Lunes, 22 de diciembre de 2014

El dinero siempre ha sido un bien deseado por los hombres; desde hace muchos siglos. Pero ahora, más que nunca en la historia de la humanidad, se hace tan deseado por las numerosas necesidades que nos hemos creado. Por tanto, la diferencia entre el ayer y el hoy estriba en las enormes expectativas que el dinero nos posibilita. Esto quiere decir —según nos hace creer el pensamiento materialista que nos domina—, que si pudiéramos poseer una cantidad inmensa de dinero, podríamos conseguir todo aquello que deseáramos satisfacer, o lo que es lo mismo: seríamos muy felices. Cosa que, a todas luces es una auténtica falacia, y si no preguntad a quienes tienen mucho dinero si sus vidas son completamente dichosas.

No, hermano, no. El dinero, y lo que es peor, su deseo, nos hace esclavos, nos envilece como seres humanos. Desde luego no seré yo el que defienda ese torpe y manido discurso de que el dinero es el causante de la maldad en el mundo, ni que todo lo que toca lo corrompe. Ni mucho menos. El dinero, según mi modesto entender, es un invento formidable del hombre. Se trata de un bien material neutro, que en sí mismo no sirve para nada, pero que su bondad estriba en el valor de cambio que le damos. Con él ya no es necesario el trueque, antigua forma de intercambio de bienes y servicios entre los hombres. Desde su aparición el dinero viene a satisfacer las necesidades materiales de los hombres, siempre y cuando ellos mismos no las cubran con sus propias manos o con sus propios recursos. Así, por poner un ejemplo, el que fabrica sillas, mesas o armarios no necesita cambiar una mesa por cincuenta cuchillos con el que los fabrica, sobre todo si sólo necesita uno o dos. El ebanista ahora vende su mesa al que la necesita, y con su beneficio compra aquello de mejor le aprovecha. ¿Y qué ocurre con el que no tiene con qué pagar aquello que necesita? Pues la respuesta es bien sencilla, ofrecerse como fuerza de trabajo para otros que sí tienen medios de producción.

Ahora bien, si lo que verdaderamente ofende nuestra sensibilidad y nuestra inteligencia es el abuso de algunos o el afán de acaparamiento de otros, convendremos en que la culpa no es del dinero sino de los hombres. El mal no está en el dinero sino en el corazón del hombre que se vuelve codicioso y avariento; que todo lo que tiene es poco y su ambición no tiene límite; que especula y trasiega dolosamente para lucrarse a costa de las necesidades del prójimo. Ahí es donde está la raíz del problema: en la codicia y en el reparto desigual de los recursos materiales. Por eso insisto en que cuando los hombres se empeñan en hacer del dinero el ideal de su existencia, pensando en que los colmará de felicidad, lo que se está aceptando es que “el deseo” de dinero acaba por esclavizar y tiranizar. Hemos de comprender que el dinero no compra todo. Hemos de saber diferenciar lo que es imprescindible para satisfacer nuestras necesidades esenciales, es decir, aquellas que permiten mantener una dignidad de hombres (alimentos, vestido, vivienda, salud y educación), y todo lo demás que es superfluo e innecesario; ni los viajes, las vacaciones, las joyas, o cualquier otro signo externo es necesario para ser feliz. Sí, en cambio, son imprescindibles un ideal trascendente y un bagaje de valores de alto contenido moral y ético. Lo demás es un cuento chino que lo más que hará es sumirnos en un pozo de frustración y tristeza.

¿Y cómo conseguir un ideal trascendente? La respuesta es sencilla y nunca es tarde para ponerse a ello. Mi recomendación en estas fechas consiste en buscar en la memoria de nuestra infancia, reflexionar en silencio sobre nuestra historia personal hasta el día de hoy y buscar en nuestro corazón la palabra de nuestro Creador. Lo demás se dará por añadidura. ¡Feliz Navidad!


Publicado por torresgalera @ 14:53  | Pensamientos
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