cumplámosla, y el que no lo haga que se atenga a las consecuencias. Constitución y Ley son las mejores armas para erradicar el virus de la sinrazón.


Publicado por torresgalera @ 14:08  | Pol?tica
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