Domingo, 28 de diciembre de 2014

Monseñor Reig PlaHace apenas tres semanas la Iglesia celebraba la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María, Patrona de España. Hoy domingo, en plena Navidad, festeja a la Sagrada Familia y también recuerda a los Santos Inocentes. Estos dos acontecimientos han llevado al obispo de Alcalá de Henares, monseñor Juan Antonio Reig Pla, a publicar el pasado 26 una Carta Pastoral en la que denuncia que la intención del presidente del Gobierno de España y del Partido Popular al retirar la reforma de la ley del aborto, no ha sido otra cosa que venderse por un “plato de lentejas”. Es decir, Mariano Rajoy ha renunciado a esta promesa electoral y a este compromiso de restitución ética y moral a cambio de un puesto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, y de paso acceder a otras cuotas de poder y a la financiación.

Según monseñor Reig Pla, «Para entender bien la decisión del Presidente del Gobierno no es suficiente recurrir a análisis electoralistas. Con todo respeto a su persona, hay que decir que una decisión tan grave responde a otras exigencias como nos muestra el documento Prioridades de España en Naciones Unidas. 69º Periodo de Sesiones de la Asamblea Plenaria». (Documento que se puede encontrar en la página de web del Ministerio de Asuntos Exteriores).

No olvidemos, que el anteproyecto de ley que el Gobierno ya había llevado al Parlamento para su debate y posterior aprobación, previa aceptación de las enmiendas pertinentes, pretendía “limitar” cuantitativamente la sangría horrenda de los «los niños asesinados antes de nacer» (Papa Francisco, 25-11-2014). El propio Concilio Vaticano II, en su encíclica Gaudium et spes, 51) califica la práctica abortista como «crimen abominable»; y el Papa san Juan Pablo II, el 29 de diciembre de 1997, lo tachó de «un continuo holocausto de vidas humanas inocentes».

Merece la pena leer con atención la Carta de monseñor Reig, no tiene desperdicio. Este documento pastoral pone de manifiesto cómo la ambición de poder es casi siempre sinónimo de abuso, atropello e injusticia, por mucho que se esgriman razones de estado: nada hay en este mundo que pueda justificar, solapar o esconder la muerte de un solo ser humano, y menos de un inocente que ni puede ni tiene opción de defenderse. No olvidemos que en Naciones Unidas los países poderosos e influyentes respaldan decididamente todas las políticas de igualdad hoy en uso (disfrute y ejercicio de derechos por parte de niñas y mujeres, derechos de salud sexual y reproductiva, pleno disfrute y ejercicio de derechos por parte de personas gays, lesbianas, bisexuales, transexuales e intersexuales (LGBTI) y la eliminación de todas las formas de discriminación). Todo esto conlleva, de manera eufemística, la promoción de la libertad para abortar, la manipulación genética de embriones y células madre, la legalización de los llamados “vientres de alquiler” y así un largo etcétera de realidades que terminan por justificar la manipulación de la vida humana, tanto para favorecerla como para eliminarla. Todo a conveniencia, como si de una mercancía más se tratara, que unas veces se sublima y otras se desprecia. Este domingo es una ocasión muy oportuna para meditar sobre estas inquietantes realidades.


Publicado por torresgalera @ 14:36  | Pol?tica
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Lunes, 22 de diciembre de 2014

El dinero siempre ha sido un bien deseado por los hombres; desde hace muchos siglos. Pero ahora, más que nunca en la historia de la humanidad, se hace tan deseado por las numerosas necesidades que nos hemos creado. Por tanto, la diferencia entre el ayer y el hoy estriba en las enormes expectativas que el dinero nos posibilita. Esto quiere decir —según nos hace creer el pensamiento materialista que nos domina—, que si pudiéramos poseer una cantidad inmensa de dinero, podríamos conseguir todo aquello que deseáramos satisfacer, o lo que es lo mismo: seríamos muy felices. Cosa que, a todas luces es una auténtica falacia, y si no preguntad a quienes tienen mucho dinero si sus vidas son completamente dichosas.

No, hermano, no. El dinero, y lo que es peor, su deseo, nos hace esclavos, nos envilece como seres humanos. Desde luego no seré yo el que defienda ese torpe y manido discurso de que el dinero es el causante de la maldad en el mundo, ni que todo lo que toca lo corrompe. Ni mucho menos. El dinero, según mi modesto entender, es un invento formidable del hombre. Se trata de un bien material neutro, que en sí mismo no sirve para nada, pero que su bondad estriba en el valor de cambio que le damos. Con él ya no es necesario el trueque, antigua forma de intercambio de bienes y servicios entre los hombres. Desde su aparición el dinero viene a satisfacer las necesidades materiales de los hombres, siempre y cuando ellos mismos no las cubran con sus propias manos o con sus propios recursos. Así, por poner un ejemplo, el que fabrica sillas, mesas o armarios no necesita cambiar una mesa por cincuenta cuchillos con el que los fabrica, sobre todo si sólo necesita uno o dos. El ebanista ahora vende su mesa al que la necesita, y con su beneficio compra aquello de mejor le aprovecha. ¿Y qué ocurre con el que no tiene con qué pagar aquello que necesita? Pues la respuesta es bien sencilla, ofrecerse como fuerza de trabajo para otros que sí tienen medios de producción.

Ahora bien, si lo que verdaderamente ofende nuestra sensibilidad y nuestra inteligencia es el abuso de algunos o el afán de acaparamiento de otros, convendremos en que la culpa no es del dinero sino de los hombres. El mal no está en el dinero sino en el corazón del hombre que se vuelve codicioso y avariento; que todo lo que tiene es poco y su ambición no tiene límite; que especula y trasiega dolosamente para lucrarse a costa de las necesidades del prójimo. Ahí es donde está la raíz del problema: en la codicia y en el reparto desigual de los recursos materiales. Por eso insisto en que cuando los hombres se empeñan en hacer del dinero el ideal de su existencia, pensando en que los colmará de felicidad, lo que se está aceptando es que “el deseo” de dinero acaba por esclavizar y tiranizar. Hemos de comprender que el dinero no compra todo. Hemos de saber diferenciar lo que es imprescindible para satisfacer nuestras necesidades esenciales, es decir, aquellas que permiten mantener una dignidad de hombres (alimentos, vestido, vivienda, salud y educación), y todo lo demás que es superfluo e innecesario; ni los viajes, las vacaciones, las joyas, o cualquier otro signo externo es necesario para ser feliz. Sí, en cambio, son imprescindibles un ideal trascendente y un bagaje de valores de alto contenido moral y ético. Lo demás es un cuento chino que lo más que hará es sumirnos en un pozo de frustración y tristeza.

¿Y cómo conseguir un ideal trascendente? La respuesta es sencilla y nunca es tarde para ponerse a ello. Mi recomendación en estas fechas consiste en buscar en la memoria de nuestra infancia, reflexionar en silencio sobre nuestra historia personal hasta el día de hoy y buscar en nuestro corazón la palabra de nuestro Creador. Lo demás se dará por añadidura. ¡Feliz Navidad!


Publicado por torresgalera @ 14:53  | Pensamientos
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Martes, 02 de diciembre de 2014

Alguien me contó una historia que podría resumirse, de manera paradójica, del modo siguiente:

Erase una vez que en el vientre de una mujer embarazada se encontraban dos bebés. De repente, uno pregunta al otro:

– ¿Tú crees en la vida después del parto?

– Claro que sí –contestó el otro–. Algo debe existir después del parto. Tal vez estemos aquí porque debemos prepararnos para lo que seremos más tarde.

– ¡Tonterías! No hay vida después del parto. ¿Cómo sería esa vida?

– No lo sé, pero seguramente... habrá más luz que aquí. Tal vez caminemos con nuestros propios pies y nos alimentemos por la boca.

– ¡Eso es absurdo! Caminar es imposible y además, para qué. No hay sitios a donde ir. ¿Y comer por la boca? ¡Eso es ridículo! El cordón umbilical es por donde nos alimentamos. Yo te digo una cosa: No hay vida después del parto. El cordón umbilical es demasiado corto y los espacios son bien reducidos.

– Pues yo creo que debe haber algo. Y tal vez sea sólo un poco distinta a lo que estamos acostumbrados a tener aquí.

– Pero nadie ha vuelto nunca del más allá, después del parto. El parto es el final de la vida. Y a fin de cuentas, la vida no es más que una angustiosa existencia en la oscuridad que no lleva a nada.

– Bueno; yo no sé exactamente cómo será después del parto, pero seguro que veremos a mamá y ella nos cuidará.

– ¿Mamá? ¿Tú crees en mamá? ¿Y dónde crees tú que está ella?

– ¿Dónde? ¡Ella está a nuestro alrededor! Vivimos en ella y a través de ella. Sin ella todo este mundo no existiría.

– ¡Pues yo no me lo creo! Nunca he visto a mamá, por lo tanto, es lógico que no exista.

– Bueno, pero a veces, cuando estamos en silencio, tú puedes oírla cantando o sentir cómo acaricia nuestro mundo. ¿Sabes?... Yo pienso que hay una vida real que nos espera y que ahora solamente estamos preparándonos para ella.

La diferencia entre esa buena mamá, que engendró a los gemelos y que los quiere desde antes de nacer, y el Dios que nos ha dado la vida es que éste jamás renunciará a nosotros bajo ninguna circunstancia.


Publicado por torresgalera @ 17:04  | Cosas que importan
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